La dama de Brook Street Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Se puso de puntillas y me besó. Fue un beso breve, firme, sin pasión, solo un contacto cálido de labios en medio de la oscuridad de un almacén en ruinas.

Pero me atravesó como un rayo. Cerré los ojos.

Le rodeé la cintura con el brazo sano y la atraje contra mí, el libro verde aplastado entre los dos, y apoyé la frente en la suya.

—Te quiero —dije.

Se quedó muy quieta.

—No era una tontería. Lo que he dicho antes. No tengo fiebre. —Tragué saliva—. Te quiero, Cordelia. No sé en qué momento ocurrió. Creo que fue cuando me mordiste la mano. O cuando me dijiste que había dejado la taza de té sobre los papeles. No lo sé. Pero es la verdad.

—Lucian…

—No me contestes ahora. Ya lo hiciste tú anoche. No quiero que lo hagas por obligación.

—No es obligación.

—Entonces dímelo luego. Cuando estemos a salvo.

Me miró con los ojos llenos de lágrimas, riendo y llorando a la vez, y asintió con la cabeza, una y otra vez, sin poder hablar. La besé otra vez, más despacio. Sentí su boca temblar bajo la mía.

El silbido que llegó desde la entrada del almacén nos separó como un latigazo.

Era un silbido bajo, de pájaro nocturno, repetido tres veces. La señal que había acordado con el viejo Tuck.

—Peligro —susurré.

Apagué la linterna de un soplo. La oscuridad nos tragó.

Me asomé a la barandilla del altillo, con la pistola en la mano, y miré hacia las puertas dobles del fondo.

A través de la rendija que habíamos dejado abierta se filtraba una luz anaranjada, oscilante, que no tardó en multiplicarse en tres, cuatro, seis.

Antorchas. Voces de hombres, bajas, secas, con la seguridad de unos cazadores que tienen la presa acorralada.

—Han seguido la barca —dijo Cordelia, con un hilo de voz.

—O alguien les ha dicho dónde mirar.

—¿Cobham?

—Probablemente.

Eché una mirada rápida alrededor. El altillo daba a una ventana alta, de cristales rotos, que se abría sobre el muelle trasero. Por ella se veía un trozo de cielo y el perfil de una grúa de carga.

—Hay una polea ahí arriba. —Señalé una viga que cruzaba el techo, de la que colgaba un cabo grueso con un gancho—. Si bajamos el baúl por la ventana, si Tuck y Hugo nos esperan abajo…

—¿Bajar? ¡Es un baúl de roble! Pesará veinte libras.

—Por eso hay poleas.

Trabajamos deprisa. Atamos el baúl con el cabo, lo empujamos hasta el borde de la ventana, descolgamos el gancho y bajamos la carga con las manos desnudas, con una lentitud torturante, mientras abajo, en la nave, las voces avanzaban y las antorchas proyectaban sombras gigantescas en las paredes.

Oí pasos. Oí el crujido de las tablas. Alguien tropezó con una rueda de timón y soltó una maldición.

Cordelia, a mi lado, sudaba, con los labios apretados y las manos en carne viva por la fricción del cabo.

El baúl tocó el suelo con un golpe sordo. Al otro lado, junto a la pared, los silbidos del viejo Tuck.

—Ahora tú —dije.

—No sin ti.

—Cordelia, por Dios, no es momento de…

—No sin ti, Lucian.

La miré. Tenía el mentón alzado, la mirada fija en la mía, esa expresión de terquedad absoluta que ya conocía como mi propio nombre.

Comprendí que no podría moverla ni con una carga de caballería.

Me descolgué por el cabo, con la mano sana, hasta alcanzar el suelo del muelle, y ella bajó detrás de mí con una agilidad de marinero.

Caí sobre una pila de redes. Ella se dejó caer a mi lado con una risa nerviosa, ahogada, de puro nervio.

Tuck nos esperaba con un carro de dos ruedas, tirado por un caballo pardo y huesudo, cubierto con montones de redes de pesca que olían a pescado seco.

Hugo estaba tumbado en el fondo, tapado con un trozo de lona.

Cargamos el baúl entre los tres, con un esfuerzo que me arrancó una punzada de dolor en el hombro, y lo ocultamos bajo las redes.

—Suban —susurró el pescador—. Y no hablen.

Nos metimos en el carro, tumbados sobre los sacos, cubiertos con las redes hasta la barbilla.

Tuck chasqueó la lengua. El caballo arrancó con un tirón perezoso.

Detrás de nosotros, en el almacén, se oyó de pronto un grito, un estruendo de madera quebrada, un tumulto de voces furiosas: los hombres acababan de descubrir la ventana abierta, el cabo colgando, el altillo vacío.

El carro se deslizó por un sendero estrecho, entre cobertizos desmoronados y andamios oscuros.

Nadie nos siguió. Las antorchas se fueron alejando a nuestras espaldas, convertidas en puntos naranjas que la niebla fue apagando uno a uno.

Un perro ladró a lo lejos. Pasamos junto a una hilera de casuchas de pescadores, con las ventanas a oscuras y las chimeneas apagadas, y luego por un puente de piedra sobre un riachuelo.

Cordelia se había acurrucado contra mí bajo las redes, con la cabeza en mi hombro sano. Su respiración se fue aquietando. Le acaricié el pelo, sucio de polvo y de sal. Por encima de nosotros asomaban entre la bruma unas pocas estrellas, pálidas, borrosas.

—Lucian —murmuró, ya medio dormida.

—Dime.

—Yo también.

No dije nada. Le besé el pelo. Cerré los ojos y escuché el chirrido de las ruedas, el paso lento del caballo, la respiración pesada de Hugo y el murmullo del viejo Tuck, que cantaba una cancioncilla de marinero entre dientes, con voz grave y desafinada.