Capítulo 9 #2
—Hugo robó esto. Hugo, el que se olvidaba de pagar al sastre. Robó dos planchas de falsificación a un banquero de la City y las escondió en un baúl con un candado.
—Y casi lo matan por ello.
—Y a Halloran sí lo mataron.
—Sí.
Dejé la plancha sobre la tapa del baúl. Tomé el libro verde.
Pesaba. Lo abrí por la primera página. Era un libro de cuentas de contabilidad por partida doble, con columnas rayadas en rojo, escrito con una letra apretada, pulcra, de comerciante, en tinta marrón.
La primera línea estaba fechada en enero.
Cada entrada anotaba una cantidad, una fecha, unas iniciales. Pasé las páginas deprisa.
—«A. C.» —leí en voz alta—. «A. C., doscientas libras. A. C., trescientas. A. C., cuatrocientas diez.» —Levanté la vista—. Ambrose Calloway. Son sus iniciales en cada línea.
—Entonces es prueba suficiente —dijo Cordelia, con la voz ahogada.
—Es una parte. —Seguí pasando páginas—. Hay otras columnas. Pagos a otros. «T. W.»: Tobías Wren, el impresor. «S. H.»: Saúl Halloran. «J.» Y «D.», que será Dunstan. Y aquí…
Me detuve.
En la página de marzo había una línea que no encajaba con las otras.
Una línea escrita con una tinta distinta, más oscura, y una letra que parecía la misma pero con un trazo más rápido, más nervioso, como si el escribiente hubiera tenido prisa al anotarla: «C.
W., doscientas libras mensuales. Entregadas en mano. Whitehall».
Releí la anotación. La releí otra vez.
—¿Lucian?
—No puede ser —dije, muy bajo.
—¿Qué?
—«C. W.». Whitehall.
—¿Quién es?
Cerré el libro. Lo apreté contra el pecho.
Sentí una frialdad extraña que me subía desde el estómago hasta las sienes, la misma que había sentido a los veintidós años, en Salamanca, cuando comprendí que el coronel al que seguiría hasta el infierno nos había vendido a los franceses por doscientas guineas.
—Lord Cobham —dije—. Charles Wyndham Cobham.
Subsecretario del Ministerio del Interior.
El hombre que recomendó mi nombre a lord Sidmouth hace tres años, cuando salí del hospital sin saber qué hacer con una pierna rota y una vida vacía.
El hombre que me dio un empleo. Que me sirvió vino en su casa de Kensington la primera noche que volví a Londres.
Que me dijo que mi servicio no había sido en vano.
—Y a Hugo le dijo que lo investigarían.
—Y a Hugo le dijo que lo investigarían. Y dos días después aparecieron los asesinos en Jermyn Street.
Cordelia se levantó. Tenía las mejillas encendidas.
—Pero entonces tu Ministerio…
—Mi Ministerio tiene un traidor en el piso de arriba.
—Y Penrose…
—Penrose no. —Lo dije con más firmeza de la que sentía—. Penrose me avisó hace dos semanas de que había una filtración. No sabía de quién. Se lo ocultó incluso a Cobham. Me dijo que solo se fiaba de mí. Eso me habría resultado extraño si Penrose estuviera en la trama.
—Pero no puedes estar seguro.
—No puedo estar seguro de nadie. —Miré el libro, las planchas, el baúl—. Eso es lo que me ha enseñado esta noche. Que he estado trabajando para la Corona con un cuchillo clavado en la espalda y sin saberlo.
—Me recomendó a Sidmouth —repetí, casi para mí—. Me dijo que servir a la Corona era la mejor manera de que mi sacrificio tuviera sentido. Yo tenía veintiocho años, una pierna rota y la costumbre de despertarme dando gritos. Le creí. Le creí como se cree a un padre.
—No fue culpa tuya.
—Tendría que haberlo visto.
—¿Cómo? —Cordelia cruzó los brazos—. ¿Cómo se ve que un hombre amable es un monstruo? Yo comí cada Navidad con Calloway durante veintidós años. Me regaló un telescopio. Lo adoraba. Y nunca vi nada.
—Eso es distinto.
—Es igual. —Me miró con ojos duros, brillantes—. Aprendemos a mirar por fin cuando nos hacen daño. No antes. Tú acabas de aprender. Yo también. No pasa nada por llegar tarde, Lucian, mientras se llegue.
Me quedé mirándola. Después de tantos años de tratar con hombres astutos, falsos y evasivos, me costaba creer que una muchacha de veintidós años pudiera decirme algo tan sencillo y tan cierto.
Hubo un silencio incómodo. Y entonces, desde abajo, llegó la voz de Hugo, ronca y pastosa, preguntando si habíamos encontrado lo que buscábamos.
—Lo hemos encontrado —respondió Cordelia. Se asomó a la barandilla—. Todo está aquí, Hugo.
—Bendito sea Dios.
—¿Puedes subir?
—Ni de broma.
—Pues quédate con el señor Tuck. Enseguida bajamos.
Volvió a mi lado. Se arrodilló junto al baúl.
Con manos seguras envolvió las dos planchas en su tela encerada, las colocó de nuevo sobre la paja y me ayudó a meter el libro.
Cerró la tapa. Echó el cerrojo con la llave.
Después se levantó y se quedó mirándome en la penumbra, con la linterna colgando de una mano y el cabello revuelto sobre el cuello.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Me han vendido, Cordelia. Un hombre en el que confié me ha vendido por doscientas libras al mes.
—Lo sé.
—Y casi te mata a ti.
—Lo sé.
—Hay momentos en que… —Me detuve. Me pasé la mano por la cara—. Hay momentos en que pienso que no sirvo para esto. Que un hombre que no ve lo que tiene delante no merece llevar un arma.
Ella dejó la linterna en el suelo. Se acercó. Me puso las manos en las mejillas, y yo sentí sus palmas frías y suaves, un poco temblorosas, sobre mi piel áspera de barba de dos días.
—Escúchame —dijo—. Tú no ves lo que tienes delante porque estás acostumbrado a mirar hacia fuera. A buscar peligros. A vigilar las ventanas. —Una media sonrisa—. A veces los peligros no son lo que hay que mirar. Hay otras cosas.
—¿Como qué?
—Como esto.