Capítulo 9
Las costillas de los barcos muertos asomaban de la niebla como los restos de una ballena gigantesca varada en la orilla.
Los vi aparecer uno a uno mientras la barca se acercaba a tierra: cascos sin quilla, mástiles tronchados, andamios podridos que se inclinaban hacia el agua con un aire de resignación.
El astillero viejo de Deptford llevaba abandonado diez años, desde que el Almirantazgo trasladó su actividad río abajo, y en esa década la maleza, la herrumbre y la humedad habían ido devorándolo con la paciencia de una bestia.
Quedaban las gradas desiertas, los cobertizos con las puertas desencajadas, un largo muelle de madera ennegrecida que se hundía en el Támesis como una lengua enferma.
El viejo Tuck, el pescador, metió los remos en la barca y amarró a una argolla oxidada con un nudo que no habría sabido imitar ni el contramaestre más experimentado.
—Es aquí, milord —murmuró—. Dársena catorce. La de los almacenes Kemble. Hay un hueco entre dos pilotes por donde se sube sin hacer ruido.
—¿Conoce el sitio?
—Mi hijo trabajó aquí de calafate hasta que cerraron. —Escupió al agua—. Un buen sitio para esconder lo que no quiere uno que se vea.
—Milord —dijo Tuck mientras recogía los remos—. Si me permite una opinión de viejo.
—Se la agradeceré.
—Esa señorita. —Cabeceó hacia Cordelia, que iba sentada en la proa con la cabeza de Hugo en el regazo y la mano de él entre las suyas—. Ha tenido usted suerte de encontrarla.
—Lo sé.
—No me refiero a que sea guapa, que lo es.
Me refiero a que tiene la cabeza fría. En el río, con niebla y con tiros, he visto hombres hechos y derechos soltar los remos y ponerse a rezar.
Ella ni ha pestañeado. —Escupió a un lado—.
Eso no se enseña. Se nace con ello. Mi difunta lo tenía.
Cuando hubo el incendio de las dársenas, ella sacó a nuestros tres hijos por la ventana mientras yo daba vueltas buscando el sombrero.
—Parece una mujer admirable.
—Lo era. Y usted, milord, si me permite, tiene pinta de hombre que no la va a dejar escapar.
No contesté. Pero noté cómo me ardían las orejas, y al levantar la vista descubrí que Cordelia, sin volverse, había inclinado la cabeza, como si hubiera oído cada palabra.
Salté al muelle. El hombro me ardía como si me hubieran clavado un hierro candente, y a cada movimiento la camisa se me pegaba más a la herida, una humedad caliente que yo sabía de sobra lo que era.
Apreté los dientes. Me volví para tender la mano a Cordelia, y ella la tomó con una firmeza que me sorprendió, subió al muelle de un salto y se quedó a mi lado con la falda empapada, el sombrero perdido, el pelo suelto sobre los hombros.
Tenía el rostro blanco como la cal. Pero los ojos le brillaban.
—Ayuda a Hugo —dijo.
—Voy.
Entre Tuck y yo sacamos a su hermano de la barca.
Hugo había perdido el conocimiento a medias.
Respiraba con un silbido áspero, la cabeza caída sobre mi hombro sano, y cuando intentó andar las rodillas se le doblaron.
Lo sostuve por la cintura. Pesaba menos de lo que debía pesar un hombre de su estatura.
Tuck le pasó el otro brazo por encima de sus hombros, y así, cargando con él entre los dos, avanzamos por el muelle a pasos cortos y cuidadosos, esquivando tablones podridos, con Cordelia delante abriendo camino con una linterna sorda que el pescador le había entregado.
—Hugo, ¿me oyes? —susurraba ella cada pocos pasos.
—Te oigo, Cordie.
—No te duermas.
—No me duermo. Estoy pensando.
—¿En qué?
—En lo poco acogedor que es este sitio —musitó, con una sonrisa débil—. Debería haber elegido un escondite con chimenea.
Nadie se rio. Pero vi cómo a Cordelia se le aflojaban un poco los hombros.
Nos detuvimos un instante junto a un casco enorme, sin cubierta, con las cuadernas al aire como las costillas de un animal gigantesco. Tuck tomó aliento. Yo ajusté a Hugo contra mi costado, y Cordelia, que iba un paso por delante, se volvió hacia mí con la linterna baja.
—¿Qué fue esto? —preguntó en voz queda, señalando la mole oscura.
—Una fragata. La botaron el año de Trafalgar. Se llamaba *Resolute*. Nunca llegó a hacerse a la mar. El dinero se acabó antes de que le pusieran los mástiles.
—Qué tristeza.
—Los barcos son como las personas. Algunos nacen para navegar y se quedan en el astillero toda la vida.
—¿Y tú? —Me miró—. ¿Para qué naciste tú?
La pregunta me tomó desprevenido. Estaba herido, cargaba con un hombre medio muerto y una banda de asesinos nos pisaba los talones, y aquella muchacha de pelo suelto y falda empapada me preguntaba por el sentido de mi vida a media noche, en un cementerio de barcos.
Habría querido reírme. Descubrí que no podía.
—No lo sé —dije con sinceridad—. Hasta hace cuatro días habría respondido que para servir. Para obedecer órdenes. Ahora…
—¿Ahora?
—Ahora creo que nací para encontrarme con una mujer que tuviera una pistola sin cebar.
Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pálida, a la luz de la linterna, pero me calentó más que cualquier fuego.
Continuamos la marcha en silencio, y yo fui contando, con una precisión de aritmético, cada paso que me separaba de aquella puerta, porque era lo único que me impedía pensar en lo que sentía.
Llegamos a la dársena catorce después de un cuarto de hora de caminar entre andamios y pilas de cuadernas podridas.
Era un edificio largo, de piedra y madera, con el techo parcialmente hundido y una puerta doble de roble, ennegrecida, cerrada con un candado enorme.
Sobre el dintel, apenas legible, un letrero de hierro retorcido rezaba: ALMACENES KEMBLE.
Dejé a Hugo apoyado contra la pared, bajo el cuidado del pescador, y me acerqué a la puerta.
El candado era viejo, de los que pesan una libra y se ríen de las ganzúas.
Me agaché. Saqué de la manga el par de ganchos de Lisboa, dos instrumentos delgados que había conservado durante nueve años por puro sentimentalismo, y trabajé con los dedos manchados de sangre.
—¿Puedes? —preguntó Cordelia, agachándose a mi lado con la linterna.
—Puedo.
—Estás sudando.
—Hace calor.
—Estamos en noviembre. Hace un frío de mil demonios.
—Entonces es que me he enamorado de una mujer imposible y se me ha subido la temperatura.
Lo dije sin pensar. Dos segundos después me di cuenta de lo que había dicho.
Ella se quedó inmóvil. La linterna le temblaba en la mano y arrojó sobre mi rostro un círculo de luz inestable.
Cuando me atreví a levantar la vista vi que me miraba con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, y que se le habían subido los colores.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Una tontería. Es la fiebre.
—No tienes fiebre.
—Tengo un poco.
—Lucian…
El candado cedió con un chasquido seco.
—Abierto —dije, con una prisa excesiva—. Entremos antes de que alguien nos vea.
Empujé la puerta. Chirrió con un lamento largo que me erizó la nuca.
Nos quedamos inmóviles un instante, escuchando.
Nada. Solo el goteo del agua en algún rincón y el roce de las ratas entre los barriles.
Entré primero, con la pistola cargada en la mano derecha.
Cordelia me siguió, con la linterna en alto.
El almacén era una nave inmensa, de techo altísimo, atravesada por vigas de roble que se perdían en las sombras.
Había montones de velas viejas, enrolladas como fardos de lona, y estanterías con cabos podridos, garfios, poleas, ruedas de timón apiladas como platos rotos.
En el centro, un entramado de escaleras de madera conducía a una galería elevada, un altillo que recorría tres de las paredes, con barandilla de hierro.
La luz de la linterna apenas llegaba al segundo piso.
—Un baúl con candado —murmuró Cordelia—. Hugo dijo que estaba en un baúl.
—En el altillo, probablemente. Es el lugar más seco.
Subimos. Los peldaños crujían bajo nuestro peso, y yo avanzaba pegado a la pared, con la mano en la culata, vigilando cada sombra. Arriba, entre dos montones de lona, vimos un bulto cubierto con un trozo de vela vieja. Cordelia retiró la tela con las dos manos.
Era un baúl de roble reforzado con herrajes de hierro, no más grande que un arca de ropa, con una cerradura de latón en el frente. La misma que la de la llave.
—Dámela —dije.
Ella se llevó la mano al escote. La sacó, con la cadenilla que le había colgado Tilly, y me la tendió en la palma abierta. Estaba tibia. La introduje en la cerradura. Giré. Hubo un chasquido limpio, perfecto, y la tapa se alzó un dedo.
Cordelia contuvo el aliento.
Levanté la tapa del todo. Dentro, sobre un lecho de paja, había dos paquetes envueltos en tela encerada, atados con cordel, y un libro grande, de tapas de cuero verde, con las esquinas reforzadas de latón.
Tomé el primero. Desaté el cordel. La tela cayó, y bajo la luz de la linterna brilló una plancha de acero pulido, del tamaño de una bandeja, con las superficies cubiertas de líneas finísimas, de arabescos, de letras diminutas, de filigranas tan intrincadas que el ojo se perdía en ellas.
En el centro, grabada con una perfección diabólica, la efigie de Britannia sentada con el escudo, rodeada de la leyenda «Bank of England».
Y en el margen inferior, la promesa de pago: «I promise to pay the Bearer on Demand the Sum of Ten Pounds».
—Dios santo —murmuré.
—¿Es lo que creo?
—Es una plancha matriz de billetes de diez libras.
—Pasé la yema del dedo por el borde. En una esquina, apenas visible, había una marca diminuta, hecha con un cincel: una media luna con una estrella—.
Esta es la firma de Halloran. La puso él mismo, en cada una de sus obras.
Su marca de grabador. Con esto se pueden imprimir diez mil billetes sin que nadie note la diferencia.
—Y el otro paquete…
—Será la de cinco libras.
Cordelia se sentó sobre una pila de lona. Se había quedado pálida. Se llevó las manos a la cara.