La dama de Brook Street Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Hugo se dejó caer en el fondo de la barca con un gemido.

Yo salté detrás, tropezando con el borde de la falda, y caí de rodillas sobre las tablas empapadas.

Me volví. Lucian estaba en lo alto de los escalones, de espaldas a nosotros, con la espada de su bastón en la mano.

Cuatro hombres bajaban por el pasadizo. Uno de ellos era Dunstan.

Lo reconocí por la librea azul, manchada de barro, y por el vendaje sucio que le rodeaba la cabeza. Aquel hombre tan amable, tan sereno, tenía ahora una expresión descompuesta, los labios blancos, los ojos desorbitados. Llevaba una pistola.

—¡Ahí está! —gritó—. ¡Cógela! ¡La llave! ¡Quiero la llave!

Se me heló la sangre. Sin pensar, saqué la pistolita del bolsillo de la falda. La amartillé con el pulgar. Mis manos habían dejado de temblar. Era extraño; no sentía nada, ni miedo, ni rabia, ni siquiera frío. Solo una quietud enorme, como si el mundo se hubiera detenido en el borde de un cristal.

—¡Lucian, agáchate!

Él no lo dudó. Se echó a un lado.

Disparé.

El retroceso me estremeció hasta los hombros.

Vi una llamarada, una nube de humo. Vi cómo Dunstan se doblaba con un chillido y se agarraba el muslo con las dos manos, y caía de rodillas en las piedras resbaladizas, con la pistola resbalando de sus dedos al agua.

Los otros tres hombres se detuvieron, vacilantes.

Lucian aprovechó el instante. Bajó los últimos peldaños de dos zancadas, saltó a la barca con tanta fuerza que estuvo a punto de volcarla, y gritó:

—¡Reme, hombre! ¡Reme!

El pescador hundió los remos. La barca se deslizó hacia la niebla con un chasquido de agua.

Desde el muelle llegaron más disparos, tres, cuatro, y una bala silbó a un palmo de mi oreja.

Después, el gris. Las luces de Greenwich se apagaron una a una, absorbidas por la bruma, y el griterío de los hombres se fue apagando hasta convertirse en un murmullo lejano, y al final en nada.

Nos quedamos sin hablar. El único sonido era el chapoteo regular de los remos y el jadeo del viejo.

Lucian se había dejado caer a mi lado, en el fondo de la barca, con la espalda contra un banco y el bastón sobre las rodillas.

Sangraba por el hombro. Respiraba con dificultad.

Pero sonreía. Una sonrisa extraña, desquiciada, de puro alivio.

—¿Has visto eso? —dijo, entre jadeos—. Le has disparado. Le has dado en la pierna a un hombre a veinte pasos con una pistola de bolsillo.

—He apuntado al cuerpo —murmuré—. Como me dijiste.

—Eres peligrosísima.

—Ya me lo habías dicho.

Se echó a reír. Una risa baja, ronca, que le sacudió el pecho y le arrancó una mueca de dolor.

Yo le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la frente contra la suya, y las lágrimas me corrían por las mejillas sin que supiera por qué.

Hugo, tumbado en el otro extremo, con la cabeza en el regazo del pescador y los ojos cerrados, murmuró algo que no entendí.

—¿Qué dice? —pregunté, volviéndome.

—Dice que su hermana le ha salvado la vida —tradujo Lucian—. Y que es una lástima que no pueda ir a decírselo a su padre.

Hugo abrió un ojo. Nos miró con una media sonrisa sobre los labios resecos, y lo cerró de nuevo.

Pasó un buen rato sin que nadie hablara. El pescador remaba con una cadencia de reloj, sin una palabra, sin mirarnos siquiera. Hugo, que creíamos dormido, abrió los ojos de pronto y los clavó en Lucian, que seguía sentado a mi lado con el brazo alrededor de mis hombros.

—Conde —dijo, con la voz ronca de fiebre.

—Dígame.

—Dos cosas. La primera, gracias. Por mi hermana.

—No hay de qué.

—La segunda. —Hugo se incorporó un poco sobre un codo, con un gesto de dolor—. Conozco a los hombres de su clase. Conozco esa manera de abrazar. Esa no es la manera de un agente del Gobierno que protege a un testigo.

—Hugo —protesté.

—Cállate, Cordie. —No dejó de mirar a Lucian—. Si usted le pone una mano encima sin tener la intención de dar la cara ante nuestro padre, ante la sociedad y ante Dios, le pegaré un tiro. Con la mano buena. No tengo pistola ahora, pero la conseguiré.

Lucian sostuvo su mirada sin pestañear.

—Tiene mi palabra de que no será necesario.

—¿Su palabra?

—Es lo único que tengo, lord Alderley. Pero siempre la he cumplido.

Hugo lo estudió un instante más. Después asintió, despacio, y dejó caer la cabeza sobre el regazo del pescador con un suspiro.

—Bien. Entonces tendremos que buscarle un traje decente para la boda.

—¡Hugo! —exclamé, escarlata.

—Duérmete, Cordie —murmuró él, ya con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios—. Tu hermano mayor tiene fiebre y puede decir lo que quiera.

Lucian no contestó. Pero noté cómo su brazo se tensaba un instante alrededor de mis hombros y cómo su boca, junto a mi sien, dejaba caer sobre mi pelo un beso breve, apenas un roce, que nadie más que yo pudo sentir.

La niebla se espesaba. El río fluía lento y oscuro bajo la quilla.

Lucian me atrajo contra su costado sano, me cubrió con el abrigo y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

Yo me acurruqué contra él. Metí la mano bajo el vestido y apreté entre los dedos la llave de latón, tibia ya de mi propia piel, y la barca siguió su camino río abajo, hacia Deptford, entre la bruma.