La dama de Brook Street Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Un mes más. Porque tenía miedo. Y porque quería saber.

—Hugo cerró el puño sobre la mesa—. Una noche seguí a un hombre.

Un tal Wren, un impresor de Clerkenwell.

Lo vi entrar en una casa de Spitalfields donde vivía un grabador.

Halloran. Un viejo hugonote, buena persona, que no sabía de qué iba la cosa.

Le habían dicho que grababa planchas para una editorial de mapas.

Pero yo vi las planchas. Vi los billetes.

Y entonces entendí que no eran solo dos o tres falsificaciones. Era una fábrica entera.

—La mayor operación de moneda falsa que ha visto este país en medio siglo —murmuró Lucian.

—Eso me temo. —Hugo se pasó la mano por la barba—.

Hablé con Halloran. Le conté lo que sabía.

El pobre viejo se puso blanco como la cal.

Dijo que lo habían engañado, que jamás se hubiera prestado.

Pero que lo habían amenazado con matar a su nieta si abría la boca.

Estaba aterrorizado. Dijo que había una prueba, una prueba material, que podía hundir a la banda entera: las planchas maestras de los billetes de diez libras, que él mismo había grabado, con las marcas de su cincel en los bordes, y un libro de cuentas que Calloway le obligaba a firmar cada mes.

—El libro de cuentas con la letra de Calloway —dije.

—Con su firma. Con sus iniciales en cada línea.

El muy cretino era tan meticuloso que no pudo evitar anotarlo todo.

—Hugo sonrió con amargura—. Entre Halloran y yo preparamos un plan.

Robar las planchas y el libro y guardarlos en un lugar seguro hasta que pudiéramos llevarlos a las autoridades.

Elegimos un almacén viejo de Deptford, que yo conocía por un amigo del Almirantazgo.

Lo guardamos todo en un baúl con candado.

Yo me quedé con la llave. Halloran, con una copia, que luego perdió.

—¿Y por qué no fue al Ministerio? —preguntó Lucian.

—Fui. Fui a Whitehall. Pero me recibió un subsecretario al que llaman lord Cobham, que me escuchó con mucha amabilidad, me dio las gracias y me dijo que lo investigarían. Dos días después, alguien me esperaba en mi casa de Jermyn Street con un cuchillo.

Lucian entrecerró los ojos.

—Cobham.

—¿Lo conoce?

—Lo conozco. —Había un tono extraño en su voz—. Es un nombre que me interesaría oír más veces.

—Intentaron matarme. Escapé por la ventana.

Me siguieron hasta el río. Me tiré al agua, en Westminster, de noche, en pleno invierno.

Casi me ahogo. Me acogió una barca de pescadores que me sacó por casualidad, y me tuvieron escondido en una cabaña de Greenwich hasta que pude andar.

—Levantó el brazo en cabestrillo—. Me rompieron dos dedos.

Tengo un tajo en la cabeza. Y desde entonces vivo en un cuarto de tabernero pagando con las pocas monedas que me quedaban.

El tabernero, Jem, es el primo del pescador que me salvó.

—¿Y Halloran? —pregunté.

Hugo bajó la vista. Hubo un silencio.

—Murió. —Su voz se quebró—. Lo encontraron en el río hace diez días. No pude hacer nada, Cordie. No pude…

—No fue culpa tuya.

—Sí lo fue. Yo lo metí en esto.

—No. —Le cogí la mano buena y se la apreté—. Lo metió Calloway. Tú solo hiciste lo único decente que cabía hacer.

Mi hermano me miró con los ojos arrasados. Sonrió, con un esfuerzo.

—Siempre fuiste la lista de los dos.

—Cuéntale lo de papá —pidió Lucian en voz baja—. Lo que sabe.

—¿Qué ha dicho papá? —preguntó Hugo, alarmado.

—Anoche estuvimos en Brook Street —dije—. Oímos a papá hablar con sir Ambrose. Calloway dijo que te encontraría antes del jueves. Dijo que tenías algo suyo. Papá… parecía asustado. Pero no hizo nada, Hugo. No preguntó. No se opuso.

—Papá es un cobarde.

—Lo sé.

—Siempre lo ha sido. —Mi hermano apretó los labios—.

Pero no es un criminal. No sabe qué hay detrás de los paquetes.

Calloway le mantiene con la soga al cuello, con las hipotecas, y le deja creer que cualquier pregunta lo hundirá.

Papá prefiere no saber. Es lo que hace desde que mamá se refugió en el láudano.

Prefiere no mirar. —Me miró con ternura—.

Por eso te mandé la llave a ti y no a él.

Papá habría llevado la llave a Calloway la misma noche, con la mejor intención del mundo.

Me tapé la boca con la mano. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Era justo lo que Lucian había dicho: un cobarde, no un villano. Quizá fuera eso lo que más dolía.

—Hay que sacar el baúl de Deptford —dijo Lucian.

Se había levantado y caminaba de un lado a otro de la habitación—.

Esta misma noche, antes de que Calloway se entere de que hay una llave en nuestro poder.

Dunstan se despertó anoche. Habrá dado el aviso.

Si ya saben que Cordelia estuvo en su cuarto, estarán esperándonos en…

Se detuvo. Giró la cabeza hacia la puerta.

—¿Qué? —susurró Hugo.

—Silencio.

Todos nos quedamos inmóviles. Desde la sala, a través de la pared de tablas, llegaba el rumor apagado de siempre: voces, risas, el violín del ciego.

Pero había un cambio. Algo en el tono. Una pausa que no estaba allí un momento antes.

Un silencio que se extendía poco a poco, de mesa en mesa, hasta que el violín mismo se detuvo a media nota.

Y entonces un grito.

—¡Jem! —Una voz de mujer, aguda, de camarera—. ¡Jem, que hay hombres armados en la puerta!

Lucian ya tenía una pistola en cada mano.

—Atrás —ordenó—. Las dos paredes del fondo. Hugo, ¿hay otra salida?

—Una trampilla bajo el camastro. Da a la bodega. De ahí a las escaleras del río.

—Perfecto. —Me puso una mano en el brazo—. Cordelia, ¿sigues teniendo la llave?

—Sí.

—Quédate pegada a mí. No te sueltes. Pase lo que pase.

La puerta del reservado estalló.

No fue una apertura sino una explosión de astillas.

Un hombro la había golpeado desde fuera y la madera se desgajó de las bisagras con un chasquido ensordecedor.

Entró una figura enorme en la habitación, con el hombro por delante, una capa mojada y una nariz torcida hacia un lado.

El de los muelles, el de Brook Street. Traía el brazo derecho vendado hasta el codo, la herida que le había abierto Lucian.

En la mano izquierda llevaba una pistola.

—Buenas noches, señor del bastón —dijo, con una sonrisa fea—. Nos volvemos a ver.

Lucian disparó.

El estampido me dejó sorda. Una nube de humo llenó el cuarto.

La bala atravesó el hombro del hombre de la nariz rota, que soltó un alarido, giró sobre sí mismo y chocó contra la pared.

Pero detrás de él entraba otro, y otro más, tres hombres con cuchillos y pistolas.

Uno de ellos era el del sombrero verde. El otro, el que bebía ron en la esquina, resultó ser un gigante pelirrojo con un garrote.

—¡Cordelia, a la trampilla! —gritó Lucian.

Hugo ya había apartado el camastro con el pie. Había un cuadrado negro en el suelo, con una argolla de hierro. Tiró de ella con la mano buena. Debajo se abrió un agujero oscuro, con el primer peldaño de una escalerilla de madera.

—¡Baja, Cordie!

—¡No sin Lucian!

—¡Baja!

Detrás de nosotros se oyó un disparo, otro, el estrépito de cristales rotos.

Lucian se había arrojado tras la mesa, que había volcado de una patada para protegerse, y disparaba por encima del canto con una precisión serena, calculada.

Cayó el del sombrero verde con un grito.

El gigante pelirrojo avanzó hacia él, blandiendo el garrote como una guadaña.

Lucian arrojó la pistola descargada a su cara, se puso de pie con un salto y le hundió la hoja del bastón bajo las costillas con un gruñido de esfuerzo.

—¡Lucian!

—¡Baja, maldita sea!

Bajé. Los peldaños estaban mojados y resbaladizos.

Mi hermano me siguió y cayó a mi lado en la oscuridad, jadeando.

Arriba se oían golpes, gruñidos, el choque de metal contra metal.

Vi una luz en lo alto, una silueta que saltaba por el hueco de la trampilla.

Lucian cayó sobre los barriles con un estruendo y se puso en pie de un tirón.

Tenía un corte nuevo en el hombro y el pelo pegado a la frente de sudor.

—Por aquí —jadeó Hugo, empujándome—. La puerta del fondo. Al río.

Corrimos por la bodega, entre barriles y sacos, con la luz de una linterna bamboleándose a nuestras espaldas.

Un disparo. La bala se incrustó en un tonel y el vino brotó a chorros.

Alguien maldecía. Pasos, muchos, bajando por la escalera.

Llegamos a una puerta de hierro, y Lucian la golpeó con el hombro, una vez, dos, y cedió con un crujido.

Salimos a un pasadizo estrecho y escalonado, de piedra viscosa, que bajaba hacia el agua.

La niebla nos envolvió. Estaba por todas partes, densa, blanca, fría, y las luces del muelle no eran más que manchas borrosas.

El río tenía un rumor de bestia dormida, un lamido lento y constante contra las piedras.

A unos pasos, junto al último peldaño, se mecía una barca pequeña, una lancha de remos, con un hombre sentado en la proa.

Un viejo pescador con una gorra de lana.

—¡Rápido, milord! —susurró—. ¡Suban!