La dama de Brook Street Capítulo 8
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Capítulo 8

El Ship era una sola sala larga de techo bajo, atravesada por vigas negras de las que colgaban redes de pesca, faroles de latón y un ancla pequeña, oxidada, que alguien había clavado en la madera como trofeo.

Había humo. Mucho humo, azul y espeso, que subía de las pipas de los marineros y se acumulaba bajo las vigas formando una nube inmóvil, de modo que las caras de los hombres sentados a las mesas aparecían y desaparecían como si flotaran.

Un fuego mezquino ardía en una chimenea del fondo.

Un violinista ciego, sentado en un barril junto a la puerta, rascaba una giga con los ojos blanquecinos clavados en el techo, y nadie le prestaba la menor atención.

Yo me aferré al brazo de Lucian con tanta fuerza que debí de hacerle daño. No se quejó.

Nos abrimos paso entre las mesas. Un marinero de barba roja nos miró de arriba abajo con ojos turbios y soltó una carcajada a nuestras espaldas.

Otro dijo algo en voz baja que no entendí y que provocó risas.

Lucian no cambió el paso. Con una mano apoyada en mi cintura, con el sombrero calado y los hombros caídos de un hombre cansado de viajar, avanzaba entre la gente como si hubiera nacido en aquella sala.

Yo, en cambio, tenía el estómago hecho un nudo.

«Eres la señora Aldridge —me repetía—. Eres la señora Aldridge, de Shropshire. Eres la esposa de un tratante de lanas. Estás cansada del viaje. Tienes un poco de miedo de los marineros. Sonríe, Cordelia. Sonríe como si te importara el vino.»

Sonreí. Me salió una mueca.

El mostrador era una tabla enorme apoyada sobre dos barriles, y detrás había un hombre ancho, calvo, con los antebrazos cubiertos de tatuajes y un delantal gris que probablemente había sido blanco en tiempos de la coronación de Jorge III. Secaba un vaso con un trapo sucio. Nos miró sin interés.

—¿Qué va a ser?

—Una jarra de cerveza y un jerez para la señora —dijo Lucian, con un ligero acento del oeste que no le había oído nunca—. Y un reservado, si tiene. Mi esposa está algo fatigada y no le gusta el ruido.

—Reservado hay uno. —El tabernero dejó el vaso. Nos miró por primera vez con atención—. Pero está ocupado.

—Qué lástima.

—Lo tiene alquilado un caballero desde el lunes. Dijo que esperaba visita.

Sentí cómo se me detenía el corazón.

Lucian no se inmutó. Apoyó un codo en el mostrador, sacó del bolsillo una moneda de plata, la hizo girar entre los dedos y la dejó caer sobre la madera, donde rodó un momento antes de caer plana.

—Quizá esa visita seamos nosotros.

El tabernero miró la moneda. Después me miró a mí. Era un hombre grande, de nariz aplastada, con unos ojillos pequeños y sorprendentemente atentos, y durante unos segundos que se me hicieron interminables me examinó la cara, el sombrero, los guantes, el anillo de latón. Se detuvo en el anillo.

—La señora trae una llave —dijo, con voz neutra.

Me llevé la mano al pecho, sin pensar. Notaba el latido de la pequeña pieza de metal contra la piel.

—¿Quién se lo ha dicho? —pregunté.

—El caballero del reservado. Dijo que vendría una joven con un sombrero de paja y una llave de latón. —Una sombra de sonrisa—. Me ha pagado bien por fijarme en las manos de las damas.

Lucian se inclinó sobre el mostrador. Su voz bajó hasta un murmullo.

—¿Cuántos hombres hay en la sala que no sean marineros?

El tabernero miró a su alrededor sin mover la cabeza. Sus ojos recorrieron las mesas.

—Dos —dijo—. El del sombrero verde, junto a la ventana. Y el que está de espaldas, en la esquina, bebiendo ron. Llegaron hace una hora. No han pedido nada de comer.

—¿Se conocen?

—No han cruzado palabra. Pero se miran.

—Gracias. —Lucian dejó caer otra moneda—. Si pasa algo, se le pagará el destrozo.

—Si pasa algo, que sea fuera. Los cristales no los pone el rey. —El hombre agitó la cabeza hacia una puerta baja al fondo, bajo una escalera—. Por ahí. La última a la izquierda. Llame tres veces. Y no se asusten del aspecto. Está hecho una pena.

Cruzamos la sala. Yo sentía los ojos de los dos hombres clavados en mi espalda, un picor frío entre los omóplatos. Pasamos bajo la escalera, por un corredor estrecho de paredes rezumantes, y llegamos a una puerta de tablas con una rendija iluminada por debajo.

Lucian llamó tres veces.

Hubo un silencio. Un roce de tela. Un clic metálico, el de un arma que se arma. Una voz ronca, dura, que yo reconocí y que no había oído en dieciséis días, preguntó desde dentro:

—¿Quién va?

Se me doblaron las rodillas.

—Cordie —dije. No me salió voz. Tuve que repetirlo—. Soy yo, Hugo. Soy Cordie.

La puerta se abrió de golpe.

Lo que vi no me lo esperaba. Había pensado en mi hermano como lo recordaba: alto, rubio, de ojos azules y sonrisa fácil, siempre un poco despeinado, siempre con un chiste en la boca.

El hombre que me miraba desde el umbral era un extraño.

Estaba delgadísimo. Tenía las mejillas hundidas, cubiertas de una barba rala de quince días, y los ojos, rodeados de sombras violáceas, parecían enormes en la cara.

Llevaba una venda sucia alrededor de la cabeza, con una mancha oscura sobre la sien, y el brazo izquierdo en cabestrillo, con la mano envuelta en trapos.

La ropa le colgaba como de una percha: una chaqueta de marinero que no era suya, unos pantalones de lona manchados de alquitrán.

En la mano derecha sostenía una pistola.

Nos miramos. Un segundo. Dos. Y de pronto la pistola cayó al suelo con estrépito y mi hermano abrió los brazos.

—¡Cordie!

Me lancé contra él. Lo abracé con todas mis fuerzas, hundiendo la cara en su pecho, y sentí sus huesos bajo la ropa, su cuerpo estremecido, el brazo bueno que me aplastaba contra él.

Lloraba. Los dos llorábamos. No supe cuánto tiempo estuvimos así, con la puerta abierta y los marineros asomándose por el corredor, hasta que Lucian cerró tras nosotros y echó el cerrojo.

—Estás vivo —sollozaba yo—. Estás vivo. Estás vivo, idiota.

—Y tú —decía él, con la voz rota, entre risas y lágrimas—, tú has venido. Te dije que no vinieras con nadie. Te lo dije por escrito.

—No he venido sola.

—Eso veo.

Se apartó un poco. Me sostuvo por los hombros, me miró con los ojos enrojecidos, y luego su mirada se desvió hacia el hombre que se había colocado de espaldas a la puerta, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Se le endureció el gesto.

—¿Quién es este?

—Lucian Harcourt, conde de Stanmore —dijo Lucian, con una leve inclinación—. A su servicio, lord Alderley. Y al de su hermana.

—Es del Ministerio —añadí yo deprisa—. Me ha protegido. Me ha salvado la vida dos veces, Hugo. Ha estado buscándote desde antes que yo.

—¿Del Ministerio? —Mi hermano dio un paso atrás. Buscó la pistola en el suelo con la mirada, la agarró y la levantó con la mano buena—. Es lo único que me faltaba. Un agente del Gobierno. Ahora me van a ahorcar de verdad.

—Nadie va a ahorcarle —dijo Lucian.

—¿Eso me lo dice el que viene a detenerme?

—Le digo que he dado mi palabra a su hermana de que, si es usted inocente, lo sacaré de esto.

Y soy un hombre que mantiene su palabra.

—Lucian no se movió. Tenía las manos a la vista, vacías—.

Pero necesito que me cuente todo, lord Alderley.

Desde el principio. Y rápido. Porque nos queda poco tiempo.

Hugo me miró. Yo asentí.

—Confía en él —dije—. Yo confío.

Hubo una pausa larga. Hugo bajó la pistola. Se dejó caer sobre una silla de paja junto a la mesa, donde ardía una vela de sebo, y se pasó la mano por la cara con un gesto de agotamiento tan hondo que se me encogió el corazón.

—Está bien —dijo—. Está bien. Sentaos.

Nos sentamos. Un cuarto diminuto, de paredes encaladas, con un camastro y una mesa coja. Sobre la mesa, una jarra de agua, un trozo de pan duro y un cuchillo. Mi hermano bebió un trago directamente de la jarra. Y habló.

—Todo empezó en febrero. Perdí tres mil libras en una sola noche en casa de Brooks.

Tres mil, Cordie. Lo sé, soy un imbécil.

Firmé pagarés con mi nombre y mi título, y cuando llegó el día de pagarlos no tenía ni un penique.

Papá no podía ayudarme. Papá estaba… —Se detuvo.

Tragó saliva—. Papá estaba en una situación peor que la mía.

Lo que yo no sabía era que llevaba dos años hipotecando Alderley Hall y las tierras de Hertfordshire para pagar unas inversiones fallidas en Jamaica. Todas con el banco de Calloway.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Con sir Ambrose?

—Con sir Ambrose. Él se lo había prestado todo.

Y cuando yo estaba al borde de la ruina, vino a verme, con una sonrisa, con una palmada en la espalda.

«Hugo, muchacho, no te preocupes. Tu padre y yo somos amigos desde hace treinta años.

Compraré tus pagarés. No tendrás que preocuparte de nada. Solo necesitaré un pequeño favor.»

—¿Qué favor?

—Llevar paquetes. —Mi hermano soltó una risa amarga—.

Eso me dijeron. Paquetes de papeles de negocios, de una oficina de la City a distintas direcciones de Londres, a distintos caballeros que no daban su nombre.

Mi trabajo era entregarlos y recoger los pagos.

Me pareció una tontería. Casi una broma.

Un vizconde haciendo de mensajero. Mi vergüenza era mayor que mi sospecha.

—Eran billetes.

—Eran billetes. —Hugo miró a Lucian—. Falsos, claro. Billetes de cinco y diez libras, empaquetados en rollos de papel de seda. No lo supe hasta la tercera semana, cuando se me rompió un paquete en una escalera y se me cayó el contenido. Los recogí. Los miré. Y pensé: «Esto no puede ser bueno».

—¿Siguió entregando?