La dama de Brook Street Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

El camino se hizo largo. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía bajo y gris, y la carretera de Deptford era un lodazal de baches y carretas.

Cordelia me cogió de la mano a medio camino.

No dijo nada. Se limitó a entrelazar sus dedos con los míos, con un gesto firme y silencioso, y así fuimos el resto del viaje, mirando por la ventanilla el paisaje de almacenes, tabernas y astilleros que se desplegaba junto al Támesis.

Llegamos a Greenwich al caer la tarde. El río se ensanchaba allí, ancho y plomizo, salpicado de barcazas y balandros, con la silueta blanca del Hospital de Marinos recortándose contra un cielo que se iba incendiando de naranja por el poniente.

Pike nos dejó en la puerta de una posada de tres plantas, con un cartel de madera pintada que mostraba a una sirena rubia y un rótulo desconchado: *La Sirena*.

Bajé el equipaje, que consistía en una maleta pequeña de cuero y un bolso de mano, y entré con Cordelia del brazo.

La posadera era una mujer corpulenta de unos cincuenta años, con un delantal blanco inmaculado y una sonrisa de oreja a oreja, que se presentó como la señora Pruitt. Nos recibió con una mirada de aprobación que nos recorrió de arriba abajo y se detuvo con evidente ternura en el anillo de latón.

—¡Recién casados! —exclamó, juntando las manos—. Lo sabía. Se me nota a la legua cuando llegan los recién casados. Se miran así, como si se hubieran inventado el uno al otro.

Cordelia se puso colorada hasta las orejas. Yo carraspeé.

—Señor y señora Aldridge —dije—. De Shropshire.

—Qué bonito, Shropshire. Tengo una prima casada con un tratante de lanas de Shrewsbury.

¿Usted también es de lanas? Ya me parecía.

Tienen pinta de lana, los dos, de buena gente de campo.

—Abrió el libro de registro y mojó la pluma—.

Tengo la mejor habitación de la casa. Da al río.

Tiene una cama de matrimonio con colchón nuevo de plumas.

Y una chimenea que tira de maravilla. La reservo siempre para las parejas como ustedes, a las que no les gusta que las molesten.

—Es muy amable —dijo Cordelia, con la voz estrangulada.

—Nada, nada. —La señora Pruitt me guiñó un ojo con descaro—. Yo también fui joven. Les subiré una botella de vino de cortesía, señores Aldridge, y no les haré ni una pregunta.

Subimos las escaleras detrás de una criada con una vela. Cuando la puerta de la habitación se cerró a nuestras espaldas, Cordelia se apoyó en ella con los ojos cerrados y se echó a reír, con una risa silenciosa que le sacudía los hombros.

—«Se miran como si se hubieran inventado el uno al otro» —repitió, secándose las lágrimas—. Dios mío. Tengo pinta de lana.

—Los dos tenemos pinta de lana.

—Estamos perdidos.

—Perdidísimos.

Nos miramos. La risa se fue apagando poco a poco, como una vela sin pábilo.

Había una cama enorme en el centro de la habitación, con dosel de tela floreada, y a los pies un baúl de roble.

Una ventana alta daba al río. A través de los cristales se veía el último resplandor del sol hundiéndose tras los mástiles de los barcos anclados, y más allá, hacia el este, las luces de las tabernas del muelle que empezaban a encenderse, una a una, como luciérnagas.

Una de ellas, la tercera empezando por la izquierda, tenía un letrero colgado sobre la puerta, con un barco de vela pintado en azul oscuro.

—El Ship —dijo Cordelia en voz baja.

—El Ship.

Se acercó a la ventana. Se quedó mirando la taberna con las manos entrelazadas, muy quieta. Me acerqué por detrás. Le puse las manos sobre los hombros y noté cómo temblaba.

—Si no aparece… —empezó ella.

—Aparecerá.

—Si no aparece, si es una trampa, si…

—Cordelia. —La giré hacia mí—. Pase lo que pase esta noche, voy a estar a tu lado. No me voy a separar de ti un solo instante. ¿Me crees?

—Te creo.

—Entonces no tengas miedo.

—Tengo mucho miedo.

—Ya lo sé. —Le besé la frente—. Pero lo vas a hacer de todas formas. Es lo que haces.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, torcida, valiente.

A las nueve, la señora Pruitt nos trajo cena a la habitación, un asado frío con pepinillos, pan caliente y la botella prometida, y nos dejó solos.

No comimos casi nada. Cordelia se vistió con cuidado.

Se puso un chal oscuro sobre los hombros, se alisó los guantes, se ajustó el sombrero.

Me colocó el pañuelo del cuello con dedos temblorosos.

Yo comprobé, uno por uno, mis cuchillos: el del tobillo, el de la espalda, el estilete del bastón.

Cargué dos pistolas. Le puse la suya en el bolsillo de la falda.

Bajamos las escaleras en silencio. La señora Pruitt nos despidió desde el mostrador con un «¡Que se diviertan, tortolitos!

» que nos acompañó hasta la calle. Salimos a la noche.

La niebla había subido del río, espesa, pegajosa, y las farolas del muelle formaban halos amarillos borrosos.

Había un rumor lejano de gritos, de risas, de un acordeón desafinado.

Cordelia me tomó del brazo con una mano firme.

Caminamos por la calle empedrada, entre fardos de mercancías y marineros borrachos, sin decir palabra, hasta que llegamos a la puerta de una taberna de ladrillo negro, con un letrero de madera que chirriaba con el viento y un farol sobre el dintel que alumbraba la imagen descolorida de un barco de vela.

Empujé la puerta.