Capítulo 7 #2
—Dime qué más.
—Cordelia, si sigues, no voy a… —Me interrumpí, jadeando—. Ven aquí.
La atraje hacia mí. Se sentó a horcajadas sobre mis muslos, con las rodillas apoyadas en el fondo de la tina, el agua salpicando sus caderas, y me rodeó el cuello con los brazos.
Sus pechos se aplastaron contra mi torso.
La besé. Fue un beso largo, profundo, con sabor a vino y a jabón, y mis manos le recorrieron la espalda mojada, la curva de la cintura, la turgencia de las nalgas.
Las apreté. Ella gimió contra mi boca y se frotó contra mí, instintiva, y su sexo, caliente y resbaladizo, se deslizó sobre mi erección con una fricción que me hizo ver puntitos blancos.
—Lucian —musitó—. ¿Puedo…?
—¿Puedes qué?
—Hacerlo yo. Quiero… Anoche me dolió un poco. Hoy quiero que no. Y quiero controlarlo.
—Tienes todo el control.
Se incorporó un poco, apoyada en mis hombros. Bajó una mano entre nuestros cuerpos, me tomó con los dedos y me guio hasta su entrada. Se detuvo un segundo, con los ojos cerrados y la respiración rota. Después se dejó caer sobre mí despacio, un poco, un poco más.
Un gemido ronco me salió del pecho. La sensación fue abrumadora: la tibieza de su cuerpo, la estrechez húmeda que me envolvía centímetro a centímetro, la presión que cedía y volvía a cerrarse.
Ella soltó un jadeo agudo. Sus uñas se me clavaron en los hombros.
Se quedó quieta, con la cabeza echada hacia atrás, el cuello arqueado, los labios entreabiertos.
—¿Te duele?
—No. —Tragó aire—. Sí. Un poco. Pero es… otra cosa. Es distinto. Estás… dentro. Muy dentro.
—Cordelia, mírame.
Abrió los ojos. Estaban oscuros, dilatados, empañados de placer.
—Muévete cuando quieras —susurré—. Despacio. A tu ritmo.
Empezó a moverse. Al principio con vacilación, subiendo un poco y volviendo a bajar, con los ojos fijos en los míos.
Luego con más seguridad, cuando descubrió el ángulo que le arrancaba un gemido, el ritmo que le hacía apretar los muslos contra mis caderas.
El agua chapoteaba. La vela titilaba en el tocador.
Yo le sujeté la cintura con las dos manos, conteniendo a duras penas el impulso de embestirla, de hundirme en ella hasta el fondo, y dejé que fuera ella quien marcara el compás.
Sus pechos subían y bajaban a pocos centímetros de mi boca.
Me incliné y cerré los labios sobre uno de ellos, lamí la punta endurecida, la mordisqueé con suavidad, y ella gritó.
—¡Lucian! ¡Dios mío, Lucian!
—Eso es. Así. Muévete.
Aceleró. Su respiración se volvió entrecortada, sus gemidos más agudos.
Le deslicé una mano entre los muslos, busqué con el pulgar el punto secreto donde se concentraba el placer y lo acaricié en círculos pequeños, firmes, al ritmo de sus caderas.
Ella se estremeció de pies a cabeza. Echó la cabeza hacia atrás.
El pelo, mojado en las puntas, se le pegó a la espalda.
—Voy a… ya viene… Lucian, otra vez…
—Déjate ir. Aquí estoy.
Se tensó. Se aferró a mis hombros con las uñas clavadas, la boca abierta en un grito mudo, y un temblor violento la recorrió de arriba abajo, una contracción tras otra, que apretó mi miembro con una fuerza que ya no pude resistir.
Me hundí en ella con un último empuje. Un rugido me salió del pecho, ahogado contra su garganta, y me vacié dentro de ella en oleadas, con los ojos cerrados y las manos aferradas a sus caderas, mientras el mundo entero se reducía a ese cuerpo, a ese temblor compartido, al sonido entrecortado de sus sollozos de placer.
Nos quedamos inmóviles. El agua se había enfriado un poco. Ella tenía la frente apoyada en mi hombro, con la respiración agitada, y yo le acariciaba la espalda con la mano abierta, de arriba abajo, sintiendo los latidos de su corazón contra el mío. Los dos temblábamos.
—Eso —dijo ella, al cabo de un buen rato, con una voz diminuta— ha sido mucho mejor que la primera vez.
Solté una carcajada ronca, derrotada.
—Eso espero. Era mi obligación mejorar.
—No te rías.
—No me río.
—Sí te ríes.
—Me río de felicidad. —Le besé la sien—. Es distinto.
Se incorporó un poco. Me miró a los ojos, con el pelo pegado a las mejillas y los labios hinchados. Había en su rostro una expresión de maravilla desnuda, sin defensas, que me atravesó el pecho como una espada.
—Lucian —dijo—. Creo que te quiero.
Se me paró el corazón.
—Creo que me he enamorado de ti —continuó, con una calma terrible, la de un médico que da un diagnóstico—. No te lo digo para que me contestes. No te estoy pidiendo nada. Solo quería que lo supieras. Por si mañana, en Greenwich, ocurre algo. No quiero que te quedes sin saberlo.
—Cordelia…
—No digas nada. —Me tapó la boca con los dedos—. No ahora.
La miré. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y sonreía, y era la criatura más valiente que había conocido en mi vida.
Le besé los dedos uno a uno. Después la estreché contra mi pecho con tanta fuerza que me dolieron los brazos, y no dije nada, porque las palabras que me subían a la garganta eran demasiado grandes para el espacio que quedaba entre los dos.
La secamos con la toalla grande, de lino.
La llevé a la cama en brazos, envuelta, y nos metimos bajo el cobertor de terciopelo verde.
Se acurrucó contra mí. Hicimos el amor otra vez, despacio, en la penumbra, sin prisa, con las manos y las bocas y las respiraciones mezcladas, y cuando por fin se durmió, con la cabeza sobre mi hombro y una pierna enredada entre las mías, yo me quedé despierto hasta la madrugada, mirando el dosel, escuchando la lluvia contra los cristales y repitiendo en silencio las tres palabras que no había sido capaz de pronunciar.
Salimos hacia Greenwich al mediodía siguiente.
Habíamos decidido ir en el carruaje de alquiler hasta Deptford, y desde allí continuar a pie por la orilla del río, como un matrimonio de provincias en visita turística.
Cordelia se había puesto un vestido de viaje de lana azul marino que Tilly le había arreglado en una tarde, con un cuello de encaje, un sombrerito de paja con cintas y unos guantes de cabritilla ligeramente gastados.
Le habían dejado un anillo de latón en el dedo anular, que la señora Oakley había sacado del joyero de mi madre.
Era un anillo barato, abollado, con una piedrecita verde sin valor, pero ella lo miraba cada pocos minutos con una expresión que me retorcía las entrañas.
Yo me había puesto un abrigo pardo de lana burda y un sombrero de ala ancha, con las botas sin lustrar y el cabello despeinado a conciencia.
Pike, que nos acompañaba en el pescante con la gorra calada, dijo que parecía el administrador de una granja de ovejas con aspiraciones.
Le contesté que era justo lo que buscaba.