La dama de Brook Street Capítulo 7
32%

Capítulo 7

Pasé el día siguiente intentando no mirarla.

Fracasé en todo momento y de manera lamentable.

Cordelia estaba en el comedor cuando bajé a desayunar, con una taza de té entre las manos y la mirada perdida en la ventana, y aunque me saludó con un buenos días educado y un asentimiento, vi que no había dormido.

Tenía los ojos hinchados. Se había recogido el pelo en un moño apresurado del que escapaban mechones.

Llevaba otra vez el vestido gris de Marian, y por encima, echado sobre los hombros, un chal de lana que la señora Oakley le había tejido hacía veinte años y que olía a alcanfor.

—¿Has comido algo? —pregunté.

—Un trozo de pan.

—Eso no es comer.

—No tengo hambre.

—Cordelia.

—Lucian, por favor. —Dejó la taza—. Si me dices que coma, voy a tirarte la tetera a la cabeza.

Me serví un plato de huevos con panceta y me senté frente a ella sin añadir palabra.

Ella siguió mirando por la ventana. Fuera caía una lluvia fina y persistente que había convertido el prado en un barrizal, y las ovejas del vecino se apiñaban bajo los álamos con un aire de profunda desolación.

Comí despacio. Cuando terminé, aparté el plato, crucé los brazos sobre la mesa y la observé.

—Háblame de tu padre —dije.

—No quiero.

—Necesito saberlo.

—Es un hombre tranquilo. —Habló sin volverse, con una voz monótona—.

Aburrido, incluso. Se levanta a las siete, desayuna con el periódico, va a los Lores o al club, cena a las ocho y se acuesta a las diez.

Nunca ha levantado la voz. Nunca me ha puesto la mano encima.

Con Hugo era distinto, claro, porque Hugo lo irritaba, pero conmigo…

conmigo apenas hablaba. Yo era la segunda hija. La que no daba problemas.

—¿Y con Calloway?

—Se conocen desde la universidad. Sir Ambrose es el único amigo que le queda.

Viene a casa todos los jueves a jugar al ajedrez.

Cuando éramos niños nos traía caramelos y nos contaba historias de piratas.

A Hugo le regaló su primer caballo. A mí me regaló un telescopio.

—Se le quebró la voz—. Yo lo adoraba. Era mi tío favorito, aunque no fuera mi tío.

—Cordelia, mírame.

Se volvió. Tenía los ojos secos, pero la boca le temblaba.

—Quiero que entiendas algo. Lo que oímos anoche no prueba nada. Puede que tu padre sea cómplice. Puede que sea otra víctima. Puede que Calloway le haya engañado igual que a Hugo, y que tu padre esté tan asustado que no se atreva a decir la verdad.

—¿Lo crees de verdad?

—Creo que no tengo datos suficientes para creer otra cosa. —Me incliné hacia ella—. Y creo que si hay algo que he aprendido en estos años es que la gente hace cosas terribles por miedo y cosas aún más terribles por vergüenza. Tu padre no es necesariamente un villano. Puede ser solo un cobarde.

—Eso no es mejor.

—No. Pero se puede perdonar.

Guardó silencio un buen rato. Luego, muy despacio, tendió la mano por encima de la mesa y la puso sobre la mía. Tenía los dedos fríos.

—Gracias —susurró.

—No he hecho nada.

—Has dicho la verdad. Eso es mucho.

La mañana transcurrió en una rutina silenciosa.

Recibí una nota de Penrose con la información que había pedido sobre Calloway: banquero de Lombard Street, socio principal de la casa Calloway, Hobbes y Prior, fortuna considerable, apellido intachable, tres hijos casados con herederas, miembro de la junta de gobierno del Banco de Inglaterra.

Un nombre limpio como una patena. Ni una deuda, ni un escándalo, ni una sombra.

Penrose había añadido al final, con letra más apretada: «No me fío.

Un hombre que no tiene sombras es que las ha escondido bien. P.»

Quemé la nota en la chimenea. Después subí a mi despacho y pasé tres horas ante el escritorio estudiando los mapas del Támesis, los planos de Deptford, la lista de barcazas registradas en la dársena catorce.

Pike subió con un té que no toqué. A mediodía bajé a la cocina a comer un trozo de queso de pie, junto a la mesa, y descubrí a Cordelia sentada en un taburete entre la señora Oakley y Tilly, pelando guisantes con una concentración fiera.

—Lady Cordelia nos está enseñando a jugar al whist —informó Tilly con orgullo.

—¿Al whist?

—Me lo enseñó mi madre —explicó Cordelia, sin levantar la vista—. Dice que es el único juego en el que se puede fingir que se pierde mientras se gana. Estoy dando una clase de estrategia.

—Y yo he ganado seis peniques —dijo la señora Oakley, con un brillo triunfal en los ojos.

Me quedé en la puerta, mirándolas. Había una luz suave en la cocina, el olor de las vainas recién abiertas, el borboteo de una olla, y Cordelia, con las mangas remangadas hasta los codos y el pelo medio suelto, soltó una carcajada porque Tilly acababa de derribar un montón de guisantes por el suelo.

Me di cuenta de que llevaba un buen rato sonriendo yo también, con una sonrisa boba, sin motivo.

Me retiré antes de que alguien lo notara.

Esa noche cené solo. Cordelia había mandado decir que no tenía apetito y que se acostaba temprano.

Me quedé en el comedor un rato largo, mirando la silla vacía, y después subí a mi cuarto con una botella de vino y un libro que no pensaba leer.

Ordené que me prepararan un baño. Tilly y un mozo subieron los cubos de agua caliente hasta llenar la gran tina de cobre que mi padre había instalado junto a la chimenea, y se retiraron con reverencias y miradas de soslayo.

Me desnudé. Me hundí en el agua con un gemido de alivio y dejé caer la cabeza hacia atrás, contra el borde.

El agua humeante me envolvió los músculos doloridos, el arañazo de la sien, el brazo cosido.

Cerré los ojos. Pensé en Calloway y su sonrisa de padrino.

Pensé en Dunstan atado como un fardo en una alfombra de Brook Street.

Pensé en la llave, en Deptford, en las planchas de acero de un grabador desaparecido. Pensé en Cordelia.

Siempre acababa pensando en Cordelia.

—Lucian.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en la puerta. Había entrado sin llamar, con una vela en la mano y un camisón blanco de franela cerrado hasta el cuello.

El pelo le caía suelto por la espalda en una cascada oscura.

Tenía los pies descalzos. En su cara, iluminada desde abajo por la llama, había una determinación temblorosa que conocía bien.

—No has llamado —dije, con una voz que no reconocí.

—No.

—Estoy desnudo.

—Lo sé. —Cerró la puerta con el talón y dejó la vela sobre el tocador—. Me lo ha dicho Tilly. Ha dicho que subías a bañarte y que no te molestara nadie en media hora, y yo he esperado veinte minutos, que me parecía una prudencia razonable.

—Cordelia…

—He estado todo el día intentando no pensar.

—Avanzó un paso. Sus dedos se cerraron sobre el cinturón de la bata—.

He estado pelando guisantes y jugando al whist y mirando por la ventana.

Y no ha servido. Cada vez que cierro los ojos veo a mi padre sirviéndole una copa a ese hombre. Y cuando los abro, veo tu boca.

Tragué saliva.

—No quiero que sea por pena.

—No es por pena.

—No quiero que sea por miedo.

—Tampoco es miedo. —Avanzó otro paso. Estaba ya junto a la tina. Se mordió el labio—. Es que anoche, en el coche, cuando me abrazaste, pensé que eras lo único sólido que me quedaba. Y quiero tocarlo. Quiero saber que existes.

Me incorporé en el agua. Se me salió un poco por el borde de la tina y salpicó sus pies descalzos. Ella ni siquiera lo notó. Tenía la mirada clavada en mi pecho, en las gotas que me resbalaban por el torso, en el vendaje mojado del brazo.

—Existo —dije, con la voz rota—. Te lo aseguro.

—Demuéstramelo.

Se desató la bata. La dejó caer. Debajo llevaba solo el camisón, de franela blanca, con un lazo en el cuello, y con dedos que apenas temblaban lo deshizo, tiró de él hacia arriba y lo dejó caer sobre la alfombra.

Quedó desnuda ante mí, a la luz de la vela y del fuego.

Sus pechos, redondos y llenos, con los pezones rosados endurecidos por el frío.

La cintura estrecha. La curva de las caderas.

El vello castaño oscuro entre los muslos.

Una piel de leche, con la perfección de un mármol, apenas empañada por los arañazos de las rodillas que ya empezaban a cicatrizar.

Me quedé sin aliento.

—¿Puedo entrar? —preguntó.

—La tina es pequeña.

—Pues tendrás que hacerme sitio.

Se metió en el agua. Primero un pie, luego el otro, con un siseo al notar el calor, y después se sentó frente a mí, con las rodillas dobladas contra mi pecho.

El agua subió y desbordó por los lados. Reímos los dos, con una risa nerviosa, breve.

Luego se hizo el silencio. Solo el chisporroteo de la leña, el goteo del agua sobre las losas, el sonido entrecortado de nuestras respiraciones.

Alcé la mano. Con la yema de los dedos le recorrí la mejilla, la barbilla, el cuello. Las gotas le caían por la clavícula. Seguí el camino de una de ellas hasta el nacimiento del pecho, hasta el valle estrecho entre los senos, y noté cómo contenía el aliento.

—Dime qué quieres —murmuré.

—No lo sé. Todo.

—Eso no es una respuesta.

—Quiero que me enseñes. —Me miró a los ojos—. Anoche me llevaste tú. Esta vez quiero llegar yo. Quiero saber cómo se hace.

Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, tomé su mano y la llevé bajo el agua.

La coloqué sobre mi vientre, sobre el músculo tenso, y la guié hacia abajo.

Sus dedos tocaron mi erección y ella soltó un jadeo.

Sentí su mano cerrarse sobre mí, tímida al principio, curiosa, inexperta, y casi me desmayé.

—¿Así?

—Sí. Así. Más… con más firmeza.

—¿Te hago daño?

—Dios, no.

Su mano subió y bajó, torpe, deliciosa, con una concentración tan seria que me habría hecho reír si hubiera podido respirar.

Se mordía la lengua. Tenía el ceño fruncido.

De vez en cuando levantaba los ojos para comprobar mi reacción, y lo que veía en mi cara le arrancaba una sonrisa de poder, feroz y encantadora, que me desarmó.

—Te gusta —dijo, maravillada.

—No te haces idea.