Capítulo 6 #3
—No le pasará nada. Siempre y cuando el chico entregue lo que se llevó.
Lucian se tensó. Yo noté cómo se le endurecía el brazo en el que me apoyaba sin darme cuenta. Nos miramos en la oscuridad del cuarto, con los ojos muy abiertos.
—Lo que se llevó —repitió mi padre, muy bajo.
—Una cosa insignificante. Un objeto de mi propiedad que su hijo tuvo la mala ocurrencia de tomar prestado. Nada que no se arregle con un poco de diplomacia.
—Ambrose…
—Edmund, por favor. Estamos entre amigos. —Una pausa, el crujido de un sillón, un tintineo de copas—. Sírvase una copa y dejémonos de dramas. Mañana hablaremos de lo que haya que hablar.
Sus voces se fueron apagando, desplazándose hacia el despacho. Se cerró una puerta. Quedó solo el rumor de la lluvia contra los cristales rotos.
Yo seguía arrodillada junto al cuerpo de Dunstan, con el cordón de la cortina entre las manos.
Sentía una frialdad extraña que me subía desde los pies, un entumecimiento total.
Mi padre. Mi padre sabía algo. Sir Ambrose, que había mecido a Hugo en brazos el día de su bautizo, que le había regalado su primer potro, hablaba de «un objeto de mi propiedad» con la misma voz con la que se habla de una deuda pendiente.
—Cordelia —murmuró Lucian.
—Mi padre…
—No sabemos nada con certeza.
—Han dicho «lo que se llevó». Han dicho que mi hermano…
—Cordelia. —Me tomó por los hombros y me obligó a mirarlo—. Aquí no. Ahora no. Tenemos que irnos antes de que a alguien se le ocurra subir.
—Mi padre está ahí abajo.
—Lo sé.
—Tengo que hablar con él.
—No.
—¡Tengo que preguntarle…!
—Cordelia, mírame. —Su voz era dura, firme, de una tranquilidad que me desarmó—.
Si bajas ahora, si le dices que has visto a Dunstan, que tienes una llave, que has oído esa conversación, pondrás en peligro a Hugo y a ti misma.
Si tu padre está implicado, lo sabremos.
Si no lo está, ese hombre que está en su despacho lo utilizará contra ti. Ahora no.
Me mordí el labio con tanta fuerza que me supo a sangre. Lo miré. Estaba pálido, con la sien manchada de rojo y los ojos oscuros fijos en los míos. Y comprendí, con una claridad que me abrumó, que era el único lugar del mundo donde me quedaba algo parecido a una certeza.
Asentí.
—Bien —dijo él, y me besó la frente, deprisa, con una dulzura que casi me quebró—. Vamos. Por la escalera de servicio. Despacio.
Salimos del cuarto sin mirar atrás. Cruzamos el corredor sin respirar.
Bajamos los peldaños uno a uno, con la espalda pegada a la pared, y cada crujido de la madera era una puñalada.
Pasamos junto al rellano del primer piso.
De abajo llegaba la luz de la cocina, el olor a leña y a caldo.
Tolliver, el cartero, nos esperaba junto a la puerta, con la gorra en la mano y una expresión de profundo alivio.
—Creía que no salían, milord. El marqués ha preguntado por la cocinera y el señor Fitch ha ido a despertarla. Tienen un minuto.
—Gracias, Tolliver.
—Dios los acompañe.
Salimos al callejón. La lluvia había arreciado.
Corrimos por el empedrado, esquivando charcos, hasta la esquina de Davies Street, donde Pike nos esperaba con el coche de alquiler y el sombrero hundido hasta las cejas.
Nos metimos dentro. La portezuela se cerró.
Pike azotó a los caballos y el coche salió disparado.
Me dejé caer contra el respaldo. Jadeaba. Tenía las manos entumecidas, el vestido empapado, el pelo pegado a la cara. Lucian se quitó la gorra, se pasó una mano por el pelo mojado y se limpió la sien con la manga.
—¿Estás herido? —pregunté.
—Es un arañazo.
—Dices eso de todo.
—Casi siempre es verdad.
No supe qué responder. Me quedé mirando la ventanilla, las gotas deslizándose por el cristal, las farolas que pasaban borrosas en la oscuridad.
Sentí que algo se desmoronaba dentro de mí, muy despacio, como un muro que cede.
Y de pronto estaba llorando. No con sollozos, no con ruido: solo lágrimas que me caían por las mejillas sin que pudiera detenerlas, una detrás de otra, en el silencio del coche.
—Cordelia.
—Es mi padre —dije, con voz ahogada—. Es mi padre. Se sienta a la mesa con ese hombre. Le sirve vino. Le llama amigo. Y mientras tanto mi hermano está herido en algún lugar y mi padre no… no ha hecho nada. Me dijo que Hugo se había ido a Francia. Me lo dijo mirándome a los ojos.
—No sabemos qué sabe.
—Tú sí lo sabes. Lo vi en tu cara.
Lucian no contestó. Se pasó la mano por la barbilla.
Después, sin una palabra, se inclinó, me rodeó con los brazos y me atrajo contra su pecho.
Me aferré a su chaqueta de carbonero, que olía a hollín y a lluvia, y hundí la cara en su cuello.
Lloré hasta que no me quedaron lágrimas.
Él no dijo nada. Me acarició la espalda con una mano grande y tibia, una y otra vez, con una paciencia infinita, mientras el coche se bamboleaba por las calles empedradas y las farolas dibujaban rayas de luz amarilla en las paredes.
La llave seguía entre mis pechos, fría y pequeña, y yo la apreté con la mano por encima del vestido.