La dama de Brook Street Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Era un hombre guapo. Lo había pensado muchas veces sin darme cuenta: de unos treinta años, alto, de pelo castaño muy liso, cuidado con esmero, de rasgos regulares y modales sosegados, el tipo de criado que las doncellas adoraban y que las señoras tenían en gran estima.

Llevaba la librea azul y plata de la casa, perfectamente planchada.

Y sonreía. Con una sonrisa dulce, amable, casi cariñosa, la sonrisa que me había dedicado cien veces a lo largo de tres meses.

—Lady Cordelia —dijo—. Qué alegría verla sana y salva. Estábamos tan preocupados.

Levanté la pistola. La saqué del delantal con las dos manos y la apunté al centro de su pecho. Me temblaba el brazo. Dunstan miró el cañón sin pestañear.

—Ay, milady —murmuró—. No haga eso. Se hará daño.

—No se acerque.

—Solo quiero ayudarla. —Dio un paso adelante. Su pistola, que apuntaba al suelo, se levantó apenas—. Usted y yo nos conocemos hace mucho. Sabe que no le deseo ningún mal. Deme la llave, señorita, y todo esto se habrá acabado. Nadie le hará daño. Se lo prometo por mi honor.

—¿Su honor?

—Ahora hablo en serio, milady. La llave.

—No sé de qué llave habla.

Su sonrisa se ensanchó. Con una crueldad tan tranquila que se me heló la sangre.

—Ay, señorita Cordelia. Mentir no se le da bien. Lo supe desde el primer día. Se le arruga la nariz.

A mi lado se movió algo en la sombra.

Fue muy rápido. Lucian, que se había quedado inmóvil tras la puerta abierta, saltó hacia delante con un movimiento de fiera.

Su brazo se estrelló contra la muñeca de Dunstan y la pistola salió disparada.

El estampido retumbó en el cuarto, una llamarada amarilla, un olor acre a pólvora, y la bala se incrustó en el techo con un chasquido de yeso.

Cayó una lluvia de polvo blanco. Dunstan soltó un grito y se abalanzó sobre Lucian, y los dos rodaron por el suelo entre los pedazos de espejo.

Yo no pude moverme. Estaba allí, de pie, con la pistola en las manos, viéndolos pelear.

Dunstan era fuerte, ágil, entrenado. Le hundió un codo en las costillas a Lucian, que gruñó.

Lucian le devolvió un puñetazo que le partió el labio.

Rodaron. Chocaron contra el tocador volcado.

Una mano arañó el aire. Vi un cuchillo en la bota de Dunstan, un brillo de acero.

—¡Lucian! ¡El cuchillo!

Él lo vio. Giró sobre sí mismo, con una torsión de todo el cuerpo, y le aplastó la muñeca contra el suelo. El cuchillo resbaló por las tablas. Pasó junto a mis pies. Le di una patada sin pensarlo y salió despedido bajo la cama.

Dunstan aulló. Con la mano libre agarró un pedazo de espejo roto y lo lanzó hacia el rostro de Lucian, que apartó la cabeza en el último instante. El filo le abrió una línea roja en la sien. La sangre le corrió por la mejilla. Y yo, viendo aquella sangre, perdí por completo la prudencia.

Agarré el candelabro de bronce de la mesilla. Lo levanté con las dos manos y, por segunda vez en dos noches, descargué un golpe sobre la cabeza de un hombre.

Esta vez fue más fácil. Eso fue lo que más me asustó después.

Dunstan se quedó rígido, con la boca abierta y los ojos en blanco.

Se derrumbó de lado, sobre la alfombra, con un hilo de sangre brotándole del nacimiento del pelo.

Lucian, jadeando, se lo quitó de encima.

Se puso de pie con dificultad, con la sien chorreando, y me miró.

Hubo un largo momento en el que ninguno de los dos habló.

—Dos veces —dijo al fin, con voz ronca—. Dos veces en dos días. Voy a tener que pedirte que dejes de salvarme la vida.

—No me tomes el pelo.

—No lo hago. Es la vez que más agradecido te estoy.

—¿Está muerto?

Se agachó. Le tomó el pulso en el cuello.

—No. Un chichón del tamaño de un huevo. Dormirá un par de horas. —Se enderezó, rasgó una tira de la sábana rajada y se la ató al brazo con un nudo de marinero—. Átalo con el cordón de la cortina. Los pies y las manos.

Obedecí con dedos torpes. Mientras anudaba el cordón de terciopelo alrededor de las muñecas de aquel hombre amable, que apenas hacía una hora me habría ofrecido un ramillete de lilas, oí abajo un portazo, el tintineo de unas espuelas y una voz que no era la de mi padre.

Una voz más grave, aterciopelada, de un acento cultivado.

—Linthwaite, querido amigo, no se inquiete. Ya sabe que lo encontraremos.

Me quedé inmóvil. Conocía esa voz. La había oído cada Navidad en la cena de mis padres, cada verano en Hertfordshire, durante toda mi infancia. Era la voz de sir Ambrose Calloway, banquero de la City, íntimo amigo de mi padre desde hacía treinta años, padrino de bautismo de mi hermano Hugo.

—¿Lo encontraremos? —respondió mi padre, y su tono no era el que yo conocía, no era el de un hombre confuso o resignado, sino un tono seco, tenso, el de un hombre con prisa—. Ambrose, hace quince días que busca a mi hijo, y no me ha traído una sola noticia.

—Porque no las hay, mi querido Edmund. Pero las habrá. Se lo prometo. Antes del jueves, ese muchacho estará de vuelta en esta casa, sano y salvo. Y usted y yo podremos olvidar esta pesadilla.

—Si le pasa algo a Hugo…