Capítulo 6
La puerta de servicio de mi propia casa me pareció la entrada de una cárcel.
Nunca la había usado. En veintidós años de vida había entrado y salido de Brook Street por el pórtico de columnas blancas, con un lacayo que me sostenía la puerta y un mayordomo que me inclinaba la cabeza, y jamás se me habría ocurrido preguntar qué había al otro lado del callejón trasero, entre los cubos de la basura y los barriles de cerveza.
Ahora estaba allí, bajo una lluvia menuda que me empapaba el chal, con un vestido de percal marrón que me había prestado Tilly y una cofia ladeada sobre el pelo recogido con horquillas, temblando de frío y de algo que no era frío.
—Respira —murmuró Lucian a mi lado.
—Estoy respirando.
—Respira más despacio.
Se había disfrazado de mozo de carbonería, con una chaqueta de lana raída, un pañuelo rojo al cuello y una gorra calada hasta las cejas.
Tenía las manos tiznadas de hollín, y una mancha negra en la mejilla le deformaba la cicatriz.
Habría pasado por cualquiera de los hombres que descargaban carbón en las puertas de Mayfair.
Salvo por los hombros, que le sobraban, y por los ojos, que le brillaban en la oscuridad con una agudeza que ningún mozo de carbonería habría tenido jamás.
—Pareces un príncipe disfrazado de deshollinador —susurré.
—Y tú una dama disfrazada de fregona. Cállate y agáchate.
Nos agachamos. La puerta de la cocina se abrió con un chirrido y asomó una cabeza redonda cubierta por una gorra de cartero, con un bigote espeso y unos ojillos diminutos que nos recorrieron sin curiosidad.
—Los de la leche —dijo, en el tono de un hombre que recita una consigna—. Pasen, pasen. Y deprisa.
Entramos en una cocina enorme, tibia, con el suelo de losas rojas y una chimenea encendida en la que borboteaba un puchero.
En la mesa de roble, sobre un mantel de lino, había una bandeja con restos de pastel.
La señora Bragg, la cocinera, dormitaba en un sillón junto al fuego con la boca abierta y la cofia caída, roncando con la regularidad de un fuelle.
Junto a ella había una botella de jerez vacía.
—Una gota de láudano en el segundo vaso —murmuró el cartero, guiñando un ojo—.
Dormirá hasta mañana. La doncella ha subido a acostarse.
Queda el mayordomo, el señor Fitch, que está en su despensa contando cubiertos.
Y Dunstan, que anda por el piso de arriba, en la biblioteca. Les doy veinte minutos.
—Gracias, señor Tolliver —dijo Lucian.
—No me dé las gracias, milord. Dígale al señor Penrose que me suba el sueldo.
Subimos por la escalera de servicio. Era estrecha, empinada, sin alfombra, con peldaños de madera que crujían como huesos viejos, y yo, que conocía cada tablón de la casa señorial, no tenía la menor idea de dónde saltaban los de esa.
Lucian iba delante. Se movía con una ligereza de gato, apoyando cada pie en el borde del peldaño, y yo le seguí lo mejor que pude, con una mano en la barandilla y la otra apretando la culata de la pistola en el bolsillo del delantal.
El corazón me latía tan fuerte que temía que se oyera. Cada vez que un tablón crujía, me quedaba inmóvil con los ojos cerrados.
A mitad de la segunda planta, Lucian se detuvo en seco y me retuvo con el brazo. Contuve el aliento. Nada se movía. Pero él había inclinado la cabeza como un perro de caza, con los ojos fijos en la pared, y yo, a su lado, notaba cómo el pulso me golpeaba en las sienes.
—¿Qué pasa? —articulé, sin voz.
—Nada. Un ratón. —Apenas movió los labios—. Sigue.
—Odio los ratones.
—Lo sé. Lo dice tu cara.
—Mi cara no dice nada.
—Tu cara lo dice todo. Por eso necesitas un hombre que sepa leerla.
Me mordí la lengua para no soltar una carcajada.
Era una locura. Estábamos a punto de entrar en mi propia casa como ladrones, con un criado traidor en el piso de abajo, y aquel hombre me hacía reír con una broma susurrada en la oscuridad.
Pensé que si algún día salía viva de todo aquello, recordaría ese instante como uno de los más felices de mi vida, y que eso me convertía en una persona muy poco sensata.
En el primer rellano nos detuvimos. Una rendija de luz amarilla se colaba por debajo de la puerta de comunicación con el vestíbulo, y al otro lado oímos pasos lentos, de zapatos de suela fina, que recorrían el pasillo de un extremo a otro.
Dunstan. Reconocí su andar sin necesidad de verlo.
Ligero, ocioso, con un ligero arrastrar del talón izquierdo que yo había achacado a una vieja lesión y que ahora me parecía el paso de un animal que acecha.
Lucian me puso una mano en el hombro y me señaló la escalera. Seguimos subiendo.
El segundo piso. El tercero. Salimos a un corredor que yo conocía mejor que mi propio rostro, con su alfombra persa descolorida, sus apliques de bronce sin encender, sus retratos de antepasados en marcos dorados, y sentí una congoja absurda al ver, colgado de una pared, el grabado de la catedral de Salisbury que mi madre había comprado en su viaje de bodas.
Estaba un poco torcido. Siempre lo estaba.
Hugo lo enderezaba cada vez que pasaba y mi madre volvía a torcerlo a propósito para que tuviera algo con lo que discutir.
Mi habitación estaba al fondo. La puerta, entreabierta.
Entré primero. Había una vela casi consumida sobre la mesilla, y a su luz vi el desastre.
Habían vaciado los cajones del tocador sobre la cama.
Las medias, los guantes, las cintas de colores, un libro de poemas con las páginas arrancadas, todo estaba esparcido por la alfombra.
Mi armario abierto, los vestidos descolgados y pisoteados.
El colchón levantado y rajado de un extremo a otro, con la lana asomando como una herida abierta. Mi tocador volcado. Mi espejo roto.
Se me contrajo el estómago. Era un saqueo, y no sabría describirlo de otro modo, porque cada objeto de aquella habitación había sido mío, había guardado fragmentos de mi vida, y ahora estaban allí, hechos pedazos por manos ajenas, vulgares, ansiosas.
—Cordelia —susurró Lucian, desde el umbral.
—Estoy bien.
—No lo parece.
—Estoy bien. —Me mordí el labio. Crucé la habitación apartando los trozos de vidrio con la puntera—. El costurero está en el rincón, debajo de la ventana. Siempre lo tengo ahí, sobre el baúl de las mantas.
Entre los restos de mi vida esparcidos por la alfombra, algo me llamó la atención.
Un papel arrugado, pisoteado, con la huella de una bota en una esquina.
Me agaché a recogerlo. Lo desdoblé. Era un dibujo a lápiz, torpe, de trazos infantiles: una casa con una chimenea torcida, un roble enorme con una escalera apoyada y, en la rama más alta, una niña diminuta con dos coletas y los brazos en alto.
Debajo, con letras grandes y desiguales, había una sola frase: «Nunca más te dejaré sola en un árbol. H.»
No lo recordaba. Hugo debió de dárselo a mi niñera, o dejarlo bajo mi almohada, el año que me subió a aquella rama. Lo había guardado dentro de un libro. Lo habían sacado, lo habían pisado, lo habían tirado al suelo como basura.
Alisé el papel contra el pecho. Respiré hondo, una, dos veces. No iba a llorar. No allí, no entonces, con dos asesinos a un piso de distancia.
—Era de Hugo —dije en voz baja.
Lucian no preguntó. Se acercó, me puso una mano en la nuca y esperó. Cuando estuve lista, doblé el dibujo en cuatro y lo guardé en el bolsillo del delantal, junto a la pistola, y me levanté con las rodillas firmes.
Estaba. Lo vi desde la mitad del cuarto, intacto, con la tapa de nácar reluciente bajo la luz de la vela, sobre el baúl, como si nadie hubiera tenido el menor interés en él.
Y supe que Penrose tenía razón: no lo habían tocado porque era el objeto más doméstico, más femenino, más estúpidamente inofensivo de toda la casa.
Me arrodillé ante él. Abrí la tapa. Dentro, entre los carretes de hilo y las agujas clavadas en su almohadilla, había una tijerita de plata, un dedal, un bordado a medias.
Pasé los dedos por el forro de seda de la tapa.
Era de color crema, con pequeñas flores de lis azules, y en la esquina izquierda, bajo la costura, noté un bulto duro.
Rompí el hilo con los dientes. Metí dos dedos por la abertura y saqué una llave pequeña de latón, no más larga que mi dedo meñique, con un ojo en forma de trébol y una etiqueta de cartón sujeta con un cordel.
Giré la etiqueta hacia la luz. Había una sola línea, escrita con la letra desordenada de mi hermano: «Deptford, dársena 14, almacén Kemble».
—Lo tengo —dije, con voz temblorosa.
Lucian se agachó a mi lado. Leyó la etiqueta. Silbó entre dientes, muy bajito.
—Deptford. Dársena 14. Eso es el astillero viejo del Almirantazgo. Lleva años abandonado.
—¿Qué es?
—Es un sitio donde se puede ocultar cualquier cosa. Una imprenta entera. Planchas. Papel. —Me tomó la llave de la mano, la examinó y me la devolvió—. Guárdala. No en el bolsillo. Más cerca.
Me la metí en el escote del vestido, entre los pechos, y me estremecí al sentir el latón frío contra la piel. Lucian apartó la vista un instante. Había una tensión en su mandíbula que me hizo sonrojar.
—Vámonos —murmuró.
Nos levantamos. Estaba cruzando la alfombra hacia la puerta cuando oí el tintineo.
Era un sonido leve, metálico, que venía de la planta baja. Un tintineo de llaves, el chirrido de una cerradura. Después, una voz de hombre que conocía de toda la vida, sonora, de barítono, hecha para llenar salones.
—¡Fitch! ¡Fitch, hombre, ¿dónde está todo el mundo?!
Lucian se quedó petrificado.
—Mi padre —susurré.
—Penrose dijo que volvería pasada la medianoche.
—Son las diez.
—Lord Avery debe de haberse puesto enfermo. O el marqués ha encontrado algún pretexto. —Me agarró del brazo—. ¿Hay otra salida?
—La escalera de servicio. Pero Dunstan está en el pasillo, en el…
No terminé la frase. La puerta del dormitorio se abrió de golpe, y en el umbral, con una vela en una mano y una pistola en la otra, apareció Dunstan.