La dama de Brook Street Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Hugo me enseñó, a escondidas, en Hertfordshire. Mi madre decía que una dama debía montar de lado y a paso lento. Hugo decía que eso era para señoras de sesenta años.

—Tu hermano parece un hombre sensato.

—Mi hermano parece muchas cosas. Sensato no suele ser la primera.

—¿Y tú? —preguntó ella, tras un rato—. ¿Quién te enseñó a cabalgar así, a pelo, saltando setos?

—Mi padre. Antes de que se le acabara la paciencia con nosotros. Y mi hermana, que montaba mejor que yo y lo sabía.

—Marian.

—Marian. Se casó con un terrateniente de Northumberland, un hombre callado que cría perros de caza y la mira como si ella hubiera inventado el mundo. Me escribe cada tres meses. Me cuenta cuántos corderos han nacido y cuántos hijos han perdido los dientes.

—Parece feliz.

—Lo es. Más de lo que yo sabría explicar. —Hice una pausa—. Le habrías caído bien. Te habría robado a Hugo para presentárselo a una amiga suya y a ti te habría mandado a Northumberland para que le enseñaras a su cuñado a perder al whist.

—¿Tengo que perder al whist?

—Todo el mundo tiene que perder al whist alguna vez. Es una tradición de la familia.

Rio. Su risa se extendió sobre el agua como una piedra que rebota, y una garza gris levantó el vuelo desde la orilla con un graznido de protesta.

Yo me quedé mirándola, con las riendas flojas entre los dedos, sin poder apartar la vista de aquella boca ancha, de aquella barbilla alzada, y pensé que daría cualquier cosa por poder detener el tiempo en aquel preciso trecho de camino, con el sol pálido sobre el pelo de ella y el rumor de los sauces.

Me dije que era una tontería. Me dije que había hombres que morían por muchísimo menos.

Nos bañaba un sol pálido, con nubes bajas que se deshacían contra los árboles.

Hablamos poco. Cada vez que su rodilla rozaba la mía en un tramo estrecho, ella se sonrojaba y fingía mirar los patos.

Yo fingía que no lo notaba. A mediodía dejamos los caballos en una posada de Hammersmith, cogimos un coche de alquiler hasta Westminster y bajamos en una callejuela de Holywell Street, junto a una librería de segunda mano con los escaparates cubiertos de polvo y de volúmenes de sermones.

—¿Aquí? —preguntó Cordelia, mirando la fachada con escepticismo.

—Aquí.

—¿En una librería?

—Es el único lugar de Londres donde nadie pregunta por qué un hombre pasa dos horas sin comprar nada.

Entramos. Sonó una campanilla desafinada.

Un dependiente adormilado levantó la vista de un tomo y la volvió a bajar sin interés.

Crucé el local, esquivé una pila de mapas amarillentos, atravesé una cortina de terciopelo raído y bajé por una escalera de caracol hasta un sótano abovedado donde, bajo una lámpara de aceite y rodeado de legajos, un hombrecillo diminuto y calvo, con anteojos de montura de acero y un chaleco de color mostaza, mascaba pastillas de regaliz con el gesto absorto de un hombre que resuelve un problema de aritmética.

—Milord —dijo Penrose, sin levantar la vista—. Llega tarde.

—Cuatro minutos.

—Cuatro minutos son una eternidad cuando hay hombres muertos. —Alzó los ojos. Se le agrandaron tras los cristales al ver a la mujer que me seguía—. Y trae a la señorita.

—Lady Cordelia Fenwick, el señor Penrose.

—Encantado, milady. Lamento las circunstancias.

—Lo mismo digo —contestó ella, con una calma que me asombró—. Aunque preferiría que dejara de hablar de mi hermano como si fuese un caso.

—Su hermano es un caso, milady. Pero un caso que me inquieta con particular intensidad. —Hizo un gesto hacia dos sillas desvencijadas—. Siéntense. Tengo noticias de las que no me gusta dar de pie.

Nos sentamos. Penrose se quitó los anteojos, los limpió con un pañuelo y volvió a ponérselos.

—Primero, el impresor. Se llamaba Tobías Wren.

Cuarenta y cuatro años, viudo, un hijo en Canadá.

Trabajó veinte años para una editorial de mapas del Almirantazgo, y hace tres años aceptó un encargo de un caballero que le prometió el doble de lo que ganaba.

Un caballero al que nunca vio la cara. Se comunicaban por cartas sin firma.

Wren las guardaba. Encontramos catorce en su cajón secreto.

—¿Y qué dicen?

—Nada. Las dos últimas, sin embargo, mencionan a un tercer hombre. Un grabador. Un tal Saúl Halloran, de Spitalfields. Experto en planchas de acero, miembro de una familia de hugonotes. Halloran lleva nueve días sin aparecer en su taller.

—¿Muerto?

—Escondido, esperemos. Segundo asunto. —Penrose se inclinó hacia delante y bajó la voz—.

Su casa, milady. Los Fenwick. Hace tres meses contrataron a un lacayo nuevo, un tal Dunstan, con referencias de un conde que murió en Jamaica hace seis años.

Las referencias son falsas. Lo he comprobado esta mañana.

Cordelia se puso pálida.

—Dunstan. El segundo lacayo.

—El mismo.

—Es un hombre amable. Siempre me trae la correspondencia a la biblioteca. Una vez me dejó un ramo de lilas en el alféizar…

—Que Dios la proteja de los hombres amables, milady.

—Penrose juntó las yemas de los dedos—. Es probablemente el informante que ha estado dando cuenta de sus movimientos y de los de su hermano.

Anoche, cuando entró en el despacho, los dos individuos que le atacaron conocían la hora en que su padre estaba en Westminster. Solo se podía saber desde dentro.

—Dunstan —repitió ella en voz baja. La vi cerrar los puños sobre las rodillas—. Dunstan me preguntó anteayer si había tenido noticias de Hugo.

—¿Y qué le contestó?

—Que no. Pero…

—Pero tenía usted una carta en el costurero. —Penrose asintió—. Entonces es probable que lo sospechara. Y que haya pasado la voz.

—¡Dios mío! —Cordelia se levantó de golpe—. ¡Entonces ya habrán ido a mi cuarto! ¡Si han registrado el costurero…!

—No lo han hecho —dijo Penrose con calma.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque sigue allí. Mis hombres lo vigilan desde ayer.

Han entrado dos veces en su habitación, milady, y dos veces han revuelto las cajas, los cajones, el armario.

Pero no han tocado el costurero de nácar.

Probablemente creen que el hallazgo vendrá de una carta o de un papel, no de un objeto tan doméstico.

—Sonrió con evidente satisfacción—. Aunque no durará. Si siguen buscando, lo encontrarán.

Me levanté yo también.

—Necesitamos esa llave hoy.

—Esta noche —corrigió Penrose—. El marqués y la marquesa cenan a las siete en casa de lord Avery, en Portman Square.

Volverán pasada la medianoche. La servidumbre de Brook Street está reducida a cuatro personas: la cocinera, una doncella, el mayordomo y Dunstan.

Si se les distrae a los tres primeros, el cuarto es el único problema.

—Lo resolveremos.

—Tengo un hombre en la cocina. Un cartero, en apariencia. Es de los míos. Puede conseguirle una entrada por la puerta de servicio a las nueve, cuando la cocinera se retira. De ahí al tercer piso hay veintidós peldaños. —Miró a Cordelia—. Milady conoce la casa mejor que nadie.

—Conozco cada tablón que cruje.

—Es una suerte inapreciable. —Penrose se volvió hacia mí con un gesto de advertencia—. Y la peor idea que he oído en mi vida, milord. No debería llevarla.

—No me va a dejar atrás.

—Entonces tendrá usted que cuidarla. Y yo tendré que rezar.

—Rece, entonces.

—Ya lo hago desde hace una semana. —Se frotó los ojos bajo los anteojos—.

Una última cosa. Greenwich. Un inspector de aduanas me ha informado de que un hombre que responde a la descripción de Hugo Fenwick fue visto hace cinco días en el muelle de Greenwich, cerca del Hospital de Marinos.

Bajaba de una barca. Cojeaba. Llevaba una venda en la cabeza y la mano izquierda envuelta en trapos.

—¡Está vivo! —gritó Cordelia. Se tapó la boca. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¡Está vivo!

—Estaba vivo hace cinco días —puntualizó Penrose con amabilidad—. Y herido. No sé si lo está ahora.

—Lo está —dijo ella, y había en su voz una convicción que no admitía réplica—. Lo sé. Lo siento. Hugo es un desastre, pero no es de los que mueren.

Penrose me lanzó una mirada que decía, con claridad meridiana, lo que pensaba de las convicciones de las damas jóvenes. No dije nada. Le tomé la mano a Cordelia y se la apreté con fuerza, y ella respondió al apretón con una intensidad que me atravesó el pecho.

Cuando salimos de la librería, la tarde se había oscurecido y empezaba a caer una lluvia fina.

Pike nos esperaba con un coche de alquiler a la vuelta de la esquina.

Subí tras ella. Cerré la portezuela. Y antes de que el cochero arrancara, saqué de la chaqueta la pistolita de culata de nogal que le había regalado en el jardín.

—Está cargada —dije—. Cebada, con el pedernal nuevo. Te la guardas en el bolsillo. No la sacas a menos que no haya otra opción.

—Lo sé.

—Si disparas, apuntas al cuerpo. No a la cabeza. Es más difícil fallar.

—Lo sé, Lucian.

—Y si algo sale mal, si te separas de mí, corres. No te quedas a buscarme. Corres hacia la calle y gritas con todas tus fuerzas. ¿Me has oído?

Ella cerró los dedos sobre el arma. Los tenía fríos, pero firmes.

—Te he oído —dijo.

—Júramelo.

—Te lo juro.

La miré durante un instante largo, tratando de memorizarle la cara, y supe que habría dado media vida por poder dejarla a salvo en Stanmore Lodge, con una sopa caliente y un libro de sermones, y la otra media por que me mirara como me estaba mirando entonces.