La dama de Brook Street Capítulo 5
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Capítulo 5

Tenía el brazo izquierdo dormido hasta el hombro y no pensaba moverlo por nada del mundo.

Cordelia seguía sobre él, de lado, con la mejilla contra mi costado y una mano abierta encima de mi pecho, los dedos ligeramente curvados como si hubiera dormido sujetando algo que no quería perder.

La luz de la mañana entraba por el hueco de las cortinas y le recorría el pelo, esa masa de miel oscura que se le había soltado de la trenza durante la noche y que ahora me cubría el hombro y parte del vientre.

Respiraba despacio. Tenía los labios entreabiertos.

En la comisura del derecho, un diminuto rastro de saliva que habría hecho morirse de vergüenza a su madre y que a mí me pareció, de pronto, lo más conmovedor que había visto en la vida.

Llevaba años despertándome solo. Primero en barracones, luego en tiendas, luego en posadas de mala muerte con una pistola bajo la almohada y un ojo abierto.

Había olvidado lo que era abrir los ojos y encontrar un peso tibio contra el cuerpo, una respiración que no era la mía.

Tardé unos segundos en entender qué era aquella sensación que me apretaba la garganta, y cuando lo entendí no me gustó nada, porque tenía todas las trazas de ser una felicidad, y yo sabía muy bien lo que les ocurre a los hombres como yo cuando se acostumbran a ser felices.

Había tomado a una virgen. A la hija de un marqués. En mi propia casa, bajo mi propio techo, mientras su hermano desaparecido y sus perseguidores andaban sueltos por Londres. Había dado mi palabra de proteger a esa muchacha y la primera cosa que hice fue arruinarla.

Y lo volvería a hacer.

Esa era la parte que no podía ignorar. Lo repasé una y otra vez, tumbado en la cama con la vista fija en el dosel, buscando en mi interior el menor rastro de arrepentimiento, y no lo encontré.

Había vergüenza, sí. Había una furia sorda contra mi propia debilidad.

Pero debajo de todo eso, intacto, indomable, estaba el recuerdo de su cuerpo arqueándose contra el mío, de su voz diciendo mi nombre, de sus uñas en mi espalda, y bastó ese recuerdo para que mi cuerpo respondiera de nuevo con una vehemencia que me dejó mortificado.

Cordelia se movió. Soltó un murmullo contra mi piel, frunció la nariz y abrió los ojos.

Los tenía grises a la luz de la mañana, más claros que de noche, con el anillo verde alrededor de la pupila casi dorado.

Me miraron sin comprender. Parpadeó una vez.

Dos. Y en ese segundo en que su mente fue reconstruyendo dónde estaba, en qué cama, con quién, y sobre todo en qué estado, vi pasar por su cara una sucesión de emociones que me habría hecho reír si no hubiera estado tan ocupado conteniendo el aliento: desconcierto, sobresalto, un horror brevísimo, un rubor que le subió desde el pecho hasta las orejas, y al final, muy lentamente, una sonrisa avergonzada y radiante.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—Estoy desnuda.

—Lo sé.

—Usted… tú… también.

—También.

—Hay luz.

—Es la costumbre del sol —respondí—. Sale todas las mañanas, sin pedir permiso.

Se tapó la cara con la mano libre y soltó una risita ahogada.

Luego tiró de la sábana hasta la barbilla con un gesto tan rápido y tan infantil que no pude contenerme y me reí yo también, con la cabeza echada hacia atrás sobre la almohada, con una risa que me dolió en el pecho de lo poco que la había usado.

—No te rías de mí —protestó.

—No me río de ti.

—Sí te ríes.

—Me río de la mañana. De que sea tan insolente.

Hubo un momento en el que nos miramos sin decir nada. Ella bajó la mano. Con un dedo, muy despacio, siguió la línea de mi mandíbula, la cicatriz de la ceja, la comisura de mi boca. Me estremecí.

—¿Me duele? —preguntó, casi para sí—. Lo de anoche. Pensé que dolería más.

—¿Te duele?

—Un poco. Aquí. —Se tocó el vientre por encima de la sábana—. Pero es un dolor… agradable. Raro. Como si me hubiera dejado una marca por dentro.

—Cordelia.

—No me pidas perdón.

—Iba a hacerlo.

—Pues no lo hagas. Si me pides perdón, voy a pensar que te arrepientes, y si pienso que te arrepientes, voy a ponerme a llorar, y no quiero llorar esta mañana. Quiero… —Se mordió el labio—. No sé qué quiero. Quiero que sea de día un rato más.

Me incorporé sobre un codo. Ahora estábamos muy cerca. Con la mano que tenía libre le aparté el pelo de la cara y se lo coloqué detrás de la oreja.

—No me arrepiento. Pero tengo que decirte una cosa, y tienes que escucharme hasta el final antes de contestar.

—Me das miedo.

—Voy a casarme contigo.

Abrió mucho los ojos.

—Es lo mínimo que puedo hacer —continué, deprisa, antes de que el valor me abandonara—. He comprometido tu reputación. He faltado a mi palabra de caballero. Cuando esto acabe, cuando Hugo esté a salvo, hablaré con tu padre y…

—No.

—Cordelia.

—No. —Se había incorporado, sujetando la sábana contra el pecho, con las mejillas encendidas y los ojos echando chispas—.

No voy a casarme contigo porque me hayas quitado la virginidad.

¿Qué crees que soy? ¿Una mercancía estropeada que hay que comprar?

Yo quise esto. Te lo pedí yo. Te dije que no pararas, ¿te acuerdas? Si hay culpables, somos dos.

—Eso no cambia lo que dirá la sociedad.

—La sociedad no tiene por qué enterarse.

—La sociedad siempre se entera.

—Pues que se entere. Me da igual. —Tomó aire—.

Mira, Lucian, pasé veintidós años haciendo todo lo que se esperaba de mí.

Rechacé a todos esos hombres, no por orgullo, sino porque sabía que lo único que querían era una esposa decorativa.

Y no voy a atarme a un hombre solo porque se sienta obligado.

Si algún día me pides que me case contigo, quiero que sea porque no puedes imaginar otra cosa. No porque te lo dicte el honor.

La miré. Estaba preciosa, enfurecida, con el pelo revuelto y los hombros desnudos asomando por encima de la sábana, y me di cuenta, con una sacudida, de que acababa de decir lo único capaz de dejarme sin respuesta.

—Está bien —murmuré.

—¿Está bien?

—No lo hablaremos hasta que Hugo esté a salvo. Pero lo hablaremos.

—Quizá.

—Cordelia.

—Quizá, Lucian.

Me incliné y la besé. No fue un beso para convencerla, ni para ablandarla.

Fue un beso largo, lento, con el sabor de la mañana y de su boca, y ella respondió con un suspiro que se me clavó en las entrañas.

Su mano subió a mi nuca. La sábana resbaló.

Mis dedos descendieron por su costado hasta la curva de la cadera, y estaba a punto de perder lo poco que me quedaba de sensatez cuando alguien llamó a la puerta con tres golpes secos.

—¡Milord! —La voz de la señora Oakley atravesó la madera con una nitidez de campana—. Ha llegado el señor Pike con el recado. Y el desayuno está en la mesa, y no pienso volver a calentarlo.

Cordelia se tapó la boca con las dos manos para no reírse. Yo cerré los ojos y conté hasta cinco.

—Ya vamos, señora Oakley.

—¿Vamos? —dijo la voz, con una entonación que podría haber agriado la leche—. Ah. Muy bien, milord. Muy bien. Con su permiso, pondré dos servicios.

Se alejó por el pasillo y los tablones temblaron a su paso. Cordelia se desplomó sobre la almohada, con el cuerpo sacudido por una risa silenciosa, hasta que se le saltaron las lágrimas.

—Lo sabe todo el mundo —jadeó—. ¡Lo sabe toda la casa!

—Lo sabe toda la casa desde que te vio subir las escaleras con mi chaqueta.

—Tilly me lo dijo ayer. Me dijo que tenías el corazón en una caja.

—Tilly habla demasiado.

—Tilly tiene mucha razón.

La besé en la frente, la nariz, la punta de la barbilla, y salí de la cama antes de volver a perder la cabeza.

Pike me esperaba en el vestíbulo con una carta de Penrose y una expresión de pesadumbre que no me gustó. Me la entregó sin una palabra. Rompí el sello y leí.

«Lo veré a las doce en el sitio de siempre. Traiga a la dama si insiste, aunque le aconsejo que no lo haga. Novedades importantes. P.»

—¿Quién ha traído esto?

—Un chico, señor. Sin librea. Se ha ido corriendo.

—¿Ha preguntado algo?

—No, señor. Pero hay un hombre en el camino de Kew desde esta madrugada. Parado junto al muro del vecino, con un caballo gris. Lleva ahí cuatro horas fingiendo que arregla una herradura.

Dejé la carta sobre la repisa.

—Entonces no volveremos en carruaje. Que Hobbs saque a *Trueno* y a la yegua alazana. Saldremos por el prado de atrás y bajaremos hasta el vado.

—¿Los dos, señor?

—Los dos.

—Señor —dijo Pike, y esta vez titubeó de verdad—, la señorita no tiene ropa de montar.

—La señorita Marian dejó un traje en el baúl.

—Ese baúl lleva cinco años cerrado.

—Pues se abrirá.

Cordelia bajó al comedor un cuarto de hora después con un traje de amazona de paño verde botella, con una chaquetilla ajustada y una falda larga que le quedaba corta de cintura y larga de dobladillo, y un sombrero de fieltro con una pluma.

Se había trenzado el pelo con una destreza de marinero.

Todo en ella, de la barbilla alzada a la mirada firme, respiraba una determinación que me heló la sangre.

—Voy contigo —anunció antes de que yo abriera la boca.

—No he dicho que no.

—Ibas a decirlo.

—Ibas a discutirlo.

—Esta vez no. —Apoyó las manos en el respaldo de una silla—. Es mi hermano. Es mi cuarto. Es mi llave. Si me dejas aquí, encerrada en esta casa con un tomo de sermones, juro que salgo por la ventana en cuanto te vayas.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Mi sentido común me dice que lo harías. —Le ofrecí el brazo—. Vamos a desayunar. Y luego a Londres.

Los ojos le brillaron como si le hubiera regalado una diadema.

Cabalgamos por la orilla del Támesis, entre sauces llorones y prados encharcados.

Ella montaba bien. Demasiado bien para una dama criada con institutrices francesas.

Sin una palabra, sin pedir ayuda, había trepado a la yegua alazana como a un banco de jardín, y la dirigía con una mano ligera, una espalda erguida y una naturalidad que me dejó sin habla. Le pregunté dónde había aprendido.