La dama de Brook Street Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

La cuerda se rompió. Me estremecí de la cabeza a los pies en una oleada de placer tan violenta que me dejó ciega, con la boca abierta en un grito mudo y los dedos de los pies encogidos.

Las convulsiones me sacudieron una y otra vez, y él no se detuvo hasta que el último temblor se apagó y yo me quedé flotando, rota, sudada, con el corazón desbocado y las lágrimas rodándome por las sienes.

Subió por mi cuerpo besándome la piel, el ombligo, los pechos, la garganta. Me besó en la boca. Noté mi propio sabor en sus labios y no me pareció extraño. Me pareció íntimo.

—¿Estás bien? —murmuró.

—No sé. No… no sé qué ha sido eso.

—Eso es solo el principio.

—¿Hay más?

—Hay mucho más.

Se levantó un momento, se desabrochó los pantalones y se los quitó.

No aparté la mirada. Lo vi desnudo, a la luz amarilla de la lámpara, y se me secó la boca.

Era grande. Mucho más de lo que había imaginado en mis fantasías vagas y mal informadas.

Enhiesto, oscuro, con una vena marcada a lo largo, apuntando hacia mí sin disimulo. Tragué saliva.

—No va a caber —dije, con un hilo de voz.

Soltó una risa ronca, entrecortada.

—Sí cabrá. Te lo prometo. Pero te dolerá un poco la primera vez y quiero que lo sepas. Iré despacio. Si me pides que pare, paro.

—No quiero que pares.

—Cordelia.

—No quiero que pares, Lucian.

Volvió a tumbarse sobre mí, apoyado en los antebrazos para no aplastarme. Me abrió las piernas con la rodilla. Sentí su miembro caliente contra mi entrada, resbaladiza y palpitante, y él se detuvo, con la frente pegada a la mía y el sudor perlándole las sienes.

—Mírame —dijo.

Lo miré. Sus ojos, de un azul tan oscuro que parecían negros, ardían. Empujó.

El primer avance fue una presión, una tensión, un estiramiento que no dolía y que dolía a la vez.

Me aferré a sus hombros. Él se detuvo, esperó, volvió a avanzar, una pulgada, otra, y yo contuve el aliento, y de pronto, cuando llegó a una resistencia, un dolor agudo me atravesó.

Ahogué un gemido. Él se quedó inmóvil, temblando con el esfuerzo de contenerse, con la frente apoyada en mi hombro.

—Perdóname —susurró—. Perdóname, amor. Ya está. Ya pasó lo peor.

—Me duele.

—Lo sé. Respira. Despacio.

Respiré. El dolor fue cediendo, convertido en una sensación de plenitud, de estar completamente llena, completamente unida a otro ser. Moví las caderas por instinto, y él soltó un gemido grave, de alivio y de ruego.

—No te muevas —jadeó—. Si te mueves así…

—Quiero moverme.

—Dios mío.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con una cadencia lenta y profunda que me arrancó un suspiro.

Cada embestida me llenaba, me rozaba por dentro con una fricción que se volvía dulce, cada vez más dulce.

Le rodeé la cintura con las piernas. Lo atraje hacia mí.

Él aceleró el ritmo, y su respiración se volvió rota, ronca, y mis uñas se le clavaron en la espalda.

La cama crujía. El mundo se había reducido a aquella habitación, a aquella lámpara, a aquel cuerpo contra el mío, y a la tensión que volvía a enroscarse en mi vientre más fuerte que la primera vez.

—Lucian… otra vez… va a… —Ni siquiera pude terminar la frase.

—Lo sé. Conmigo. Ven conmigo, Cordelia.

Deslizó una mano entre nuestros cuerpos y su pulgar encontró aquel punto secreto.

Con dos movimientos precisos, la cuerda se rompió de nuevo.

Grité su nombre, y al mismo tiempo lo sentí tensarse, sentí cómo se hundía en mí hasta el fondo y se estremecía entero con un rugido ahogado contra mi cuello, y un calor líquido se derramó dentro de mí mientras mi cuerpo, convulsionando, lo apretaba y lo retenía.

Nos quedamos quietos, abrazados, con los corazones desbocados latiendo uno contra el otro. Su peso me cubría. Su respiración, agitada, me quemaba la oreja. Le acaricié la espalda empapada, las cicatrices, la nuca húmeda.

—Cordelia —murmuró al fin—. Cordelia, Cordelia.

—Estoy aquí.

—Te he hecho daño.

—Un poco. Al principio. —Sonreí contra su hombro—. Después no.

Se alzó sobre un codo y me miró. En su rostro había una expresión que no le había visto nunca, desarmada y casi aterrada, y con el pulgar me apartó un mechón de la frente.

—Tendría que haberlo pensado mejor. Tendría que haberme controlado.

—No quiero que te arrepientas.

—No me arrepiento. —Frunció el ceño—. Ese es el problema. No me arrepiento de nada.

Se tumbó de espaldas y me atrajo contra su pecho, con un brazo bajo mi cabeza.

Apoyé la mejilla en su hombro. Su corazón fue serenándose bajo mi oído.

Pasé un dedo perezoso por la cicatriz de las costillas, siguiendo la línea desde el hueso hasta el vientre, y él cerró los ojos y soltó un suspiro hondo.

—Mañana tengo que ir a Londres —dijo, con la voz espesa de sueño—. Hay que mirar ese cuarto tuyo. Y a Penrose.

—Iré contigo.

—Hablaremos de eso por la mañana.

—Iré contigo, Lucian.

No contestó. Su respiración se había hecho lenta y regular.

Me quedé despierta mirando el dosel verde, con la mano abierta sobre su pecho, notando bajo la palma cómo subía y bajaba.

La lámpara se consumía sobre la mesilla.

Me acurruqué un poco más y él, dormido, apretó el brazo alrededor de mi cintura.