La dama de Brook Street Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Lucian se echó atrás en la silla, con una sonrisa que le transformaba el rostro. Fue la primera vez que lo vi así, sin guardia, sin esa tensión de cazador que le endurecía la mandíbula. Estaba guapísimo. Era insoportable.

—¿Y usted? —pregunté—. ¿Por qué no está casado? Es conde, tiene una casa preciosa, tiene… —Me interrumpí. Había estado a punto de decir «unos hombros espléndidos»—. Tiene un título.

—No me han ofrecido nada que mereciera la pena.

—¿Nada?

—Hubo una dama. Antes de la guerra. —Hizo girar el vino en la copa—. Se llamaba Eleanor. Era dulce, lista, y estaba comprometida con un capitán de Dragones. Murió de fiebre tifoidea el invierno que me alisté. Él no volvió de Salamanca. No quedó nadie de aquello.

—Lo siento.

—Hace mucho tiempo.

—Eso no lo hace menos triste.

Me miró. Había algo en su mirada que me hizo desear acercarme y apartarle el pelo de la frente. En lugar de eso, tomé un sorbo de vino con las dos manos.

—Hábleme de la guerra —pedí.

—No es una historia para una dama.

—No soy una dama esta noche. Soy su esposa de mentira. Cuénteme.

Me lo contó. No todo. Solo trozos: un campamento nevado en las montañas de Galicia, un burro llamado Sancho que cargaba su equipaje y se negó a cruzar un río, un sargento irlandés que cantaba arias de ópera con voz de trueno.

Un amanecer en Badajoz que no quiso describir.

Una mañana en Bélgica que describió con tres frases y que me dejó la garganta apretada.

Hablaba con la vista fija en la llama de la vela y el vino había dejado un brillo húmedo en sus ojos, y yo, que pensaba que había conocido a todo tipo de hombre en los salones de Londres, me di cuenta de que no había conocido a ninguno.

Cuando terminó, la cena se había enfriado en los platos y las velas estaban casi consumidas.

—Perdone —dijo—. No debería haberle contado tanto.

—Quería que me lo contara.

—Hay cosas que ninguna muchacha de veintidós años debería oír.

—Hay cosas que ninguna muchacha de veintidós años debería vivir, y las he vivido esta noche, y aún estoy aquí. —Dejé la servilleta sobre la mesa—. No me trate como a una criatura, Lucian. Estoy cansada de que me traten como a una criatura.

—No la trato como a una criatura.

—Entonces dígame por qué me ha mirado los labios cuatro veces en la última media hora.

El silencio fue tan absoluto que pude oír el reloj de la repisa. Él dejó la copa. Se puso de pie. Era tan alto, tan ancho, tan sólido, que a mí me flaquearon las rodillas y tuve que agarrarme al borde de la mesa.

—Porque tengo muy poco carácter —dijo, con voz ronca—.

Porque llevo quince horas intentando no besarla otra vez y cada hora me cuesta más.

Porque usted está en mi casa bajo mi protección, es la hija de un marqués y es virgen, y todo lo que sé de honor me dice que debo acompañarla a su cuarto y echar la llave por fuera.

—¿Y lo hará?

—Debería.

—¿Lo hará?

—No lo sé.

Me levanté yo también. Rodeé la mesa despacio, con el corazón golpeándome el pecho como un martillo. Me detuve frente a él. Le puse las manos sobre el pecho, y bajo la tela de la camisa noté su latido, tan loco como el mío.

—Nunca he querido nada con tanta fuerza —dije—.

No sé por qué. No lo entiendo. Mi hermano está desaparecido, mi vida se ha derrumbado, apenas le conozco y es probable que me meta en un lío del que no salga.

Pero estoy cansada de ser sensata, Lucian.

Toda mi vida he hecho lo correcto. Esta noche quiero hacer lo que deseo.

—Cordelia…

—Si me dice que no, lo aceptaré. Pero dígamelo mirándome a los ojos.

Me miró. Un segundo, dos. Vi cómo el hombre que tenía delante cerraba los ojos con una expresión de dolor, y los abría de nuevo, y supe antes de que hablara lo que iba a decir.

—No puedo —susurró—. Dios me perdone, no puedo.

Me tomó la cara entre las manos y me besó.

No fue como el beso de la noche anterior.

Aquel había sido un ensayo, una pregunta.

Este era una respuesta. Su boca se abatió sobre la mía con una hambre que me arrancó un gemido, su lengua entró entre mis labios con una profundidad que me hizo temblar de pies a cabeza, y yo me aferré a su camisa para no caerme.

Me rodeó la cintura con los brazos y me levantó del suelo.

Mis pies se despegaron. Me llevó así, besándome, contra la pared, y su cuerpo se apretó al mío de una manera que ya reconocía y que ahora no me avergonzaba.

Lo sentí duro, enorme, contra mi vientre. Me estremecí.

—Dime que pare —murmuró contra mi cuello, mientras me mordisqueaba la piel—. Dímelo, Cordelia, porque si no, no voy a poder.

—No pares.

—Mírame.

—No pares, Lucian.

Me cargó en brazos. Subió las escaleras conmigo sin dejar de besarme, tropezó con un peldaño, soltó una carcajada ahogada en mi boca, abrió una puerta de una patada y entramos en su dormitorio.

Había una lámpara encendida junto a la cama, una cama enorme de columnas talladas, con un cobertor de terciopelo verde oscuro.

Me depositó sobre ella con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus manos.

Se quedó de pie a los pies de la cama, mirándome.

Respiraba con dificultad. Se desabrochó la camisa con dedos torpes, botón a botón, y se la quitó por la cabeza.

Su torso quedó a la luz de la lámpara, ancho, moreno, cubierto de un vello oscuro que descendía en una línea estrecha hacia el cinturón.

Las cicatrices blancas le cruzaban las costillas y el hombro.

El vendaje del brazo contrastaba con la piel bronceada.

Era la cosa más hermosa que había visto en mi vida.

—¿Estás asustada? —preguntó.

—Un poco.

—Podemos parar cuando quieras.

—No quiero parar.

—Dímelo en cualquier momento.

—Te lo diré. —Me incorporé sobre las rodillas, sobre la colcha, y le tendí las manos—. Ven.

Vino. Se arrodilló en la cama frente a mí y sus manos me enmarcaron la cara, me recorrieron el cuello, bajaron por mis hombros.

Los dedos encontraron los botones del vestido de Marian en la espalda y fueron desabrochándolos uno a uno con una lentitud que me hizo gemir.

Cada botón abierto era un trozo de piel al aire.

Cuando la lana gris cayó hasta mi cintura, quedé en camisola, una prenda de lino blanco tan fina que se transparentaba, y noté su mirada recorrerme y detenerse, y se me endurecieron los pezones bajo la tela.

—Eres preciosa —susurró—. No sé cómo explicarte lo preciosa que eres.

Me besó el hombro. La clavícula. El hueco del cuello, donde el pulso me latía como un pájaro.

Sus labios bajaron por la curva de mi pecho sobre el lino y cuando su boca se cerró sobre mi pezón, a través de la tela, solté un grito.

Sentí el calor húmedo de su lengua, la presión de sus dientes, y una corriente que descendía como un hilo de fuego desde ese punto hasta el centro de mi cuerpo, hasta un lugar secreto entre mis muslos que empezó a palpitar.

Me arqueé hacia él. Le hundí los dedos en el pelo.

—Lucian —gemí—. Lucian, por favor.

—Despacio. Tenemos toda la noche.

Me quitó la camisola. La levantó por encima de mi cabeza y quedé desnuda de cintura para arriba bajo su mirada, y quise cubrirme con las manos, pero él me las sujetó con suavidad por las muñecas y las apartó.

—No —dijo—. Déjame verte.

Me miró durante un largo momento, con la respiración entrecortada.

Después inclinó la cabeza y su boca se cerró sobre mi pecho, esta vez sin telas de por medio, y el placer fue tan agudo, tan inesperado, que me flaquearon los brazos y caí de espaldas sobre el cobertor con un gemido.

Él me siguió. Se tumbó a mi lado, medio encima de mí, y su boca fue de un pecho al otro, lamiendo, chupando, mordisqueando con suavidad, mientras su mano grande y áspera bajaba por mi vientre y se detenía en el borde de mi falda.

—¿Puedo?

—Sí.

—Dímelo otra vez.

—Sí. Sí, Lucian.

Desató las cintas de la falda y la deslizó por mis caderas, junto con las enaguas y las medias, besando cada palmo de piel que dejaba libre.

Las rodillas, vendadas. Los muslos. La cara interna, donde la piel era tan sensible que me hizo retorcerme.

Llegó al último velo, el calzón de lino, y lo apartó con los dedos.

Entonces estuve completamente desnuda ante él, con las piernas apretadas, el rubor subiéndome desde el pecho hasta la raíz del pelo.

—Ábrelas —pidió con voz suave.

—No puedo.

—Sí puedes. Confía en mí.

Cerré los ojos. Sentí sus manos en mis rodillas, su pulgar acariciando la piel, y poco a poco las separé. Oí cómo contenía el aliento. Después noté su boca, ahí, sobre la parte más íntima de mi cuerpo, y un relámpago me atravesó de arriba abajo.

Grité. No pude evitarlo. Se me arqueó la espalda, se me cerraron los puños sobre la colcha y mis caderas se alzaron solas hacia aquella boca ardiente, hacia aquella lengua que me lamía con una lentitud implacable, trazando círculos, buscando un punto que yo ni siquiera sabía que existía, y que al encontrarlo me hizo gemir su nombre una y otra vez, sin vergüenza, sin control.

Sus manos me sujetaban las caderas. Sus dedos me abrieron, y uno de ellos, grueso, cálido, resbaló dentro de mí con una lentitud que me hizo jadear.

Una presión extraña, una plenitud nueva.

Lo movió dentro y fuera, despacio, y su lengua no cesó, y algo se fue tensando en mi vientre como una cuerda, cada vez más fuerte, cada vez más alta, hasta que no pude respirar.

—Lucian… Dios… ¡Lucian!

—Déjate ir, amor mío. Déjate ir.