Capítulo 4
No dormí. Me tumbé en una cama que no era la mía, bajo una colcha de damasco azul que olía a lavanda y a cerrado, y me quedé mirando el dosel hasta que los ruiseñores empezaron a cantar en los árboles del jardín y una franja gris asomó por el borde de las cortinas.
Me toqué los labios con las yemas de los dedos.
Estaban hinchados. Se me aceleró el pulso solo de pensar por qué.
Me había besado. Lucian Harcourt, conde de Stanmore, espía de la Corona, el hombre que había entrado por la ventana de mi casa, me había besado en su dormitorio con el pecho desnudo y la sangre aún fresca en el brazo, y yo le había devuelto el beso con tanta voracidad que le mordí el labio.
Mordí a un conde. Dos veces en una noche, contando la mano.
Debería haber estado horrorizada. Mi madre me había advertido de cómo acaban las jóvenes que se dejan besar por caballeros sin escrúpulos: arruinadas, abandonadas, exiliadas a una casita de campo en Cornualles con una dama de compañía de mirada severa.
Pero yo no estaba horrorizada. Estaba hambrienta.
Se me había abierto por dentro una grieta, una grieta larga y honda por donde se colaba una luz que no conocía, y por mucho que me retorciera en la cama y me dijera que era una locura, la grieta no se cerraba.
Pasé las horas siguientes caminando por la habitación.
Me asomé a la ventana, que daba a un jardín con un prado, un estanque y un bosquecillo de álamos que bajaba hacia el río.
Leí tres páginas de un tomo de sermones que había en la mesilla sin enterarme de una palabra.
Lloré un poco, por Hugo, en silencio, con la cara hundida en la almohada.
Y a media mañana la señora Oakley me trajo una bandeja con tostadas, mermelada de grosella y una nota que había llegado de Londres, cerrada con un sello que no reconocí.
La nota era de Lucian. Una línea de letra recta y apretada: «He enviado aviso a su padre por un conducto de absoluta confianza. Sabe que está a salvo y que debe guardar silencio. Su madre cree que está en casa de una tía en Bath. No hay escándalo. Nadie la busca. L.»
Me quedé un rato con el papel en la mano. Era la mejor noticia que podía recibir y me sentí, extrañamente, un poco decepcionada. Nadie me buscaba. En mi propia casa, ni siquiera habían notado que había desaparecido.
Tilly, la doncella, entró un poco después con una jarra de agua caliente y la boca llena de preguntas que no se atrevía a formular.
Era una muchacha rolliza, de mejillas coloradas y trenzas rubias recogidas bajo la cofia, que se movía por el cuarto con una energía de ardilla.
Me ayudó a vestirme, me peinó con una cinta azul y mientras tanto no dejó de hablar.
—El señor conde nunca trae a nadie, señorita.
Nunca. Ni amigos, ni parientes, ni una mala visita.
La señora Oakley dice que es porque tiene el corazón en una caja, aunque yo no sé qué quiere decir con eso.
Pero estaba en el vestíbulo anoche y vi cómo la miraba cuando subía por la escalera, y le aseguro que no tenía el corazón en ninguna caja.
—Tilly —dije, con las mejillas ardiendo—. Estoy aquí por motivos de seguridad.
—Claro, señorita.
—Es un asunto de Estado.
—Por supuesto, señorita. —Me ajustó el lazo del cuello con un tirón decidido—. Pero si me permite decirlo, los asuntos de Estado nunca le habían puesto al señor esa cara.
No encontré respuesta. Me miré en el espejo del tocador. La muchacha que me devolvía la mirada tenía ojeras, el pelo recogido con una cinta prestada y un vestido que no era suyo, y los ojos, por razones que no pensaba examinar, le brillaban como si hubiera bebido champán.
Salí por fin de la habitación a primera hora de la tarde y recorrí Stanmore Lodge sin rumbo, con el vestido gris de la señorita Marian, que me quedaba pequeño.
Era una casa acogedora, de techos bajos, con muebles de roble oscuro y ventanales abiertos sobre el jardín, y en cada rincón se notaba la mano de alguien que la quería.
Había libros apilados en todas partes. En la biblioteca encontré una chimenea enorme, un globo terráqueo con una abolladura y, sobre una mesa, un tablero de ajedrez con una partida a medias. Moví un alfil sin pensarlo.
—Eso es una trampa.
Me di la vuelta. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con una camisa blanca de cuello abierto, sin corbata, sin chaqueta, con el brazo vendado bajo la manga arremangada.
Se había afeitado. Sin la sombra de la barba parecía todavía más joven, y la cicatriz de la ceja se le veía más blanca, más fina, como una línea de tiza.
—¿Por qué? —pregunté. Intenté que la voz me saliera firme—. Es un buen movimiento.
—Es un movimiento mío. Estoy jugando contra mi hermana por carta. Tarda dos meses en responder cada jugada.
—Pues mi alfil se queda donde está.
—Lady Cordelia.
—Si me llamó Cordelia anoche, puede seguir haciéndolo hoy. —Me ardieron las orejas—. Es lo menos que podemos hacer.
Algo se movió en su cara. Una sombra de sonrisa.
—Cordelia —repitió. Cruzó el cuarto. Se detuvo junto al tablero y miró la partida con un interés que no sentía—. ¿Ha dormido?
—No.
—Yo tampoco.
—Eso se nota en usted.
—Es usted muy amable.
—No quería serlo.
Se rio. Fue una risa breve y baja, y a mí se me encogió el estómago.
Antes de la cena me llevó al jardín. Fue idea suya.
Dijo que yo tenía ojeras hasta la barbilla y que un paseo me sentaría mejor que otra hora dando vueltas por la casa.
Salimos por la puerta de la cocina, bajo una parra, y cruzamos un prado donde las ovejas del vecino pastaban sin hacernos el menor caso.
El aire era fresco y húmedo. Las hojas de los álamos temblaban con un rumor suave, y de pronto, entre los troncos, vi el río, ancho y lento, de un verde sucio, con una barcaza que descendía arrastrada por dos caballos de tiro.
Lucian caminaba a mi lado con las manos a la espalda. Hablábamos poco. Cada vez que el sendero se estrechaba, su brazo rozaba el mío, y yo fingía que no me daba cuenta, y él fingía que no me veía fingir.
—Hay algo que quiero enseñarle —dijo al fin—. Si está dispuesta.
—¿El qué?
Se detuvo junto a un viejo tocón de roble. Sacó de su chaqueta una pistola pequeña, de cañón corto y culata de nogal, y me la tendió con la culata hacia delante.
—Esta es suya mientras esté en mi casa. Pero no sirve de nada si no sabe cargarla.
—Ya lo sé. Pólvora, bala, pedernal.
—Lo sabe como yo sé tocar el arpa. —Una sonrisa le torció la boca—. Venga. Siéntese en el tocón. Se lo voy a enseñar de verdad.
Me sentó a su lado. Sacó de un bolsito de cuero un cuerno de pólvora, una bolsita de balas y un trozo de tela engrasada, y me fue explicando paso a paso, con paciencia, con una voz grave y pausada que me erizaba la piel.
Cómo se arma el gatillo a medio recorrido para que no salte.
Cómo se vierte la carga en el cañón, ni más ni menos de la medida.
Cómo se envuelve la bala en el parche y se hunde con la baqueta.
Cómo se pone en la cazoleta un poco de pólvora fina, solo un pellizco, antes de bajar el rastrillo.
Yo le seguía con los dedos torpes y él, de vez en cuando, ponía su mano sobre la mía para corregirme el ángulo.
Cada vez que me tocaba, un hormigueo me subía por el brazo hasta la nuca.
—Ahora apunte a aquel tronco —ordenó.
Apunté. Cerré un ojo. Apreté.
El estampido me retumbó en los oídos y el retroceso me lanzó el brazo hacia atrás. Una nube de humo gris me envolvió. Cuando se disipó, el tronco seguía intacto y un cuervo que dormía en una rama salía despavorido entre graznidos.
—Le he dado al cuervo —dije, horrorizada.
—No le ha dado. Se ha asustado. —Reía. Reía de verdad, con la cabeza echada hacia atrás—. Pero no está mal para un primer disparo. Ha cebado bien. Ha disparado. Y no se ha caído del tocón.
—Soy competente.
—Es usted peligrosísima.
Me quedé mirándole, con la pistola humeante en la mano y el corazón saltándome en el pecho. Él dejó de reír. Su mirada bajó a mi boca, y volvió a subir, y el aire entre los dos se volvió denso e inmóvil, y fue ahí, justo ahí, cuando supe lo que iba a pasar aquella noche.
Pero entonces aparecieron las ovejas, que habían decidido investigar el estampido, y Lucian tuvo que levantarse a espantarlas, y yo me quedé en el tocón, con las mejillas ardiendo, sin saber si agradecérselo o maldecirlas.
Cenamos juntos en un comedor pequeño, con ventanas a poniente, y una mesa redonda para seis comensales donde nos sentamos uno frente al otro.
La señora Oakley nos trajo sopa de puerros, un pollo asado con patatas y una tarta de manzana que me hizo cerrar los ojos de placer.
Lucian sirvió vino tinto en dos copas de cristal tallado, y a medida que la cena avanzaba y las velas bajaban de altura empecé a hablar sin darme cuenta, como no había hablado en años.
Le conté cómo era mi casa. Cómo mi hermana mayor, Philippa, había sido presentada en sociedad con diecisiete años y casada con un vizconde de sesenta y cuatro a los diecinueve, y cómo yo, a los dieciocho, me negué a que me presentaran en ninguna parte.
Cómo había rechazado a tres pretendientes: un barón con fama de beber, un coronel con una nariz como un pico de loro y un poeta de tercera fila que me había dedicado un soneto en el que rimaba «Cordelia» con «melancolía» y «filatelia».
Lucian estuvo a punto de atragantarse con el vino.
—Esa palabra no existía en tiempos de los sonetos.
—Se la inventó él.
—Me lo creo.
—Le dije que era muy bueno. Que me había emocionado hasta las lágrimas. Y que por lo mismo no podía casarme con él, porque tendría que oírle recitar durante cuarenta años, y yo soy débil de corazón.
—¡Y se lo creyó!
—Se ofendió muchísimo. Mandó a mi padre una carta de tres páginas y no volvió a pisar nuestra casa.