Capítulo 3 #3
Bajé la vista. Era cierto. Detuve la pierna con la palma de la mano, y ella soltó una carcajada breve, cristalina, que le iluminó la cara entera.
Era una risa limpia, sin afectación, la risa de una muchacha que ha pasado demasiado tiempo conteniéndola.
Me di cuenta de que hacía rato que había dejado de mirarle las manos o la boca para mirarle solo los ojos, y de que estaba más cerca de lo que aconsejaba cualquier regla de prudencia.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué manías tengo yo, que usted tendría que conocer?
—Se muerde la lengua cuando concentra la atención. Se le arruga la nariz cuando miente. Habla sola, en voz baja, cuando cree que nadie la oye, y no sabe que lo hace.
—No hablo sola.
—Lo hizo anoche, junto al escritorio, mientras yo hablaba. Susurraba «concéntrate, Cordelia, concéntrate».
Se quedó helada. Luego enrojeció de la raíz del pelo a la base del cuello, y yo, que había aprendido a leer los silencios de cien hombres sospechosos, pensé que jamás había descifrado nada tan rápido ni con tanto placer.
—Es usted un hombre horrible —dijo.
—Soy un hombre observador.
—Es lo mismo.
—Si finge ser mi esposa —dije, cuando recobré la voz—, tendrá que comportarse como tal. Delante de otros, quiero decir. Tendrá que mirarme como si me quisiera. Tocarme sin sobresaltos. Dejarse tocar.
—Sé fingir.
—No lo creo.
—¿Perdone?
—Hace un rato, en el despacho de su padre, le temblaban las manos y se le subían los colores cada vez que me acercaba. Si un tabernero repara en eso, se dará cuenta de que no está acostumbrada a mí.
Se quedó muy rígida.
—No me temblaban.
—Le temblaban.
—Eso fue por el miedo.
—Algo de miedo había —admití—. Pero no todo.
El silencio que siguió fue de otra clase. Ella me sostuvo la mirada. Pude oír mi propio pulso, el viento contra los cristales, el crepitar de la vela. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Estaba tan cerca que veía la pequeña vena azul que le latía en la base del cuello.
—Entonces ensáyelo conmigo —susurró—. Si cree que no sé hacerlo, enséñeme.
—Cordelia.
—Es el nombre que tengo.
—Esto no es sensato.
—Nada de lo que ha pasado esta noche lo ha sido.
Hubo un instante en el que habría podido retroceder.
Lo sé, porque lo vi, como se ve la última salida de un camino antes de un precipicio.
Retroceder, pedirle que se retirara, cerrar la puerta y pasar el resto de la noche paseando por el jardín hasta el amanecer. Era lo que debía hacer un caballero.
No lo hice.
Le puse una mano en la nuca, bajo la trenza húmeda, y con la otra le alcé la barbilla. Sus labios se entreabrieron. Los ojos se le cerraron a medias. Y sin una palabra más bajé la cabeza y la besé.
Fue un beso lento al principio. Casi cauto.
Una caricia, un roce, apenas la presión de mi boca sobre la suya, y ella se quedó quieta, con las manos colgando a los costados, sin saber qué hacer.
Luego exhaló, un soplo tembloroso que me llenó la boca, y sus labios se movieron contra los míos con una torpeza tan dulce que sentí una punzada en el pecho.
Era virgen en esto. Completamente virgen. Nadie la había besado nunca.
Me retiré apenas, rozando su boca.
—Abre un poco —murmuré—. Así.
Obedeció. Mi lengua tocó la suya, y ella dio un respingo, un sonido pequeño y sorprendido le salió de la garganta.
Y entonces sus manos, que hasta ese momento no habían sabido dónde posarse, se alzaron de golpe y se aferraron a mis hombros desnudos, y sus uñas se me clavaron en la piel.
Me besó con una furia ciega, inexperta, devastadora.
Me mordió el labio. Gemí. La atraje contra mí con el brazo sano, con tanta fuerza que le arranqué un jadeo, y sentí cada curva de su cuerpo contra mi pecho, los pechos aplastados contra mis costillas, el vientre contra el mío, su boca húmeda y temblorosa.
Su corazón latía contra mis costillas. Mi sangre rugía en mis oídos.
Yo estaba duro como una espada, desesperado, perdido, y ella lo sabía y no se apartaba.
Fue ella la que se separó primero. Se echó hacia atrás con los labios hinchados y húmedos, los ojos muy abiertos, la respiración rota. Se llevó los dedos a la boca. Parecía aturdida.
—Así —dijo, con un hilo de voz—. Se hace así.
—Más o menos —logré responder.
—¿Es siempre… es siempre tan…?
—No —dije—. No siempre.
Se miró las manos, sorprendida, como si pertenecieran a otra persona. Y yo me quedé allí, con los puños cerrados para no volver a tocarla, con la camisa tirada en el suelo y el corazón partido en dos mitades que apuntaban en direcciones contrarias.
—Será mejor que se retire —conseguí decir—. La señora Oakley le ha preparado una habitación al final del pasillo.
—Sí. —Se alisó la falda con las dos manos, con un cuidado excesivo—. Sí, claro.
—Mañana hablaremos del plan.
—Mañana.
Llegó a la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte, sin volverse.
—Lucian.
—¿Sí?
—Yo no he fingido nada.
Salió. La puerta se cerró con un clic suave. Yo me quedé de pie en mitad de la habitación, escuchando cómo se alejaban sus pasos por el corredor, y supe, con una certeza que me resultó casi risible, que acababa de cometer el error más grande de mi vida.