Capítulo 3 #2
—He golpeado a un hombre con un atizador.
Podría haberlo matado. Y ahora mi hermano está desaparecido, y mi casa ya no es mi casa, y estoy en una habitación de hombre sin más compañía que la suya, con el vestido de una desconocida, a las cuatro de la madrugada.
—Respiró hondo—. Le agradecería que dejara de preguntarme si estoy bien, porque no lo estoy.
Me levanté. Era casi una cabeza más alto que ella, y tuve que bajar la vista para mirarla.
—Está haciendo lo que tiene que hacer. No hay mérito mayor que ese. Y no ha matado a nadie. Cuando salimos, su hombre respiraba.
—No lo sé.
—Yo sí. Lo vi.
Pasó un instante. Fue largo. En ese instante vi cómo se le humedecían por fin los ojos, vi cómo ella, furiosa, parpadeaba para ahuyentar las lágrimas, y sentí el impulso, claro y absurdo, de tomarle la cara entre las manos. No lo hice. Cerré los puños a los costados.
—Dígame quién es usted —dijo ella, con la voz baja—. De verdad. No lo que me ha dicho en la carroza. Si es para ayudar a mi hermano, necesito saberlo.
Y entonces se lo conté.
Fui al escritorio, abrí el cajón secreto con la llave que llevaba en la cadena del reloj y saqué un pliego doblado con el sello de lacre rojo del Ministerio del Interior.
Se lo tendí. Ella lo leyó despacio, con los labios apretados, y vi cómo se le iba agrandando la mirada.
«A todos los alguaciles, magistrados y agentes de Su Majestad: el portador de la presente, Lucian Harcourt, conde de Stanmore, actúa por orden mía en asuntos de seguridad de la Corona, y se le prestará toda asistencia que solicite. Sidmouth».
—¿Es usted un espía?
—Un funcionario con mala memoria para los horarios.
—¿Un espía.
—Digamos que sirvo a la Corona en tareas que no se anuncian en los periódicos.
—Tomé el papel de sus dedos y lo devolví al cajón—.
Hace cuatro meses empezaron a circular por Londres billetes falsos del Banco de Inglaterra.
Excelentes. Perfectos. Tanto que los propios cajeros del Banco han aceptado cientos antes de darse cuenta.
Quien los fabrica tiene una imprenta, un grabador de primera y una red de distribuidores en los muelles y en las tabernas.
El hombre de Clerkenwell era su impresor.
Lo mataron hace diez días, cuando quiso hablar.
—¿Y mi hermano?
—Su hermano visitó esa imprenta tres veces en el último mes. Hay un recibo con su firma. Y desde hace quince días no aparece.
—Mi hermano no es un falsificador.
—No digo que lo sea.
—Es un inútil. Es un jugador, un bebedor, un tonto sin remedio, pero mi hermano no sería capaz de…
—Lady Cordelia. —Me incliné hacia ella—.
Yo creo que su hermano ha descubierto algo y que ahora huye.
Creo que le ha dejado una pista a usted porque es la única persona de su casa en la que confía.
Y creo que esa carta que lleva en el bolsillo de la bata, la que se ha guardado en el corpiño del vestido de mi hermana hace un momento y que cree que no he visto, nos lleva a él.
Se quedó petrificada. Después, despacio, se llevó una mano al pecho. La dejó allí. Me miró con las mejillas encendidas y los ojos echando chispas.
—No es usted nada discreto.
—Soy un hombre que ha pasado cuatro años aprendiendo a observar. Dámela.
El tuteo se me escapó sin querer. Ella frunció el ceño.
—Primero deme usted algo a cambio.
—¿Qué quiere?
—Su palabra. Que si Hugo es inocente, usted lo protegerá. Que no le entregará a ningún alguacil, ni a ningún tribunal, hasta que yo sepa la verdad.
—Eso no puedo prometerlo.
—Entonces no le doy la carta.
—Lady Cordelia…
—Lo único que me ha enseñado esta noche es que no puedo fiarme de nadie. —Metió la mano en el corpiño y sacó un papel doblado en cuatro, arrugado, con las marcas del sudor. Lo apretó contra el pecho—. Prométamelo. Si es culpable, lo entregaré yo misma. Pero si no, quiero que lo saque de esto.
La miré. Era una locura. Una muchacha en camisón prestado que me exigía condiciones en mi propia casa, a las cuatro de la madrugada, con una carta en el pecho que valía más que su vida.
Debería haberle quitado el papel de las manos, encerrarla en una habitación y partir hacia Greenwich o adonde fuera sin ella.
Cualquier agente sensato lo habría hecho.
—Se lo prometo —dije—. Si es inocente, lo sacaré de esto aunque tenga que arrastrarlo yo mismo.
Hubo una pausa. Ella asintió, muy despacio. Y me tendió la carta.
Estaba escrita con prisa, con letra inclinada y sucia, con una mancha de tinta en la esquina inferior. La leí de pie, a la luz de la vela.
«Cordie: Si lees esto, es que ha salido mal.
No confíes en nadie, ni en papá, ni en mamá, ni en ningún amigo mío.
En el costurero tuyo, el de nácar, en el forro de seda de la tapa, hay una llave pequeña.
Guárdala. Que no la vea nadie. El jueves, al caer la noche, estaré en la taberna del Ship, en Greenwich, en el reservado del fondo.
Ven sola, con la llave. Si no aparezco antes de medianoche, no me esperes.
Quema esta carta. Perdóname por todo. Tu hermano que te quiere, H. »
—¿La llave? —pregunté, alzando la vista.
—La tiene mi costurero —respondió ella en voz baja—. En mi cuarto.
—¿En Brook Street?
—Sí.
—¿La ha cogido usted?
—No. La carta llegó anteayer, dentro de una caja de bombones que me trajo un mozo de la confitería de Gunter.
No me dio tiempo de buscar. Esta noche… esta noche me desperté y oí ruidos abajo, y pensé que era él, que Hugo había vuelto, que…
—Se pasó el dorso de la mano por los ojos—. Cogí la pistola y bajé.
—Y se encontró conmigo.
—Y me encontré con usted.
Me quedé un instante mirando el papel. Pensé en el carruaje negro, en los tres jinetes, en los hombres de Brook Street, y supe que la llave seguía donde la había dejado Hugo, en un forro de seda, en un cuarto vigilado.
Y que si esos hombres sabían que existía la llave, esa noche misma la habrían encontrado.
—Hay un problema —dije.
—Lo sé.
—Es la única que sabe dónde está.
—Lo sé.
—Y no voy a dejarla volver a esa casa.
—No tengo intención de pedirle permiso. —Se cruzó de brazos. Los ojos le brillaban—. Pero tampoco voy a dejar que vaya usted solo. No sabe cómo es mi cuarto, ni cuántas escaleras hay, ni qué doncella duerme en el pasillo, ni si el costurero sigue en su sitio. Y si hay que ir al Ship el jueves…
—Hoy es lunes.
—Entonces tenemos tres días.
—Lady Cordelia, no la llevaré a Greenwich. Es una taberna de marineros. Esos hombres la reconocerán en cuanto…
—No me reconocerán si no me ven como lady Cordelia Fenwick.
—¿Qué sugiere?
Dudó. Me miró de arriba abajo, sin camisa, con el vendaje en el brazo y la cicatriz de las costillas, y sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—Una pareja —dijo al fin, muy bajo—. Un matrimonio. Nadie busca a una dama soltera en brazos de su esposo. Podría ser una joven esposa de provincias, venida de visita. Usted sería un caballero algo mayor que… que ha traído a su mujer a conocer el río. Nadie se fija en una pareja de recién casados.
—Está proponiendo que finjamos estar casados.
—Estoy proponiendo que lo parezcamos.
—Ha pensado muy rápido.
—He leído muchas novelas.
No pude evitar reírme. Fue una carcajada breve, ronca, que me sorprendió a mí tanto como a ella.
Hacía meses que no me reía así. Ella me miró desconcertada, sin saber si ofenderse, y después, a mi pesar, se le dibujó en la comisura de la boca una sonrisa tímida y torcida, apenas un esbozo. Se me paró el corazón.
Dios mío, pensé. Estoy perdido.
—Necesitaremos nombres —dije, recobrando el tono práctico a duras penas—. Y una historia que no se contradiga.
—Señor y señora Aldridge —respondió ella al instante.
—¿Por qué Aldridge?
—Es el apellido de la institutriz que se despidió llorando. Me lo sé de memoria, no tendré que acordarme de otro. Y usted es… —Se mordió el labio, pensativa—. Comerciante de lanas. De Shropshire. Hemos venido a Londres por negocios.
—No tengo aspecto de comerciante de lanas.
—Tiene pinta de contrabandista. Es un problema. —Se puso a andar de un lado a otro de la habitación, con los pies descalzos sobre la alfombra y el vestido de Marian arrastrando—. Tendrá que ser un comerciante de lanas con aire de pasado turbio. Hay muchos. Sobre todo en Shropshire.
—¿Cuánto tiempo llevamos casados?
—Tres meses. Es un periodo prudente. Lo bastante corto para que nos miremos con ojos de tonto y lo bastante largo para que yo conozca sus manías.
—No tengo manías.
—Todos tienen manías. —Me señaló con un dedo—. Usted deja la taza de té sobre los papeles. Lo he visto en el despacho, ayer. Quiero decir, anoche. Y mueve la rodilla izquierda cuando está nervioso.
—No estoy nervioso.
—Se le mueve la rodilla ahora mismo.