Capítulo 3
La señora Oakley llevaba veintitrés años en Stanmore Lodge y había visto de todo: a mi padre volver borracho de las carreras de Ascot, a mi hermana Marian intentar escaparse por el tejado a los quince años, a mí mismo regresar de España con una fiebre que casi me mata.
Jamás había visto, sin embargo, lo que vio aquella noche en el vestíbulo, y su cara lo dijo todo antes de que abriera la boca.
Se había echado un chal sobre el camisón, con el gorro de dormir torcido sobre una cabeza de rizos grises, y sostenía un candelabro con la mano temblorosa.
Me miró a mí, que llevaba la manga ensangrentada y una expresión que no me atreví a examinar.
Después miró a la joven que tenía al lado, envuelta en mi chaqueta hasta los tobillos, descalza, con las rodillas arañadas, el pelo revuelto y una bata azul rota que arrastraba por el suelo como una cola.
—Milord —dijo, con voz de funeral.
—Señora Oakley.
—Hace tres semanas que no sé de usted. Aparece a las tres de la mañana. Con una… —Hizo un esfuerzo visible por encontrar el sustantivo—. Con una señorita.
—Lady Cordelia Fenwick, hija del marqués de Linthwaite. —Hice una breve inclinación de cabeza en su dirección—. Lady Cordelia, la señora Oakley, que gobierna esta casa con mano de hierro y a quien me atrevo a pedir un gran favor.
—No me diga que es lo que pienso, milord.
—No es lo que piensa.
—Porque yo le conocí a usted de rodillas, señor, y me alegraría saber que ha sentado la cabeza, pero no de esta manera, no con una joven de buena familia y a estas horas…
—Señora Oakley.
Callé cuando ella calló. Y lo que ocurrió entonces fue lo más extraño de la noche. Lady Cordelia dio un paso adelante, con la barbilla alta y los pies desnudos, y habló con una dignidad que me dejó mudo.
—Señora Oakley, le ruego que perdone la hora y el aspecto. Hemos sufrido un ataque. Ese caballero me ha salvado la vida. Le debo más de lo que sé explicar y le agradecería muchísimo, si no es mucha molestia, un baño caliente y algo que ponerme.
La señora Oakley se quedó boquiabierta. Luego, despacio, bajó el candelabro. Examinó a la muchacha de arriba abajo con una mirada larga, evaluadora, y su rostro se ablandó como mantequilla al sol.
—Pobre criatura —dijo—. Está helada. Tilly, Tilly, ¡muchacha! Baja de ahí y caldea agua. Y trae las toallas grandes, las de lino. Y el chocolate. Venga, hija, venga conmigo, que aquí hay ropa de la señorita Marian en el baúl del desván, y aunque sea pasada de moda, es limpia y abrigada…
Me quedé en medio del vestíbulo con las manos en las caderas mientras se llevaban a lady Cordelia escaleras arriba entre una avalancha de exclamaciones.
A mitad del tramo ella se detuvo y me miró por encima del hombro.
Fue una mirada breve y desconcertada, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, y luego siguió subiendo con la chaqueta arrastrando por los peldaños.
Pike apareció por la puerta de la calle, con la gorra en las manos.
—Los he perdido en Kew, señor. Eran tres a caballo, no uno. Creo que se han dividido para cubrir los caminos.
—¿Han visto el rostro de la dama?
—Imposible, señor. Iba usted a toda velocidad y el coche tiene las cortinillas.
—Bien. Que no salga nadie de aquí sin que yo lo sepa. Pon a los mozos de cuadra de guardia en las puertas del jardín, y dile a Hobbs que me tenga un caballo ensillado en el establo.
—Sí, señor. —Pike vaciló, rascándose la nuca—. Señor, ¿puedo decir una cosa?
—Dila.
—Es muy guapa.
—Ya lo he visto.
—Y tiene agallas, señor. Se ha quedado en pie en el coche sin soltar un grito.
Lo miré. Por una vez, en veinte años de servicio, el viejo cochero no sonreía.
—Pike.
—Digo lo que veo, señor.
—Ve a ocuparte de los caballos.
Se fue refunfuñando. Yo me quedé un momento en el vestíbulo, escuchando los ruidos de la casa que se despertaba a medias: el repiqueteo de los cubos de agua en la escalera de servicio, las voces apagadas de Tilly y la señora Oakley, el crujido de una puerta en el piso de arriba.
Mi casa. Hacía mucho tiempo que no sonaba así.
Desde que murió mi padre y Marian se casó y se fue al norte, Stanmore Lodge había sido una concha vacía en la que yo dormía dos o tres noches al mes, entre misión y misión, sin más compañía que Pike, la señora Oakley y los fantasmas de un invierno en las montañas de Galicia que no me abandonaban.
Pensé en la muchacha que subía las escaleras envuelta en mi chaqueta.
Pensé en sus ojos grises. Pensé en el golpe del atizador sobre el cráneo del grueso, en cómo había aguantado después con la espalda recta, sin una lágrima.
Y pensé en mi propia estupidez, porque había entrado en aquel despacho a buscar una pista y había salido con un problema del tamaño de una catedral.
Penrose me esperaba en Londres. Le escribí una nota en el escritorio del vestíbulo con una pluma que goteaba tinta: «Lady Cordelia Fenwick está en mi casa, a salvo.
Avise al marqués con la mayor discreción.
Que su esposa crea que la muchacha está en Bath.
Que nadie hable. Los hombres de Clerkenwell han entrado en Brook Street esta noche.
Necesito cuanto antes la lista de los muelles de Greenwich.
S.» Sellé el papel con lacre sin escudo y se lo entregué al mozo de cuadra más rápido que tenía, con orden de cabalgar hasta Whitehall y no detenerse por nada.
Después subí a mi cuarto, y fue entonces cuando me quité la camisa.
Descubrí que el tajo del antebrazo era más profundo de lo que había querido creer.
Un corte limpio, de cuatro pulgadas, que había empapado el pañuelo y goteaba sobre la alfombra.
Lo lavé con aguardiente en el lavamanos, murmurando todas las maldiciones que había aprendido en el ejército portugués, y estaba intentando vendármelo con una sola mano cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
No debí decirlo. Esperaba a Tilly o a la señora Oakley. La que entró fue ella.
Se había bañado. El pelo, aún húmedo, le caía por la espalda en una trenza gruesa que se desataba.
Llevaba un vestido de lana gris perla que le había pertenecido a Marian a los diecinueve años y que le quedaba a medias: el corpiño le apretaba el busto un poco más de lo que el diseñador había previsto, las mangas le dejaban al descubierto las muñecas, y el escote cuadrado, de una modestia absoluta cuando lo estrenó mi hermana, exhibía en ella una porción de piel blanca que me costó mirar.
Las rodillas, vendadas con dos tiras de lino, asomaban bajo el dobladillo.
Sostenía una bandeja con una jarra de agua, una botella de brandy y un rollo de gasa.
Se detuvo en el umbral. Me vio sin camisa. Me vio con el brazo sangrando, con la cicatriz de metralla bajo el hombro y la larga cicatriz blanca que me cruzaba las costillas, recuerdo de Waterloo, y se le puso la cara del color de una amapola.
—La señora Oakley —tartamudeó— dice que usted no se curaría solo.
—La señora Oakley es una mujer perspicaz.
—Me ha enviado… quiero decir, me he ofrecido… —Se detuvo, tomó aire y levantó la barbilla—. Siéntese.
—Lady Cordelia, no es necesario.
—Siéntese, milord. Mi madre me hizo ayudar al médico cuando mi hermano se cayó del caballo y se abrió la cabeza. Sé hacer vendas.
—No dudo de su competencia. Dudo de que sea apropiado.
—Después de lo de esta noche, creo que lo apropiado ya ha quedado bastante atrás. —Entró, dejó la bandeja en la cómoda y cruzó los brazos—. Siéntese. Por favor.
Me senté. En el borde de la cama, sin otra cosa que hacer. Ella se acercó con la botella, vertió el brandy sobre un trozo de gasa, y con una delicadeza sorprendente me tomó el antebrazo entre las dos manos. Sus dedos eran fríos y pequeños. Los sentí como un chasquido eléctrico.
—Va a escocer —avisó.
—Lo sé.
—No se mueva.
—No me muevo.
Me limpió la herida con una concentración feroz, con la lengua entre los dientes, el ceño fruncido, inclinada tan cerca que su pelo me rozaba el hombro.
Cada vez que el brandy mordía la carne, yo sentía el aliento suyo sobre mi piel, una brisa tibia y regular.
Tenía pestañas largas, muy oscuras comparadas con el pelo.
Una pequeña peca en la comisura del ojo derecho.
Y olía a jabón de lavanda, el que usaba la señora Oakley para la ropa blanca, y por debajo, a ella, a piel recién lavada.
Se me secó la garganta. Fijé la vista en la pared, en el grabado de una escena de caza que mi padre compró en una subasta. Conté los perros. Eran once.
—¿Es usted siempre así? —dije, para romper el silencio.
—¿Cómo?
—Tan resuelta. Tan… —busqué la palabra—. Competente.
—Soy la segunda hija de una casa donde se espera que la mayor sea decorativa y la menor, obediente. No hay más sitio. Me quedó la competencia. —Pasó la gasa limpia por el borde del corte y yo reprimí un siseo—. Y no hubo nada en mi educación que me hiciera prever que necesitaría coser a un conde.
—No lo estoy pidiendo.
—No, pero el corte es hondo y necesita puntos. La señora Oakley me ha dado una aguja. —Alzó la mirada, y sus ojos grises, llenos de una luz de determinación que me dejó sin aire, se clavaron en los míos—. Voy a hacerlo. No puede impedírmelo.
—Jamás se me ocurriría.
Lo hizo. Siete puntos, que apretó con una firmeza que me arrancó dos gruñidos y un juramento.
No dije una palabra más. Cuando terminó anudó el hilo, cortó el sobrante con los dientes, con un gesto tan natural como indecente, y se echó hacia atrás.
Tenía las manos manchadas de sangre. Las miró un momento.
Después, sin avisar, las tendió hacia el lavamanos y se las frotó con una fuerza que me hizo preguntarme qué estaba intentando quitarse.
—Lady Cordelia.
—Estoy bien.
—No estoy preguntando.
Se volvió. Tenía los ojos secos pero la boca temblorosa.