La dama de Brook Street Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Casi me mata usted mismo con ese golpe en el suelo.

—Es la manera más eficaz de evitar una bala.

—Es la manera más eficaz de evitar la respiración.

La comisura de su boca se movió. Fue lo más parecido a una sonrisa que le había visto hasta entonces, y yo, aún con el corazón en la garganta, me sorprendí devolviéndosela.

Recorrimos Knightsbridge a una velocidad de locos.

Oí cómo Pike azotaba a los caballos y cómo maldecía a un carretero que se interpuso, y el estruendo de algo, una carreta o un barril, que se estrelló contra nuestra rueda trasera.

Salimos de Londres por una carretera de tierra apisonada, entre setos oscuros y árboles que pasaban como bultos negros contra un cielo sin luna.

En algún momento dejé de oír los cascos del perseguidor.

Pasaron los minutos. Ninguno de los dos habló.

El carruaje redujo el paso y por fin se estabilizó en un trote parejo, y entonces comprendí que había estado conteniendo la respiración durante un cuarto de hora.

—Los hemos despistado —dijo él con voz rasposa.

—¿Está seguro?

—Pike conoce todos los caminos que hay entre el Támesis y Salisbury. Si él dice que los ha perdido, los ha perdido.

—Y ahora, ¿adónde me lleva?

—A un lugar donde nadie la buscará.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle por ahora. —Me observó un momento—. Está usted temblando.

—Es de frío —mentí.

Sin una palabra se quitó la chaqueta, procurando no rozar el brazo herido, y me la echó sobre los hombros. Pesaba. Olía a lana húmeda, a cuero, a humo de pólvora, a un hombre. Me envolví en ella, con las mangas colgando hasta las rodillas, y me odié por lo agradable que resultaba.

—Gracias —musité, sin mirarlo.

—No hay de qué.

—No le conozco. No sé cómo se llama.

—Lo sabrá cuando lleguemos.

—Si es usted un asesino, no ha sido muy listo al ayudarme a matar a un hombre en mi propia casa.

—Si fuera un asesino, milady, la pistola estaría cargada.

Me ardieron las orejas. Aparté la mirada hacia la ventanilla, y vi por primera vez, al otro lado, el reflejo de su cara en el cristal: tranquilo, de perfil, con una arruga de cansancio entre las cejas.

No me miraba. Observaba la oscuridad. Tenía la cabeza reclinada contra el respaldo, los párpados medio caídos, y por un instante me pareció increíblemente joven.

Quise odiarlo. Me había entrado en casa por la ventana, me había manoseado contra un escritorio, me había arrastrado de mi hogar en camisón y estaba secuestrándome, con toda probabilidad, rumbo a un lugar desconocido en mitad de la noche. Era un canalla. Lo había dicho él mismo.

Pero había interpuesto su brazo entre la hoja de un cuchillo y mi garganta, y yo no sabía cómo se odia a un hombre que hace eso.

Pensé en Hugo. No pude evitarlo. Pensé en él con diez años, cuando me subió a la rama más alta del roble de nuestra casa de campo en Hertfordshire y se olvidó de que yo no sabía bajar.

Estuve dos horas allí arriba, con las rodillas despellejadas y los dientes castañeteando, hasta que oscureció y vinieron los mozos con escaleras.

Mi padre le dio una paliza con el cinturón.

Hugo no soltó una lágrima. Esa noche, cuando todos dormían, entró de puntillas en mi cuarto con un trozo de tarta robada de la despensa y se sentó a los pies de mi cama.

«Perdóname, Cordie —me dijo—. Soy un desastre.

Pero te juro que nunca más te dejaré sola en un árbol. »

Me mordí el labio para no llorar delante de aquel desconocido.

Era un desastre, sí. Un desastre encantador.

Perdía a las cartas, despreciaba los negocios de mi padre, se reía de todo, y yo lo quería con una intensidad que me resultaba incómoda de admitir.

Si estaba metido en algo turbio, si había hecho algo imperdonable, necesitaba oírlo de su boca. Y si estaba muerto…

No terminé el pensamiento.

Lucian me miraba. No dijo nada. Se limitó a descorrer la cortinilla de la ventana y a observar la carretera oscura, y yo agradecí que no hubiera intentado consolarme con palabras vacías. Al cabo de un rato, sin volverse, murmuró:

—Lo encontraremos.

—No lo sabe.

—No. Pero lo voy a intentar con todas mis fuerzas.

Y lo dijo de tal modo que me lo creí.

Dormité. No lo recuerdo con claridad. Me despertó el cese del traqueteo, un silencio de campo, un grillo, el ruido de una verja que se abría y de grava bajo las ruedas.

Me incorporé con el cuello dolorido. Al otro lado de la ventanilla se alzaba una casa de ladrillo rojo, de dos plantas, con ventanales altos, techumbre de pizarra y una hiedra espesa trepando por la fachada.

Tenía todas las luces apagadas salvo una, en la planta baja, que brillaba como un ojo amarillo en mitad de la noche.

Detrás se adivinaba un jardín, un bosquecillo y la línea oscura de un río.

El carruaje se detuvo.

—Hemos llegado —dijo él, abriendo la portezuela—. Bienvenida a Stanmore Lodge, lady Cordelia. Soy Lucian Harcourt, conde de Stanmore. Y me temo que, a partir de esta noche, va usted a ser mi huésped.