La dama de Brook Street Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

El hombre murmuró algo que, a juzgar por la entonación, era una larga letanía de reproches en dialecto cockney. Me depositaron sin ceremonia en un asiento de cuero, la puerta se cerró de golpe, el coche dio una sacudida que me lanzó contra el respaldo y salimos disparados por el empedrado.

Me incorporé como pude. El camisón se me había subido hasta las rodillas, que estaban arañadas y sangraban.

La bata colgaba de un hombro. Tenía el pelo hecho un nido de pájaros.

Intenté recomponerme, tirar de las prendas hacia abajo, y descubrí que me temblaban las manos tanto que no podía abrocharme el único botón que seguía en su sitio.

Él se había sentado frente a mí, en el asiento de enfrente, con una pierna estirada y la respiración algo acelerada. Se había quitado el pañuelo del cuello y lo estaba atando alrededor del antebrazo, apretando los dientes. La sangre le empapaba la manga.

—Está herido —dije. Me salió una voz que no parecía mía.

—Es un rasguño.

—Sangra mucho.

—Es un rasguño que sangra mucho. —Levantó los ojos—. Le debo la vida, milady. Ese golpe con el atizador… No ha sido un golpe elegante, pero ha sido eficaz.

—No… no sé si lo he matado.

—No. Respiraba cuando me volví. Y tampoco merecía vivir, de modo que no se atormente.

—¡No tiene derecho a decir eso!

—Lo tengo, por desgracia. Lo he visto hacer cosas peores que las que le habrían hecho a usted.

La seriedad con que lo dijo me cortó en seco.

Me quedé mirándolo. El carruaje se balanceaba.

Por la ventanilla pasaban fachadas oscuras y farolas aisladas, y la luz amarilla de cada una barría su cara, la cicatriz de la ceja, el rictus duro de la boca.

Parecía un hombre mayor de lo que era. No tendría más de treinta y uno o treinta y dos años.

Pero tenía los ojos cansados de haber visto morir a mucha gente.

—Llévame a casa —dije. Me salió el tuteo sin pensarlo—. Quiero decir, lléveme a casa. Ahora mismo. Mis padres… si los criados descubren que no estoy…

—No puedo.

—Es mi casa.

—Esa casa ya no es segura. Esos dos hombres sabrán quién es usted antes de que acabe la noche. Si vuelve, la tendrán en sus manos antes del desayuno.

—¡Pero mi madre, mi padre!

—Su padre está en Westminster, y su madre dormida con láudano, y ninguno de los dos va a notar su ausencia hasta mediodía.

—Se inclinó hacia delante. Las rodillas casi me rozaron—.

Escúcheme bien, lady Cordelia. Nadie en esta ciudad sabe mejor que yo lo que le espera a quien se cruza con esos hombres.

Si quiere ayudar a su hermano, tiene que desaparecer unos días. Si quiere vivir, también.

—¿Y quién es usted para decidirlo?

—El único que está dispuesto a hacerlo.

El carruaje tomó una curva demasiado cerrada. Me agarré al asa de la portezuela. Fuera, el estrépito de las ruedas se había mezclado con otro ruido más lejano: cascos de caballos, muchos, a una velocidad que no era la de ningún coche de alquiler.

Él lo oyó también. Su expresión cambió. Se levantó de golpe, abrió la trampilla del techo y gritó:

—¡Pike! ¿Cuántos?

—¡Uno, señor! ¡Negro, sin faroles, a la altura del Park!

—¡Pues que no nos alcance!

—¡Voy a tener que cruzar por Knightsbridge, señor, y el puente de Hammersmith a estas horas…!

—¡Haz lo que sea necesario!

Cerró la trampilla. Se dejó caer en el asiento y por primera vez vi que no estaba tan tranquilo como había querido hacerme creer. Tenía los nudillos blancos sobre el puño del bastón.

—¿Nos siguen? —pregunté.

—Es probable.

—¿Quiénes?

—Los que mandan a esos dos. —Me miró fijamente—. Y tengo la sospecha de que tienen un carruaje más veloz que el mío.

No supe qué responder. Me aferré al asa con las dos manos.

El coche tomaba curvas que me desplazaban de un lado a otro del asiento, me estampaban contra la pared, me levantaban un segundo en el aire.

Una vez, entre un bandazo y otro, mi rodilla chocó con la suya, y una descarga me subió por la pierna hasta el estómago.

Aparté la pierna a toda prisa. Él lo notó. No dijo nada.

El primer disparo sonó detrás de nosotros, seco, como una rama que se parte.

Algo golpeó la pared posterior del carruaje con un chasquido de madera astillada.

No tuve tiempo de gritar. Una mano me agarró por la nuca y me empujó hacia abajo, contra el suelo del coche, entre los dos asientos, y un cuerpo enorme y caliente se tendió encima del mío.

Su peso me sacó el aire de los pulmones.

Me quedé con la mejilla pegada a la alfombra, oliendo a barro y a cuero, con su pecho contra mi espalda y su aliento en mi oído.

—No levante la cabeza —ordenó.

—¡Me está aplastando!

—Prefiero aplastarla a que la maten.

Hubo un segundo disparo. El cristal de la ventanilla trasera estalló y una lluvia de fragmentos nos cayó encima.

Sentí cómo Lucian se movía, cómo se incorporaba sobre un codo y estiraba el brazo sano hacia el asiento.

Oí el chasquido de un arma al armarse. Una detonación, enorme, a unas pulgadas de mi cabeza, me dejó los oídos zumbando.

Un relincho de caballo, un estruendo de madera y hierro, el grito de un hombre, voces que se alejaban entre maldiciones.

—Dios santo —jadeé, con la cara aún contra el suelo—. ¿Le ha dado?

—A un caballo. A uno de los suyos. Le pido disculpas a la bestia. —Su voz sonó extrañamente ronca—. El coche se ha volcado o se ha detenido, no sé. No pienso averiguarlo.

Se apartó de mí con cuidado. Me ayudó a sentarme en el asiento.

Tenía el pelo lleno de esquirlas de cristal y las manos cortadas en dos sitios, pequeñas heridas que ni siquiera había notado.

Él me las tomó entre las suyas y las observó bajo la luz oscilante del farol exterior, con el ceño fruncido, y yo sentí cada uno de sus dedos como una marca de fuego.

—No es nada —dije.

—Ya veremos. —Me sacudió el cabello con un gesto rápido, retirando los pedazos de cristal, y noté sus nudillos rozándome la mejilla—. Casi la matan por mi culpa.