Capítulo 2
Su mano olía a cuero y a pólvora. Fue lo único en lo que pude pensar durante los primeros segundos, porque el resto de mi cabeza se había quedado en blanco, apretada contra su pecho y con los ojos clavados en la puerta del despacho, donde un hilo de luz amarilla se había colado por debajo de la madera.
Jamás me habían tapado la boca. Jamás un hombre me había sujetado así, con el brazo cruzado sobre mi cintura y la espalda pegada a su cuerpo, un cuerpo duro como una pared de piedra que se levantaba y descendía con una respiración lenta, controlada, absurdamente tranquila.
Yo, en cambio, tenía el corazón en la garganta.
Notaba cada latido en las sienes. Y notaba, con una vergüenza que me quemaba la nuca, que la sangre se me había subido a las mejillas por razones que no tenían nada que ver con el miedo.
Hacía un minuto me había apretado contra el escritorio, con las caderas pegadas a las mías.
Había sentido su cuerpo. Todo su cuerpo.
Aquello que yo, hija de un marqués, educada por institutrices francesas y por una madre que consideraba indecente la palabra «pantorrilla», no debería haber reconocido ni siquiera por intuición.
Lo reconocí. Y ahora lo tenía a mi espalda, otra vez, a una distancia que no se podía medir en pulgadas.
«Concéntrate, Cordelia. Hay dos asesinos al otro lado de esa puerta y tú estás pensando en lo ancho que es el pecho de un ladrón.»
Me mordí la lengua. Literalmente. Me mordí la lengua con tanta fuerza que me supo a hierro.
El hombre se inclinó hacia mi oído. Sentí su aliento en el lóbulo y todo mi cuerpo se estremeció de arriba abajo sin permiso.
—Hay un armario empotrado detrás de la cortina de la izquierda —susurró—. Lo he visto al entrar. ¿Cabe una persona?
Asentí contra su palma. Era el armario donde mi padre guardaba los libros de cuentas de la hacienda, un hueco angosto con una puerta de tabla que nadie abría desde que murió el administrador. Yo había escondido ahí una vez, con ocho años, una muñeca que mi madre quería tirar.
—Métase, pues. Y no haga ruido.
Me soltó. Me empujó con suavidad hacia la cortina, y yo, que nunca en mi vida había obedecido a un hombre sin discutir, me deslicé entre los pliegues de terciopelo con la bata arrastrando por el suelo y las rodillas temblorosas.
Encontré la manija. Abrí. Olía a papel viejo y a polvo.
Me metí dentro y apreté la espalda contra el fondo de tabla, y la puerta se cerró casi del todo.
Quedó un resquicio del ancho de un dedo.
Por él se veía la mitad de la habitación.
Él no se había escondido.
Estaba junto a la chimenea, de espaldas a mí, con la figura recortada contra el resplandor de las brasas.
Lo había mirado mal, hasta ese momento, porque estaba demasiado ocupada en odiarlo.
Ahora lo vi. Era alto, mucho más de lo que había calculado.
Ancho de hombros, estrecho de cintura. Llevaba una chaqueta oscura de lana basta y unas botas de montar con el cuero gastado en la puntera, y un pañuelo negro al cuello que le daba aspecto de contrabandista.
Pelo negro, algo largo, revuelto sobre el cuello de la camisa.
De perfil, antes, había visto una cicatriz que le cortaba la ceja izquierda y le daba al rostro una expresión permanentemente escéptica, y una mandíbula que parecía tallada a golpes de cincel.
Los ojos eran azul oscuro. Los había visto con toda claridad cuando se inclinó sobre mí en el escritorio. De un azul muy hondo, casi de noche.
Sacó algo de la manga de la chaqueta. Un bastón. Fino, negro, con el puño de plata. Lo sostuvo con las dos manos y giró la empuñadura con un movimiento seco, y entonces vi brillar entre sus dedos, a la luz de las brasas, un palmo de acero.
La puerta del despacho se abrió sin ruido.
Entraron dos hombres. El primero, grueso, de hombros caídos y cara redonda, llevaba una linterna sorda con la ventanilla casi cerrada. El segundo era más delgado. Tenía la nariz rota, torcida hacia un lado, y la mano derecha en el bolsillo. Se detuvo en el umbral. Husmeó el aire como un perro.
—Hay brasas —dijo, con un acento de los muelles, ronco y sucio—. Alguien ha estado aquí hace poco.
—El marqués, que se acostó tarde.
—El marqués está en los Lores. Lo ha dicho Dunstan. —Se adelantó dos pasos. Su mirada recorrió el escritorio, el cajón abierto, el montón de papeles revueltos—. Y esto no lo ha hecho el marqués.
Y en ese momento, con toda la claridad de una pesadilla, comprendí que el cañón de mi pistola seguía en el suelo, en medio de la alfombra, a tres pasos de sus botas, brillando bajo la luz rojiza como una invitación.
Oí el chasquido de la hoja saliendo de su vaina. No lo oyeron ellos. Lo oí yo, que contenía la respiración dentro de un armario lleno de polvo. El hombre del bastón dio un paso al frente, salió de las sombras y habló con una calma que me puso la carne de gallina.
—Caballeros. Lamento comunicarles que la casa está ocupada.
Los dos se giraron a la vez. El de la linterna soltó una maldición. El de la nariz rota sacó el cuchillo del bolsillo con una velocidad que me heló la sangre, una hoja larga y delgada que brilló un instante como un pez.
—Mira quién está aquí —dijo, con una sonrisa fea—. El señor del bastón. Nos dijeron que andabas husmeando.
—Qué amables. Yo no tenía noticia de que me siguieran.
—Se acabó, amigo. Danos lo que has encontrado.
—Aún no he encontrado nada. —Una pausa—. Y aunque lo hubiera hecho, caballero, no creo que me inspirara demasiada generosidad un hombre que degüella impresores.
La sonrisa de la nariz rota se endureció. Fue lo último que vi con claridad, porque en ese momento el grueso se abalanzó sobre el bastón con la linterna por delante, como un ariete.
Todo ocurrió muy rápido, y a la vez dentro de mí transcurrió con una lentitud espantosa.
Lo vi esquivar el golpe con un giro de cadera.
Vi su brazo trazar un arco corto, la hoja del bastón cortar el aire con un silbido, y al grueso soltar un alarido y llevarse la mano a la manga empapada.
La linterna cayó rodando. La luz se volcó sobre la alfombra en un charco amarillo.
Vi la nariz rota lanzarse hacia delante con el cuchillo bajo, apuntando al vientre.
Vi cómo él paraba la estocada con la guarda de plata, la desviaba hacia fuera y hundía la rodilla en el estómago del atacante, que se dobló con un gemido sordo.
Era como mirar un baile. Un baile horrible, brutal, que no podía quitarme de encima de los ojos.
Entonces el grueso, que se había quedado atrás sujetándose el brazo, vio la pistola en el suelo.
Se tiró a por ella. Lo vi agacharse, vi cómo cerraba la mano gorda sobre la culata y cómo se incorporaba con una mueca de triunfo, y supe que estaba descargada, que no servía de nada, que él lo ignoraba y que en cuanto apretara el gatillo y no pasara nada, se daría cuenta y utilizaría la culata como porra.
Pero también supe que el hombre del bastón estaba de espaldas a él, forcejeando con el otro.
No lo pensé. Si lo hubiera pensado, me habría quedado donde estaba.
Salí del armario con la puerta golpeándome el hombro, crucé la alfombra y agarré el atizador de hierro que colgaba junto a la chimenea. Pesaba más de lo que parecía. Me sorprendió. Lo levanté con las dos manos y con todas mis fuerzas lo descargué sobre la cabeza del grueso.
El impacto me subió por los brazos hasta los dientes. Hubo un crujido terrible. El hombre abrió la boca, puso los ojos en blanco, soltó la pistola, que rebotó en la alfombra, y se derrumbó hacia delante como un saco de grano, con tanta pesadez que la alfombra pareció temblar.
Me quedé de pie, con el atizador colgando de mis manos entumecidas, mirando aquel bulto inmóvil. El pelo se me había metido en la boca. Me temblaban hasta las rodillas.
—¡Cuidado! —gritó una voz.
Alguien me agarró del brazo y tiró de mí con tanta violencia que se me escapó el atizador.
Rodé contra un pecho duro justo cuando un filo de acero pasaba silbando por el espacio donde un instante antes estaba mi garganta.
Él había interpuesto su cuerpo. Vi cómo la hoja rasgaba la manga de su chaqueta y dejaba un surco rojo en el antebrazo, y cómo el bastón, en su mano izquierda, se hundía hasta el puño en el hombro del hombre de la nariz rota, que dejó escapar un aullido de bestia.
—¡Fuera! —ordenó él, y me empujó hacia la ventana—. ¡Por la ventana, ahora!
—¡Mi hermano…! ¡Los papeles…!
—¡Los papeles ya no importan si usted está muerta! ¡Vamos!
Me lanzó hacia el cristal. Se me enredó el borde de la bata en una pata de la butaca.
Tiré. Algo se desgarró. Alcancé la hoja de la ventana, la abrí de un manotazo y el aire frío de la noche me golpeó la cara, y detrás de mí oí un golpe, un gruñido, una maldición, el sonido hueco de un cuerpo contra un mueble.
Pasé una pierna por el alféizar, la otra.
Caí sobre el parterre de rosas con las rodillas desnudas. Sentí las espinas.
Él cayó a mi lado un segundo después, con una agilidad que me dejó boquiabierta. Sin darme tiempo a levantarme me cogió en brazos como a una niña.
—¡Bájeme!
—Calle.
—¡Puedo andar sola!
—Con los pies descalzos y a esta velocidad, no llegaría a la esquina.
—¡Llevo el camisón!
—Lo he notado.
Tenía una sonrisa en la voz. Una sonrisa fea y nada divertida, una sonrisa que le salía a la fuerza después de pelear por su vida, porque no tenía otra manera de soportarlo.
Atravesó el jardín a la carrera, saltó el murete del fondo conmigo en brazos como si no pesara más que una almohada, cruzó un callejón estrecho entre dos casas sin una luz y salió a Davies Street, donde un carruaje negro y lustroso esperaba con los faroles apagados.
Un hombre menudo, de cara arrugada, con un sombrero hundido hasta las orejas, ya estaba tirando de las riendas.
—¡Ahora, Pike!
—Señor, eso es una mujer.
—Ya lo sé.
—Una mujer en camisón, señor.
—¡Al Támesis, Pike, por Dios!