La dama de Brook Street Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Se le había quebrado la voz al final. Se mordió el labio para que no volviera a pasar. Yo la miré, quieto bajo el retrato, y por primera vez en mucho tiempo sentí una incomodidad que no tenía que ver con el peligro.

—No lo sé —dije en voz baja—. Lo estoy buscando.

—¿Quién es usted?

—Alguien que quiere encontrarlo antes de que lo encuentren otros. Y que no está seguro de que ellos no lo hayan encontrado ya.

Ella se quedó muy quieta. Los nudillos se le habían puesto blancos alrededor de la culata.

—Mienta mejor.

—No miento.

—Entonces dígame su nombre.

—No puedo.

—Entonces voy a gritar.

—Adelante. —Me encogí de hombros, con las manos aún levantadas—.

Despertará a su padre, que según creo está en Westminster hasta el amanecer.

Despertará a su doncella, que dormirá bajo una almohada de plumas con un tapón de cera en cada oído, si es sensata.

Despertará quizá a un lacayo, que bajará con un atizador y se encontrará con una joven de camisón apuntando a un hombre con una pistola.

El escándalo del siglo, milady. Los periódicos tendrán tema para un mes.

Parpadeó. Se le agrandaron los ojos, y comprendí con una satisfacción nada digna que no había pensado en eso.

—No me asusta el escándalo.

—Eso lo dice porque nunca ha tenido uno.

—Y usted, ¿cómo lo sabe?

—Porque en todas las casas de Londres se conoce a las muchachas que han tenido uno, y de usted nadie sabe nada. —Hice una pausa—. Por lo menos nada interesante.

Hubo un instante de silencio y en él vi cómo se le encendían las mejillas. La pistola tembló. Solo un poco. Lo suficiente.

Me moví.

Fue rápido y sin esfuerzo, un paso al frente y a un lado, el brazo derecho cayendo sobre su muñeca como un látigo.

El arma salió disparada de sus manos y ella soltó un grito ahogado, y antes de que pudiera apartarse la agarré por la cintura con el brazo libre y la empujé contra el escritorio.

Su espalda chocó contra el borde con un golpe que me estremeció.

El cañón de la pistola, en mi mano, quedó apuntando al techo.

Ella tiró del gatillo.

No pasó nada. Un clic seco, limpio, ridículo.

—¿Se ha olvidado de cebarla? —pregunté, casi con ternura.

—Yo…

—Tiene usted el cebo de la cazoleta vacío. Una pistola sin pólvora en la cazoleta es un objeto decorativo, milady. Se lo digo con todo el respeto. Alguien tendría que haberle enseñado.

Me golpeó con el codo en las costillas. Fue un golpe con ganas y con más puntería de la que esperaba.

Solté un gruñido. Le sujeté la muñeca con la mano libre y ella intentó patearme con el pie descalzo, que apenas me hizo cosquillas en la espinilla, y entonces, cuando comprendió que no podía mover ni un brazo ni una pierna, hizo lo único que le quedaba.

Me mordió la mano.

—¡Maldita sea!

Con un tirón brusco solté la pistola, que cayó sobre la alfombra, y la presioné contra el escritorio con todo mi peso, la cadera contra la suya, un muslo entre los suyos, el brazo cruzado sobre su pecho para inmovilizarla.

Las manos me temblaban de rabia y de algo más, algo que no quise examinar.

Tenía la marca de sus dientes en la base del pulgar, una media luna roja que empezaba a hincharse.

—Basta —dije entre dientes—. Basta ya.

—¡Suélteme!

—Cuando deje de morderme.

—¡Cuando me suelte!

Nos quedamos mirándonos, jadeando los dos, con las caras a un palmo de distancia. Y entonces me di cuenta.

El camisón era de algodón fino. Muy fino.

Y se le había pegado al cuerpo con el sudor del forcejeo, y la bata se le había abierto al caer sobre el escritorio, y a través de la tela casi transparente, a la luz roja de las brasas, se le marcaban con una claridad cruel la curva de los pechos, que subían y bajaban con cada respiración agitada, y los pezones oscuros, endurecidos por el frío o por el miedo o por lo que fuera.

Su cintura era estrecha bajo mi brazo. Sus caderas, ahora lo notaba, eran más generosas de lo que su figura menuda anunciaba.

El pelo le caía sobre mi muñeca como seda.

Notaba el latido de su corazón, desbocado, contra la parte interior de mi antebrazo.

Y percibí, con una claridad inoportuna, que yo no era de piedra.

Algo se agitó bajo la tela de mis pantalones, una respuesta tan rápida y tan inconfundible que la boca se me secó de golpe.

Ella lo notó. Lo supe porque dejó de moverse.

Dejó de respirar, también. Sus ojos se agrandaron hasta ocupar la mitad de su cara, y a esa distancia, por fin, pude ver su color: gris, de un gris profundo con un anillo verde alrededor de la pupila, como el agua del Támesis cuando la luz la atraviesa en un día claro.

—¿Qué… —empezó ella, y se detuvo.

—Perdóneme —murmuré. Mi voz sonó rasposa y ajena.

Me aparté de golpe. Di un paso atrás, luego otro, hasta chocar con la butaca.

Ella se quedó apoyada contra el escritorio, con una mano aferrada al borde de la madera y la otra cerrando con furia los pliegues de la bata sobre el pecho.

Le ardían las mejillas hasta las orejas.

Nunca he visto a una mujer tan colorada.

—Es usted un canalla —dijo, sin aliento.

—Sin duda.

—Un canalla y un ladrón.

—Eso también —admití—. Pero un canalla que no tiene intención de hacerle daño, ni a usted ni a su hermano. Se lo juro por lo que usted quiera.

—No le creo.

—No tiene por qué. Lo único que le pido es que me escuche cinco minutos sin morderme, sin tirarme cosas y sin gritar.

Ella tomó aire. Lo dejó salir, despacio. Cuando habló, su voz tenía un filo helado.

—Hable.

—Su hermano está metido en un asunto muy grave, milady.

No sé aún hasta qué punto. Tampoco sé si es culpable o víctima.

Lo único que sé es que hace dos semanas desapareció, que en su casa de Jermyn Street alguien ha estado buscando algo, y que un hombre que lo conocía ha aparecido muerto.

Y que otros, gente peligrosa, buscan lo mismo que yo.

Si usted sabe algo, si Hugo le escribió, si le dejó algo antes de irse…

Vi cómo se le tensaban los hombros. Fue un movimiento diminuto, apenas un temblor, pero yo había pasado años leyendo esa clase de movimientos en hombres que mentían bajo interrogatorio.

Su mano izquierda, la que no sujetaba la bata, se había desplazado hacia el bolsillo derecho de la prenda, un gesto automático, protector.

Y en el bolsillo se marcaba, bajo la lana, el borde rígido de un papel doblado.

—No sé nada —dijo.

—Lady Cordelia.

—Le digo que no sé nada.

—Tiene usted el rostro más honesto de Inglaterra, y es una desgracia, porque no sabe usted mentir. —Me acerqué un paso. Ella retrocedió. Su espalda dio contra el escritorio—. Ahí, en el bolsillo. Es una carta.

—No tiene derecho…

—Tengo todo el derecho. Es la vida de su hermano.

—¡Es mi hermano!

—Lo sé. —Mantuve la voz baja—. Por eso necesito verla.

Se quedó callada. Pude ver el combate que se libraba en su interior, la desconfianza luchando con la necesidad, el orgullo con el miedo.

Tenía una cara que no sabía esconder nada.

Cada pensamiento le pasaba por los ojos y por la comisura de los labios, y yo, que había aprendido a no mostrar nada, no podía apartar la vista.

Iba a hablar. Lo sé. Estaba a punto de decir algo, de sacar el papel, de ceder o de maldecirme una vez más, cuando un ruido en la calle le cortó el aliento.

Fue un golpe sordo y metálico. Luego voces, apagadas, de hombres.

El rechinar de un carruaje al detenerse sobre el empedrado.

Yo había dejado mi propio coche con Pike, mi cochero, a dos calles de distancia, en la esquina con Davies Street, y ningún coche más tenía motivos para pararse a esa hora frente a la casa del marqués de Linthwaite, con la mitad de la calle a oscuras.

Crucé la habitación en dos zancadas y me asomé por un resquicio de la cortina.

Un carruaje negro, sin escudo, con las lámparas apagadas.

Dos hombres bajaban de él sin prisa, cubiertos con capas de color indefinido.

El segundo se detuvo bajo el farol y alzó la cabeza hacia las ventanas de la planta alta.

Pude ver un perfil duro, una nariz rota, el brillo de una hoja que se deslizaba desde la manga hasta la palma de la mano.

—Apague la vela —dije.

—No hay ninguna vela…

—Pues entonces no se mueva. —Me volví hacia ella.

Había en mi voz algo que la hizo callar en el acto—.

Lady Cordelia, escúcheme bien. Los hombres que acaban de bajar de ese carruaje son los que mataron al impresor.

Vienen por los papeles de su hermano. Y si nos encuentran aquí, a los dos, no se detendrán a preguntar nada.

Ella se había quedado blanca. Daba igual la luz de las brasas: en medio de la oscuridad le brillaban los ojos como dos monedas de plata.

Crucé la distancia que nos separaba, le tapé la boca con la mano antes de que pudiera decir una palabra y le susurré al oído:

—Silencio. Ni un ruido.

Sentí su aliento caliente contra mi palma, y su corazón, que latía contra mi pecho como un pájaro que quiere salir. En el vestíbulo, justo al otro lado de la puerta, alguien empezó a forzar la cerradura.