La dama de Brook Street Capítulo 1
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La dama de Brook Street

La dama de Brook Street

Por Holly Burchety

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Capítulo 1

El pestillo de la ventana cedió al tercer intento, con un chasquido seco que me pareció un cañonazo en mitad de la calle dormida.

Me quedé inmóvil, con la hoja de la navaja todavía metida en la rendija y la espalda pegada al marco, esperando ladridos, pasos, la voz de algún criado sobresaltado.

Nada. Solo el crujido lejano de un carruaje que doblaba hacia Grosvenor Square y el goteo de una cañería en algún rincón del jardín trasero.

Empujé el cristal y pasé una pierna por encima del alféizar.

Mi rodilla izquierda protestó. Siempre protestaba cuando tenía que doblarla más de lo razonable, recuerdo permanente de un sable francés y de una tarde de junio en un campo de trigo belga que prefería no recordar.

Apreté los dientes, entré en la habitación y cerré la ventana a mi espalda.

El despacho del marqués de Linthwaite era lo que yo esperaba de un hombre que llevaba treinta años sentado en la Cámara de los Lores sin haber dicho una sola frase memorable: un escritorio enorme de caoba, estanterías con tomos de leyes que nadie había abierto desde la encuadernación, un par de butacas de cuero con el respaldo gastado y un retrato del propio marqués sobre la chimenea, mirando al vacío con la barbilla elevada.

Las brasas del hogar daban la única luz, un resplandor rojizo que apenas alcanzaba a dibujar los contornos de los muebles.

Me bastaba. Había pasado cuatro años de mi vida moviéndome por habitaciones peores.

Fui directo al escritorio. El cajón central estaba cerrado con llave, pero las cerraduras de los escritorios de Londres son una afrenta a la inteligencia de quienes las fabrican.

Me agaché, saqué del bolsillo interior de la chaqueta el par de ganchos que me había regalado un ladrón al que dejé libre en Lisboa y trabajé con los dedos sin prisa.

Mientras lo hacía repasé de memoria lo que sabía, que era poco y todo malo.

Hugo Fenwick, vizconde de Alderley, heredero del marquesado, veintiséis años, jugador mediocre, bebedor más que mediocre y, hasta hacía quince días, inquilino de unas habitaciones en Jermyn Street que su casera describía como «un nido de señorito bueno y sin malicia».

Hacía quince días, también, que nadie lo veía.

Su cama estaba sin deshacer, su ropa en los armarios, su caballo en las cuadras de Piccadilly.

Y en la mesa de su salón, entre las cartas sin abrir de sus acreedores, un recibo de una imprenta de Clerkenwell cuyo dueño había aparecido flotando en el Fleet una semana más tarde, con la garganta abierta de oreja a oreja.

El señor Penrose, que dirigía mis asuntos desde una oficina sin letrero de Whitehall, me lo había dicho con su habitual delicadeza de sepulturero.

«Billetes falsos, milord. De cinco y de diez libras.

Tan buenos que ni el Banco de Inglaterra los distingue sin ponerlos a contraluz.

Llevan circulando desde la primavera y no tenemos ni un nombre.

Ahora tenemos uno. Averigüe qué sabe y dónde está antes de que lo hagan los otros. »

Los otros. Los que habían abierto el cuello del impresor. Los que, con toda probabilidad, habían encontrado a Hugo Fenwick antes que yo.

La cerradura saltó. Abrí el cajón con cuidado y empecé a sacar papeles: facturas de sastre, una invitación a una cacería, la correspondencia sin interés de un hombre cuya vida consistía en administrar tierras que administraban otros.

Fui pasándolos a la luz de las brasas, con la cabeza inclinada, el oído atento.

Por eso oí el clic.

Es un sonido inconfundible. Lo he oído en barrancos de Extremadura, en callejuelas de Bruselas y en una cocina de Calais con un cuchillo a medio palmo de mi riñón. Un gatillo que se arma. Se me heló el estómago, pero las manos siguieron donde estaban. Años de práctica.

—No se mueva —dijo una voz a mi espalda.

Era una voz de mujer. Joven. Ronca de miedo y firme por pura fuerza de voluntad, como la de un recluta que ha recibido la orden de disparar a un compatriota y no quiere que se le note el temblor.

—Ni se le ocurra tocar nada más. Ponga las manos donde pueda verlas. Se lo digo en serio.

Levanté las manos despacio, con los dedos abiertos, y dejé caer el papel que sostenía. Giré la cabeza lo justo para ver por encima del hombro.

Estaba de pie junto a la butaca más cercana a la chimenea, con una pistola de duelo apuntándome al pecho con las dos manos.

Llevaba un camisón blanco de algodón fino, cerrado hasta la garganta, y una bata de lana azul oscuro que se había anudado a toda prisa.

El pelo le caía suelto por la espalda, una cascada espesa de color miel oscura con vetas cobrizas donde las brasas le daban de lleno.

Descalza. Con los pies pequeños y pálidos sobre la alfombra turca.

No era alta. Me llegaría, como mucho, a la barbilla.

La cara, en forma de corazón, tenía la barbilla afilada, los pómulos marcados y una boca grande, de labio inferior carnoso, apretada en una línea blanca.

Los ojos, enormes, estaban fijos en mí. No pude distinguir el color a esa luz.

Entre gris y verde, quizá. Brillaban como los de un gato acorralado.

Por todos los santos. Lady Cordelia Fenwick. La hermana. Había visto su nombre en el expediente de Penrose, bajo una anotación de dos líneas: «Veintidós años, soltera, sin compromiso. Muy retirada. Poco frecuentada en sociedad». No decía que fuese preciosa. No decía que tuviera una pistola.

—Buenas noches —dije, con la mayor tranquilidad que fui capaz de reunir—. Me temo que he cometido un error de dirección.

—Cállese.

—Por supuesto. Aunque debo decirle que si se le escapa el gatillo, la bala me atravesará limpiamente el pecho y acabará empotrada en el retrato de su padre, y por lo que he visto del marco, es un Gainsborough o una buena imitación. Sería una lástima.

—Es un Reynolds —dijo ella, por puro reflejo, y apretó los labios, furiosa consigo misma—. Y no me importa.

—Entonces es usted más valiente que prudente.

—Me lo han dicho. Sobre todo mi institutriz, que se despidió llorando.

—Lo imagino.

—Dígame lo que quiere, o juro por Dios que aprieto el gatillo y me da igual lo que pase con el Reynolds.

La voz se le había endurecido otra vez. Me di cuenta de que estaba más asustada de lo que quería aparentar, y de que cada palabra que pronunciaba la estaba pagando con un esfuerzo físico.

Le temblaba el labio inferior. Se le habían pegado a las sienes unos mechones de pelo sudado.

Pensé, con una punzada de algo que no esperaba sentir, que en toda mi vida había visto pocas valentías tan genuinas como aquella: la de una persona que no ha sido entrenada para serlo y que, aun así, se planta ante un desconocido armado en mitad de la noche porque no le queda otra opción.

—Su hermano le escribía a menudo, supongo —dije, con cuidado.

—Cada semana. Desde que cumplí quince años. Me contaba tonterías, chismes de club, apuestas absurdas que perdía, chistes malos. —Se interrumpió—. Eran tonterías, pero eran mías. Nadie más en esta casa me escribe.

—¿Y hace cuánto que no recibe nada?

—Dos semanas. —Tragó saliva—. Y entonces va usted y entra por la ventana a revolver el escritorio de mi padre, buscando lo que sea que busque, y yo me pregunto qué clase de tontería habrá hecho esta vez mi hermano para merecer esto.

Porque lo conozco. Sé que ha hecho algo.

Siempre hace algo. Pero no sé qué. Y nadie quiere decírmelo.

—Yo tampoco lo sé.

—Entonces somos dos.

Por un momento ninguno de los dos habló.

El reloj de la repisa dio los tres cuartos con un tintineo delicado que en aquel silencio me sonó a campana de iglesia.

Pensé en mi propia hermana, en cómo me escribía desde Northumberland cada tres meses con una letra apretada y pulcra, y en cuánto me gustaría saber, si estuviera en peligro, que alguien en el mundo se había plantado en medio de la noche con una pistola descargada para encontrarme.

Aparté el pensamiento. No era el momento.

—Soy lo bastante prudente para tener cargada una pistola en mi mesilla desde hace dos semanas, y lo bastante valiente para usarla si no se aparta de ese escritorio. —Tragó saliva. Vi cómo se le movía el cuello—. Muy despacio. Hacia el centro de la habitación.

Obedecí. Un paso lateral, otro. Me alejé del cajón abierto hasta quedar bajo el retrato del marqués, con las manos a la altura de las orejas.

Ella me siguió con el cañón, sin bajar los codos.

La habitación era grande y ella se había colocado entre mí y la puerta, con una soltura que no esperaba en una muchacha criada entre algodones.

Cada vez me gustaba menos la situación y cada vez me divertía más.

—Escúcheme, milady. No soy un ladrón.

—Ha forzado una ventana y un cajón. Desde donde yo estoy, parece un ladrón con mucho oficio.

—He forzado una ventana y un cajón porque llamar a la puerta a estas horas habría despertado a la casa, y porque tengo prisa. Eso no me convierte en lo que usted cree.

—Entonces dígame qué es.

—Un amigo de su hermano.

Fue un error. Lo supe en cuanto lo pronuncié, porque la pistola dio una sacudida y la cara de ella se transformó. No fue miedo lo que apareció en sus ojos sino algo más duro, más antiguo, un destello de rabia contenida durante muchos días que por fin había encontrado donde clavarse.

—Mi hermano no tiene amigos que entren por las ventanas.

—Dio un paso hacia mí—. ¿Dónde está? ¿Qué le han hecho?

Hace quince días que no sé nada de él. Mi padre dice que se ha marchado a Francia y que a nadie le importa, y mi madre ni siquiera dice eso, y yo he escrito a todos los conocidos de Hugo y nadie me contesta, y usted, usted aparece de noche, en la oscuridad, revolviendo los papeles de mi padre, y quiere que me crea que es un amigo. ¿Dónde está mi hermano?