Capítulo 20 #3
Se tendió a mi lado. Nos besamos, largamente, con las manos recorriendo cada pliegue, cada curva.
Su boca descendió por mi cuello, mis pechos, mi vientre, se detuvo entre mis muslos, y me besó allí con una lentitud que me hizo arquear la espalda y hundir los dedos en su pelo.
Su lengua trazaba círculos pacientes, precisos, que me arrancaban gemidos incontrolables.
Dos dedos se deslizaron dentro de mí, curvándose, buscando, y yo grité su nombre, grité que no parara, que no parara nunca, hasta que la marea me alcanzó y me arrastró en una oleada violenta que me dejó temblando, ciega, con el corazón desbocado y las lágrimas rodándome por las sienes.
—Lucian —sollocé—. Lucian, ven. Ahora.
Subió por mi cuerpo. Se colocó entre mis piernas. Me miró a los ojos.
—Te quiero —dijo.
—Te quiero.
Entró en mí despacio, con los ojos fijos en los míos, y los dos soltamos un gemido largo, hondo, de plenitud.
Me llenó por completo. Me aferré a sus hombros.
Rodeé su cintura con las piernas. Se movió, con una cadencia lenta y profunda, que nos mecía como las olas de un mar tranquilo, y yo supe, con una certeza que me atravesó el alma, que aquello era lo que había buscado toda mi vida sin saberlo: no el placer, aunque era inmenso; no la pasión, aunque ardía; sino aquella unión absoluta, completa, de dos seres que se pertenecen.
Aceleró poco a poco. La cama crujía. Su respiración se volvía entrecortada, la mía también, y las palabras se nos rompían en la boca, mi nombre, el suyo, «amor», «mi vida», «no pares».
Sus manos me sujetaban las caderas, las mías arañaban su espalda.
Cuando sentí que la tensión volvía a subir, más fuerte que nunca, le cogí la cara con las dos manos.
—Mírame —dije.
—Te miro.
—No cierres los ojos.
—No los cierro.
Nos miramos. Y en el instante en que el mundo se rompió, en que una luz blanca y silenciosa me atravesó de la cabeza a los pies y mi cuerpo se contrajo en torno al suyo con una fuerza que casi me desvaneció, vi en sus ojos azules, abiertos de par en par, el reflejo exacto de mi propia alma.
Él se tensó. Gimió mi nombre con un sonido ronco, desgarrado, y se vació en mí con un estremecimiento que lo recorrió entero, con la frente apoyada en la mía y el aliento mezclado con el mío, mientras yo lo abrazaba con todas mis fuerzas y lloraba de felicidad.
Nos quedamos quietos. Mucho rato. Abrazados, sudorosos, sin hablar, escuchando el crepitar del fuego y, muy lejos, apagados por las paredes, los últimos cantos del jardín.
—Señora Stanmore —murmuró él al fin, contra mi cuello.
—Dime, señor Stanmore.
—Lord Stanmore, si no te importa.
—Señor Stanmore. Para mí, siempre serás el hombre que entró por una ventana.
—Es un título menos elegante.
—Es el que más me gusta.
Se rio. Me besó la sien. Se apartó con cuidado y se tumbó de espaldas, y yo me acurruqué contra su costado, con la cabeza sobre su hombro sano.
—Cordelia.
—Dime.
—¿Te acuerdas de lo que me preguntaste en la tina?
—¿Lo de los niños?
—Eso.
—Me acuerdo.
—Dijiste: «quizá pregunte yo». —Me acarició el pelo—. ¿Preguntas?
Levanté la cabeza. Lo miré. En su rostro había ternura y miedo a la vez, como si la felicidad le quedara grande.
—¿Tú qué dirías? —pregunté.
—Que sí. —Tragó saliva—. A todos los que quieras. Y que les enseñaría a disparar y a cebar una pistola.
—No pienso permitir eso.
—Entonces a jugar al ajedrez.
—Mejor.
—Y a escalar muros.
—Lucian.
—Y a quitar cerraduras.
—¡Lucian!
—Es una broma.
—No lo parece.
Me eché a reír. Hundí la cara en su cuello, riendo y llorando a la vez, y él me abrazó con tanta fuerza que me costó respirar.
Nos dormimos así, enredados, bajo el cobertor de seda, con las velas consumiéndose sobre las mesillas y el fuego convertido en brasas. Por la ventana, entre las ramas desnudas de los manzanos, brillaban las estrellas, nítidas y pequeñas, como alfileres sobre un terciopelo negro.
Despertó antes que yo. Lo supe porque noté que se movía, que se deslizaba con cuidado fuera de la cama, que cruzaba la habitación descalzo.
Abrí un ojo. La luz gris del alba entraba por las cortinas.
Lucian, con la camisa a medio abotonar y el pelo revuelto, estaba de pie junto a la mesita, y miraba algo con una sonrisa.
—¿Qué haces? —murmuré.
—Nada. Vuelve a dormir.
—¿Qué miras?
—El tablero.
Me incorporé. En la mesa, bajo la ventana, alguien, la señora Oakley, sin duda, había colocado el tablero de ajedrez de la biblioteca, con la partida interrumpida. Lucian se había quedado de pie ante él, con una pieza entre los dedos. El alfil. El que yo había movido sin permiso la primera mañana.
—Es tu jugada —dijo.
—¿Mía?
—Tú moviste el alfil. Yo contesté con un peón. Ahora te toca.
—Eso fue hace una semana.
—Y sigue siendo tu turno.
Salí de la cama envuelta en la sábana. Me acerqué. Estudié el tablero con los ojos entornados, con el pelo cayéndome sobre la cara, mientras él, a mi lado, esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa de paciencia infinita. Levanté la mano. Moví la dama.
—Jaque —dije.
Lucian miró el tablero. Después me miró a mí. Había en sus ojos una sorpresa tan genuina, tan desamparada, que me eché a reír a carcajadas.
—Eso no estaba previsto —murmuró.
—Pues prevéelo.
—No hay salida.
—No.
—Jaque mate en tres jugadas.
—En dos.
—Eres peligrosísima.
—Lo sé —dije—. Y tú eres mío.
Se inclinó. Me besó. Y la luz del primer sol, entrando de lado por la ventana, cayó sobre el tablero, sobre el anillo de mi dedo, sobre los dos, en la habitación llena de rosas.