Los que fueron, los que quedan
Capítulo XII
· · ·
Durante los días que siguieron a la gran noche del río, el tiempo pareció detenerse.
El mundo se volvió más lento, más denso.
Como si todos respiraran bajo el agua. Los sonidos llegaban apagados.
Las palabras costaban el doble. Y el dolor…
el dolor era una sombra que se deslizaba por las paredes, que se acostaba al pie de cada cama y que acompañaba a cada uno de los supervivientes sin pedir permiso.
Elswyth tardó tres días en volver a abrir los ojos.
Fue una mañana gris, sin lluvia, en la casa de Ilfrid.
Aethelwyn estaba sentada a su lado, hilando por costumbre, sin darse cuenta de que no había más hilo en la rueca.
El fuego chisporroteaba suavemente, y en el aire flotaba el olor a lavanda seca.
El primer parpadeo de Elswyth fue leve. Apenas un temblor en las pestañas.
Pero Aethelwyn lo vio. Dejó caer la rueca. Se inclinó sobre su hija.
—Estás aquí —susurró, temiendo que la voz rompiera el milagro.
Elswyth no habló. No podía.
Pero sus ojos, húmedos, se clavaron en los de su madre.
Y por un instante, fueron dos orillas que se volvían a tocar.
Desde entonces, la recuperación fue lenta. Una palabra al día. Un sorbo de caldo. Un paso, luego dos. Las heridas físicas sanaban, aunque el cuerpo aún dolía al moverse. La marca del hombro ardía a ratos, como si recordara por sí misma lo ocurrido. Elswyth no preguntaba por Wulfric.
Aún no.
Preguntó al quinto día.
Estaban solas. Aethelwyn le estaba cambiando el paño del hombro, con esa delicadeza suya de manos grandes, y Elswyth miraba al techo, y de pronto dijo, con una voz que no había usado todavía desde que despertó:
—¿Dónde está?
Aethelwyn no paró de hacer lo que hacía. Terminó de anudar. Alisó el borde. Le bajó la camisa.
Y luego se sentó en el borde del jergón, y le cogió la mano, y se la sostuvo con las dos suyas.
—No lo han encontrado, hija.
Elswyth no dijo nada.
—Lo buscaron tres días. Bajaron hasta el recodo grande y hasta más abajo. Fueron los hombres de aquí, gente que no lo conocía de nada, y estuvieron tres días con las pértigas en el agua, y no…
—Ya.
—Elswyth…
—Ya.
Se quedaron las dos calladas mucho rato. Fuera se oía a alguien partiendo leña, muy lejos, tac, tac, tac, con esa indecencia que tienen los ruidos normales cuando a uno se le acaba de caer el mundo.
Y entonces Aethelwyn dijo una cosa que llevaba dos días sin saber cómo decir.
—Tienen su nombre.
Elswyth giró la cabeza.
—¿Qué?
—Que aquí saben cómo se llamaba. Toda la ciudad. —Su madre tragó—. No lo hemos dicho nosotros, hija. Yo no he podido hablar en cinco días y Eadric menos. Lo has dicho tú.
—Yo no…
—Tú. —Aethelwyn le apretó la mano—. Estuviste tres días sin abrir los ojos.
Tres. Y no callaste ni uno. —Se le quebró algo en la voz, muy poco, y lo tragó enseguida—.
Todo el rato. Su nombre. Una vez, y otra, y otra.
Toda la noche. Las mujeres que te velaban se turnaban porque no lo aguantaban.
Wulfric. Wulfric. Wulfric. Como si llamaras a alguien que se está alejando.
Elswyth se quedó mirando el techo con los ojos muy abiertos.
No se acordaba de nada.
—Y aquí no habían oído ese nombre en su vida —dijo Aethelwyn—. Aquí no sabían ni que existía Caerwyc, hija. Para esta gente nosotros bajamos del agua como bajan los troncos. Pero te oyeron. Y ahora, en esta ciudad, hasta el último crío sabe que hubo un niño río arriba que se llamaba Wulfric.
Se limpió la cara con el dorso de la muñeca, deprisa, como quien se quita una mosca.
—Le van a poner una tumba. En el campo alto, con los suyos, con los señores y todo. —Meneó la cabeza, y no supo si aquello era hermoso o era una crueldad—. Sin cuerpo. Con el nombre nada más.
Y Elswyth, que no había llorado desde que despertó, que no lloró cuando le dijeron que su padre no estaba, que no lloró cuando le contaron lo de la balsa, se puso a temblar entera.
«Lo llamé tres días. Y no vino.»
—No me acuerdo —dijo—. Mamá, no me acuerdo de haberlo dicho.
—Ya lo sé.
—¿Y si lo dije mal? ¿Y si me equivoqué y…?
—Elswyth.
—¿Y si lo estaba llamando y él me oía?
Aethelwyn no le contestó a eso. No había respuesta. Se metió en el jergón con ella, como cuando era pequeña, y la abrazó por detrás, y le sujetó las dos manos contra el pecho para que no se las mordiera, y se quedó así hasta que la niña se durmió de agotamiento.
Luego se levantó, salió afuera, se apoyó en la pared de la casa de Ilfrid, en el frío, y allí sí.
Allí lloró ella, sin ruido, con la boca abierta y la mano encima, como lloran las mujeres que tienen que volver a entrar en un momento.
Dentro, la niña dormía por fin el sueño de los agotados.
Fue la última noche que se durmió así. Desde la siguiente, y durante muchos años, hubo una cosa que Elswyth hizo a oscuras, de cara a la pared, y que no le contó jamás a nadie.
Contaba las señales.
La marca de espuma en los juncos, un palmo por encima del agua.
El arroyo pardo dos días antes. Los perros de Dunstan mirando el bosque.
El viejo delante del roble, tardando, con la palma abierta en la raíz como se le pone la mano en el pecho a un enfermo.
Y aquel meneo de cabeza al final, pequeño, una sola vez, que no vio nadie más que ella.
Las había visto todas.
Todas.
Tenía once años y las había leído una por una, como le había enseñado el bosque, y una hasta la había dicho en voz alta, en el vado, delante de Maerwynn: que el agua se estaba quedando en algún sitio de arriba.
«El agua no se pierde. El agua espera.»
Y no se lo dijo a su padre, que sabía del río más que nadie. Ni a su madre. Se lo guardó, como se lo guardaba todo, en aquel mundo suyo de raíces y piedras húmedas, porque guardar era lo único que sabía hacer con las cosas grandes.
El único que hizo algo fue un viejo tuerto del que se rio la aldea entera.
«Yo sabía leer. Leí. Y no dije nada.»
Se dormía con los puños cerrados.
En otro extremo de la ciudad, Eadric el Tuerto también había comenzado a levantarse.
No aceptaba reposo. No quería ser servido.
Había pedido trabajar en la fragua. El herrero de Dunheath, reconociendo en él un alma herida que no sabría qué hacer sin hierro, le cedió un rincón.
Allí Eadric martillaba con furia contenida, como si pudiera, golpe a golpe, aplacar al río.
Aethelwyn, por su parte, no dormía más de unas horas.
Se levantaba temprano. Ayudaba en la cocina.
Se ocupaba de Elswyth. Lavaba. Servía. Estaba en todas partes menos en sí misma.
Había perdido a su esposo y a su hijo. Aún no sabía cómo hablar de ello.
Su rostro estaba seco. Sus manos, firmes.
Solo por las noches, cuando nadie la veía, se sentaba junto al fuego y apretaba contra el pecho sus manos.
El resto de los supervivientes de Caerwyc fueron alojados en casas diferentes. Nadie fue dejado atrás. Una anciana compartía habitación con una familia numerosa. El niño mudo era ahora ayudante en la panadería. Cada uno encontraba, poco a poco, un espacio.
Una noche de aquel primer invierno, en la casa de la familia grande que había acogido a la anciana de Caerwyc, alguien preguntó por los cuentos.
Fue ella, la vieja. Estaban las mujeres hilando junto a la lumbre, con Elswyth y su madre, y la vieja levantó de pronto la cabeza y preguntó, con esa voz de las que ya se pierden un poco, cuándo se contaban aquí los cuentos: si con la luna o cuando cayera.
Nadie entendió.
—Los cuentos —insistió—. En mi aldea eran cuatro. Uno para los niños. Uno para las mujeres. Uno para los hombres. —Se le fue la voz un momento, y volvió—. Y uno para los que ya no estaban.
Se hizo un silencio en el que solo se oyó la rueca.
Porque los de Dunheath pensaron en cómo decirle a aquella mujer que allí no había cuentos.
Y los de Caerwyc, que aquella noche en aquella casa eran tres, pensaron en un banco debajo de un roble, y en unos perros viejos sin nadie a los pies, y en que ya no quedaba en el mundo quien supiera despertar las historias.
Elswyth dejó el huso.
Y aquella noche, con once años y la voz de otro, contó el cuento de los gigantes.
Lo contó mal. Se saltó la mitad y confundió el final, porque se lo sabía como se saben los niños los cuentos: por el sonido, no por el orden. Era el que pedía siempre su hermano, a gritos, desde veinte pasos.
«Este era el tuyo.»
Pero lo contó con la luna fuera, como estaba mandado, y la vieja asintió con los ojos cerrados todo el rato, y al terminar dijo que sí, que era ese, y que mañana tocaba otro.
Cuatro historias había en Caerwyc.
De Caerwyc quedaba una niña que se sabía a medias la de los gigantes.
Con esa se empezó.
Dunheath… Dunheath respondió con una nobleza inesperada.
Los habitantes no hicieron preguntas. No impusieron reglas.
No ofrecieron lástima, sino presencia, tacto, compañía silenciosa.
Se organizaban turnos para llevar caldo a las casas.
Se colgaban linternas por las noches para espantar los malos sueños.
Los niños jugaban a poca distancia, con cuidado, como si supieran que la risa tenía que volver poco a poco.
Durante esa primera semana, el castillo se mantuvo reservado.
El niño que todos llamaban Alaric aún no despertaba.
Pero respiraba. Y eso bastaba.
La corona la trajo un barquero.
La había encontrado dos días después de la riada, en un remanso, enganchada en las cañas: un aro de avellano con las cintas deshechas y las flores podridas.
Entero. No sabía de quién era. La colgó de un clavo de su cobertizo porque le pareció mal tirarla, y cuando corrió la voz de que los del río iban a enterrar a sus muertos, la descolgó, cruzó la ciudad y fue preguntando por los de la aldea.
—Esto bajó con el agua —dijo, sin pasar de la puerta—. Digo yo que será de alguien.
Aethelwyn la cogió con las dos manos.