El hijo del río #3
Los pasos resonaban amortiguados en los patios. Las antorchas ardían bajo techados, como si tuvieran miedo de apagarse. El nombre de Aethelind no se pronunciaba. El de Edric tampoco. Y el niño… ese niño que dormía en el castillo era aún un misterio. Un milagro. Una historia a medio construir.
Morcar, esa noche, no salió de sus aposentos.
Había hecho lo necesario. Había dicho lo necesario.
Ahora el silencio trabajaría por él.
Mientras tanto, en la torre más cálida del castillo, el niño —el supuesto Alaric— seguía inmóvil. Respiraba, sí. Se le había dado caldo, ungüentos, y un lecho suave. Pero no se movía. No respondía. No lloraba.
Lo habían dejado dormir, cubierto con pieles, bajo la mirada de dos sirvientas que no se atrevían a hablar. Una de ellas rezaba en voz baja, como si temiera que el niño no fuera real, que fuera un fantasma traído por el río.
Pero estaba vivo.
Y eso bastaba. Por ahora.
La mañana llegó sin colores.
El cielo era de un gris seco, como ceniza arrastrada por el viento. La lluvia había cesado, pero los tejados aún lloraban. El aire tenía un olor nuevo: a leña mojada, a agua estancada, a tierra que había guardado secretos demasiado tiempo.
Aethelwyn despertó sin saber qué día era. El cuerpo le dolía. Los ojos se le resistían. El tacto de la manta sobre su piel parecía ajeno. A su lado, Elswyth dormía aún. Tenía las manos cerradas, como si soñara con agarrarse a algo que no quería soltar.
Eadric, en otra casa, ya estaba despierto. Había pedido una herramienta. No para trabajar. Solo para tocarla. Para recordarse quién era. La casa donde lo habían acogido era modesta, pero limpia. Había pan. Le ofrecieron caldo. Bebió en silencio.
En el castillo, las campanas no sonaron.
Morcar observaba desde una ventana lateral. El niño seguía en cama. No había despertado. Pero respiraba.
Y ese día, nadie hizo preguntas.
Solo aguardaron.
Con miedo.
Con esperanza.
Con el alma en carne viva.
La tragedia no había terminado.
Pero la vida… la vida había resistido.
Y eso, en aquellos tiempos, ya era una forma de victoria.
La habitación era cálida, pero aún olía a barro.
A pesar del fuego encendido en el brasero, del incienso ligero que las criadas habían traído de las despensas del ala sur, del ungüento perfumado con flor de saúco y romero que cubría la herida en la cabeza del niño… algo en el aire seguía oliendo a río. A madera mojada. A noche sin final.
El niño no despertaba.
Respiraba. Sí. Su pecho subía y bajaba con regularidad. Sus labios estaban algo menos pálidos. Sus párpados, menos hinchados. El cuerpo, envuelto en sábanas de lino limpio, temblaba a ratos. Se movía muy poco. A veces, un dedo. A veces, un pie. Pero no abría los ojos. No decía nada.
Morcar, sentado en una silla junto al lecho, lo observaba sin pestañear.
Tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, y la mirada fija en la cara del niño, como si de ella dependiera su respiración.
No había dormido. No había comido. El agua de lluvia aún le empapaba el dobladillo de la túnica.
El cabello se le había secado mal, con mechones alzados en todas direcciones. Pero no le importaba.
Ese silencio le era familiar.
Morcar recordaba cuando era joven, cuando soñaba con títulos y tierras que no le pertenecían. Sabía que en este mundo no se heredaba por justicia, sino por oportunidad. Y la oportunidad se le había presentado, envuelta en barro y sangre, en forma de un niño que no recordaba su nombre.
El supuesto Alaric.
Aquel al que ahora todos nombraban con reverencia. El niño que había sobrevivido a la furia del río, a la pérdida de sus padres, al golpe de la piedra.
El niño que… no era Alaric.
Pero ahora… ¿quién podía desmentirlo?
Morcar se levantó, caminó lentamente hasta la ventana, y descorrió un poco la tela gruesa que cubría la luz. La ciudad, más allá de los cristales, aún estaba callada. El cielo, estirado y blanco, como una sábana recién tendida. Las casas humeaban. Nadie cantaba. Nadie reía.
El luto comenzaba a extenderse.
Como un manto pesado sobre cada tejado.
Se volvió hacia el lecho.
El niño se agitó.
Un sobresalto breve. Un quejido ahogado, como si el río aún viviera en su garganta. Los dedos se crisparon. El rostro se torció un instante. Luego, volvió a hundirse en la calma del sueño. Pero en ese gesto mínimo, Morcar lo entendió: el niño estaba allí dentro. Atrapado.
Quizá no supiera quién era.
Quizá no recordara lo que había sucedido.
Quizá… jamás lo recordaría.
Y eso, pensó Morcar, era su mayor bendición.
Porque si el niño despertaba sin nombre, sin recuerdos, sin lengua con la que negarse…
entonces él, Morcar, podría ponerle uno.
El tío caminó de nuevo hacia la cama. Se inclinó sobre el niño. Le observó la frente vendada, el cabello seco, la comisura de los labios.
Le susurró:
—Descansa, hijo. El mundo esperará a que recuerdes.
El niño no respondió.
Pero en su sueño, una lágrima solitaria rodó desde la sien hasta el cuello, sin que nadie pudiera decir si era de dolor… o de algo más profundo.
Morcar volvió a sentarse. Y aguardó.
La ciudad también aguardaba.
El castillo también.
Todos aguardaban a Alaric.
Y solo el río, en la distancia, parecía saber la verdad.