Voces bajo el roble
Capítulo IX
· · ·
La primavera había llegado a Dunheath, pero no con alegría.
La escarcha aún se resistía a morir en las sombras de los establos.
El grano almacenado durante el invierno comenzaba a escasear, y aunque las rutas de comercio aún estaban abiertas, el rumor de saqueos en los caminos del sur preocupaba incluso a los más confiados.
No era hambruna aún, pero olía como tal.
Y lo que se huele, pronto se convierte en verdad.
Fue entonces cuando Morcar pidió audiencia formal.
No lo hacía a menudo. Prefería los comentarios al pasar, las sugerencias en los paseos, las frases dichas entre juegos y cenas. Pero esa mañana llegó con el rostro firme, el jubón bien cerrado, y un rollo de pergamino sujeto con cordel rojo.
Aethelind y Edric lo recibieron en la sala del roble, la estancia más antigua del castillo, donde aún se conservaban las vigas originales, ennegrecidas por el tiempo y pulidas por las generaciones.
Era allí donde se discutían los asuntos más serios, porque el silencio que reinaba bajo esas maderas no admitía ligereza.
Alaric estaba allí también. Sentado en el suelo de piedra, sobre una alfombra gruesa, empujando su velero de madera por la lana como si fuera agua, con la lengua asomada por la concentración.
Tenía juguetes mejores a dos pasos, en un arcón, y no los había abierto en su vida.
No prestaba atención directa, pero no dejaba de estar atento.
Jugaba con la mirada fija en el suelo, pero sus oídos, como los de todos los niños sensibles, no ignoraban nada.
—Mi preocupación es sencilla —comenzó Morcar, desplegando el pergamino sobre la mesa central—.
La situación en el norte ha empeorado. Se han perdido dos caravanas en las rutas de Westmere.
Las noticias del este no son mejores. En Belcliff han decretado un aumento del diez por ciento en los tributos de primavera.
Y en Caermoor ya se habla de cierres parciales en los mercados rurales.
Aethelind no respondió. Edric cruzó los brazos, apoyado en el respaldo de su silla.
—Lo sabemos. También hemos recibido noticias. —Su voz era firme, aunque contenía el gesto de escuchar—. Pero esas decisiones que mencionas no han traído paz a esos lugares, sino miedo.
—Miedo, sí —concedió Morcar, sin levantar la voz—.
Pero también control. Estabilidad. Las reservas crecen.
La milicia se refuerza. Aquí en Dunheath aún vivimos del equilibrio, del comercio, del favor de los vientos.
Pero si las rutas se cierran… si el puerto se vacía…
dependeremos solo de lo que tenemos. ¿Y qué tenemos?
—A nuestro pueblo —respondió Aethelind, con tono sereno pero firme—. Y el pueblo no es una fuente que se pueda exprimir. No son sacos de trigo. Son manos. Corazones. Son los que hacen que Dunheath exista.
Morcar asintió, lentamente. Sus dedos alisaban el borde del pergamino como si quisiera domarlo.
—Y precisamente por eso debemos protegerlos.
Anticiparnos. Os propongo aumentar moderadamente los aranceles del puerto en primavera y otoño.
También un pequeño impuesto adicional sobre las ventas de los gremios.
Nada excesivo. Nadie pasará hambre por ello.
Pero nosotros… nosotros podremos almacenar.
Comprar cereal. Armar refuerzos. Prepararnos. Ser previsores no es ser crueles.
Edric observó a su esposa. Aethelind no apartó la vista de Morcar.
—¿Y cuándo nos convertimos en señores de muros altos y puertas cerradas? —preguntó ella—. ¿Cuándo dejamos de escuchar a nuestros propios artesanos para firmar decretos de oro en las torres?
Morcar suspiró, con gesto teatralmente cansado.
—Aethelind… tu compasión es admirable. Y Edric, tu rectitud es digna de cantar. Pero no siempre se puede gobernar con la balanza del corazón. Hay momentos en que se deben tomar decisiones impopulares. Pensad en Alaric. ¿Acaso no deseáis dejarle una ciudad segura? Fuerte. Rica.
Y fue entonces, como si hubiera oído su nombre sin que lo llamaran, cuando Alaric levantó la cabeza.
—Papá —dijo con voz clara, sin dejar de jugar—. ¿Por qué necesitamos más oro si tenemos comida?
Edric sonrió suavemente, sin sorpresa.
—Porque si se acaban los barcos o llega la tormenta, necesitaremos comprar más.
Alaric reflexionó. Luego miró a su madre.
—¿Y no es mejor que cada uno traiga lo que tenga, y lo juntemos? Como cuando hicimos el festín de la colina.
Aethelind bajó la cabeza y sonrió. Morcar forzó una mueca que imitaba una sonrisa, pero no le llegó a los ojos.
—Una lógica sencilla, pero noble —dijo Edric, y tomó la palabra—.
Lord Morcar… valoramos tus propuestas. Pero no tomaremos decisiones que alteren el alma de Dunheath.
Si llega el momento de reunir, lo haremos con el pueblo, no a costa de él.
Abriremos los graneros, no las manos para pedir más.
Somos señores, sí. Pero solo porque hemos sido elegidos por nuestra gente, aunque nunca lo dijeran en voz alta.
Morcar guardó silencio unos segundos. Luego enrolló el pergamino con calma, y lo dejó sobre la mesa.
—Como digáis, mi señor. Solo espero que la primavera no nos llegue tan vacía como las despensas de Caermoor.
—Ni tan llena de temor como las salas de Belcliff —respondió Aethelind sin inmutarse.
El casco de madera del velero rozó levemente el suelo. Alaric lo empujaba por el borde de la alfombra, murmurando sonidos de batalla, sin saber aún que acababa de tomar su primera decisión política.
Morcar se inclinó en señal de respeto, se retiró con pasos lentos y controlados.
Y Aethelind, al quedarse sola con Edric y su hijo, no dijo palabra. Solo miró la puerta por donde Morcar se había desvanecido como una brisa helada, y en sus ojos claros, por primera vez en mucho tiempo, una sombra comenzaba a nacer.
La noche en Dunheath caía con lentitud, como si le pesara desprenderse del día.
Las antorchas encendidas en las calles del puerto iluminaban el humo que salía de las chimeneas bajas, y los olores se mezclaban en una bruma espesa: alquitrán, pescado seco, pan moreno, y ese regusto metálico del río que nunca se marchaba del todo.
Morcar caminaba sin prisa, envuelto en una capa oscura, el rostro oculto bajo la capucha.
Sus botas pisaban charcos sin esquivarlos.
Conocía el camino. No necesitaba mirar más que una vez para orientarse.
A diferencia de Edric, él no evitaba ciertos rincones de la ciudad.
Le gustaba conocer todos los recovecos del lugar que —en su mente— algún día sería suyo.
Entró por una puerta sin cartel, flanqueada por un tablón astillado y una linterna cubierta de hollín.
El interior estaba envuelto en penumbra y humo.
La Taberna del Anzuelo Hundido era un lugar donde la nobleza no tenía nombre, donde los aranceles se discutían entre copas, y donde los hombres hablaban con la lengua más suelta que la bolsa.
Tres figuras lo esperaban junto a una mesa del fondo, cerca del hogar. No se levantaron al verlo. Ya sabían que él no lo esperaba.
—Bienvenido, mi señor —dijo el primero, un comerciante de sal llamado Raddulf, cuyas cejas pobladas ocultaban unos ojos astutos—. Pensamos que esta noche os quedaríais en la torre alta.
—Allí el aire está enrarecido últimamente —respondió Morcar, sentándose—. Demasiada virtud para respirar con libertad.
El segundo, un curtidor venido a menos conocido como Gaston de Erlen, soltó una risa áspera, rota por el vino.
—Dicen que la virtud da pan. Pero yo solo he visto que da hambre.
—Y discursos —añadió el tercero, un escribano expulsado del archivo de Belcliff, llamado Osric el Gris—. Lo que Dunheath necesita no son cuentos de honra, sino fundaciones de poder. Piedras que duren.
Morcar observó el fuego. Jugaba con el borde de su copa, sin beber.
—El linaje de Brynhaeth ha traído paz a esta ciudad —dijo, sin burla—. ¿Os parece poco?
Raddulf escupió en la copa vacía.
—Paz. Y pan con agua.
—Hay trigo bajo las baldosas del puerto —dijo Osric—. Oro en los cofres de los gremios. Y barcos en el mar que pagan menos que los molineros de la colina.
Gaston se inclinó sobre la mesa, con voz más baja.
—Y vosotros sabéis… que todo eso podría cambiar con unas pocas firmas. Unas tasas. Una carta de puño noble. Un nuevo guardián del puerto.
Morcar no respondió enseguida. La luz del fuego bailaba en sus pupilas. El vino, sin tocar. El silencio, como siempre, era su arma más afilada.
—El pueblo ama a Edric —dijo, por fin—. Y venera a Aethelind. No se les puede arrancar del trono con ruido. Hay que… facilitar la transición. Desde dentro.
—O dejar que el mundo haga su parte —dijo Osric, más sombrío—. Las estaciones no perdonan. Y los corazones hambrientos, menos aún.
Morcar asintió lentamente, sin mostrar emoción.
—Si llega la penuria… que los ojos se vuelvan hacia quien tiene las respuestas.
Raddulf alzó la copa, grasienta, y murmuró:
—Por el cambio.
—Por el futuro de Dunheath —añadió Morcar, sin levantar la suya.
La taberna siguió su vida. Afuera, el viento comenzó a soplar más fuerte, trayendo olor de algas y herrumbre. Dentro, los dados golpeaban la madera, las copas chocaban, y las palabras de Morcar se quedaban flotando en el humo, como una promesa que aún no ha aprendido a gritar.
Los meses que siguieron fueron el principio de algo invisible, pero constante, como la humedad que se filtra en los cimientos de una casa sin hacer ruido, hasta que una mañana el muro se agrieta.
Morcar no volvió a hacer propuestas abiertas.
No habló más de aranceles ni de reformas fiscales en los salones del castillo.
Mantuvo su lugar en los banquetes, acompañó a Alaric en los paseos, elogió las decisiones de Edric en público, y se retiraba siempre con una sonrisa.
Pero tras esa sonrisa, comenzaba a moverse una red.