CAPÍTULO VEINTITRÉS
Cuatro llamadas
La segunda vez que su madre se lo pidió fue en junio.
La salud de Edmund se había estado deteriorando desde marzo —desde la conversación en el salón, desde el sé que no tengo derecho a pedirte esto — y el deterioro tenía el sello que Edmund le ponía a todo: progresivo, deliberado, meticuloso.
Sus pulmones estaban perdiendo la batalla con la respiración más rápido de lo que los médicos habían predicho.
Usaba oxígeno durante el día ahora, no solo de noche.
Había dejado de trabajar por completo. Se movía por la casa despacio, con el bastón que siempre había llevado pero que nunca había necesitado antes.
Su madre llamó un domingo por la tarde.
—Está peor —dijo. Sin preámbulo, sin la cuidadosa gestión que solía añadir a la información difícil. Solo eso, sin adornos. Está peor.
—¿Cuánto peor? —dijo Daniel.
Se lo contó. El oxígeno, la movilidad reducida, las mañanas que ahora estaban iban más allá de ser difíciles —que eran, dijo, en la voz callada de alguien que ha estado haciendo algo sola durante demasiado tiempo, realmente complicadas de manejar para ella sola.
Trabajaba. No podía estar allí cada mañana.
Había vuelto a mirar el precio de un cuidador profesional y el coste seguía estando lejos de lo que se podían permitir.
—Daniel —dijo. Y entonces se detuvo. Y esa pausa lo contenía todo —los años de apartar la mirada, los años de la luminosidad forzada y la interpretación de un papel, el fregadero de la cocina y lo estás haciendo muy bien. Todo aquello comprimido en la pausa antes de su nombre y el silencio después.
—Mamá —dijo él.
—Lo sé —dijo ella—. Sé lo que te estoy pidiendo.
Sé lo que te estoy pidiendo que hagas y sé…
—Se detuvo otra vez—. Sé que no es sencillo.
Sé que hay cosas entre Edmund y tú que yo nunca…
que debería haber… —Se detuvo por tercera vez.
Él nunca la había oído detenerse tantas veces durante una conversación entre ellos —.
Lo pido de todos modos —dijo—. Porque no sé qué más hacer, estoy desesperada.
Daniel se sentó en su piso y miró la pared y sintió el peso en la voz de su madre —no la voz luminosa, no la voz forzada, sino esta, la de debajo, la que siempre había estado ahí y que él había oído tan rara vez que parecía estar hablando con una persona distinta.
—Lo pensaré —dijo.
—Gracias —dijo ella. Como si pensarlo supusiera de por sí un gran esfuerzo.
Lo pensó durante dos semanas. Lo pensó con la misma meticulosidad sistemática que había llevado a cada examen que había realizado anteriormente de aquella pregunta, planteando los mismos argumentos en el mismo orden y llegando al mismo sitio.
El techo. Las tardes de los miércoles. Nochebuena y el no repetido tres veces .
Las cosas que no cambiaban porque habían sucedido y no podían ser simplemente borradas.
La arquitectura precisa de todo lo que había construido desde que se fue de casa.
Al cabo de dos semanas la llamó.
—No puedo —dijo—. Lo siento, mamá. No puedo.
Ella estuvo callada un momento.
—De acuerdo —dijo.
Notó como la luminosidad forzada en la voz de su madre había vuelto. Podía oírla reensamblándose, y sintió el dolor de alguien observando a una persona levantarse por sí misma del suelo porque no hay nadie dispuesto a ayudarle.
—De acuerdo —dijo ella otra vez—. Me las arreglaré.
Se quedó de pie en su cocina después de que terminara la llamada contemplando la ciudad más allá de la ventana.
Sintió cómo ese sentimiento al que no había puesto nombre se asentaba en su interior con algo parecido a la resignación, asentándose en el lugar hacia el que había estado moviéndose durante todo el año.
Se había endurecido ligeramente. Tenía una forma ahora.
Podía sentir sus bordes. No podría haberle descrito aquellos bordes a nadie —no podría, de hecho, describirselos a sí mismo.
La descripción no era algo que este sentimiento, que se estaba convirtiendo en algo diferente pero todavía sin nombre, permitiera— lo que sí tenía claro era que se había vuelto más sólida de lo que había sido la tarde anterior, y estaba comenzando a adquirir un tamaño considerable dentro de su pecho.
Pensó: esto también pasará.
Había empezado, por aquella época, a sospechar que aquello no era estrictamente cierto.
El razonamiento al que había llegado tenía sentido, los argumentos eran sólidos, sin embargo, los argumentos y el razonamiento juntos no estaban haciendo más pequeña a la cosa sin nombre.
Se estaban disponiendo en torno a ella. La estaban haciendo adquirir una forma más íntegra, más real.
La tercera vez fue en septiembre.
No habló con Edmund directamente. Edmund había decidido, después de la conversación de marzo, optar por el silencio en relación a Daniel.
Este silencio no poseía la cortesía calculada de los años posteriores a Nochebuena —no afilado, no deliberado— sino simplemente el silencio de un hombre que ha pedido algo y tras ser rechazado ha decidido rendirse.
Su madre era la intermediaria ahora, lo cual era un papel que llevaba practicando todo su matrimonio sin saberlo.
Llamó un martes por la mañana. Su voz apagándose poco a poco, sin luminosidad alguna.
A Edmund lo habían hospitalizado durante cuatro días.
Una infección de pecho, lo que en una persona con pulmones sanos habría sido una molestia, en Edmund era una crisis.
Había vuelto a casa, pero la hospitalización le había quitado algo que no había vuelto de nuevo —alguna reserva, algún último recurso de la autosuficiencia que había mantenido hasta ahora contra el avance de la enfermedad.
Estaba, dijo ella, asustado. Usó la palabra con cuidado, como si fuera una palabra que no estaba segura de que estuviera permitido usar con Edmund y la estaba usando de todos modos porque ninguna otra palabra serviría.
Edmund Hale estaba asustado.
Daniel se quedó con aquello.
Se quedó con aquello, lo sintió y no supo qué hacer con la sensación que esto le producía, lo cual no era lo mismo que no saber qué sentía.
Sabía qué sentía. Un sentimiento que le incomodaba profundamente e incluso le enfadaba—el fantasma de la compasión que llegaba sin invitación y se situaba adyacente a todo aquello a lo que no tenía derecho de estar adyacente.
—Está preguntando por ti —dijo su madre—. No te lo pido yo. Te lo está pidiendo él.
Daniel cerró los ojos.
—Él no utilizaría las mismas palabras —dijo ella—. Él jamás… ya sabes cómo es. Pero me preguntó si había hablado contigo recientemente. Dos veces en un día. Para Edmund eso es… —Hizo una pausa—. Eso es insistir.
Daniel se sentó en su piso con los ojos cerrados y pensó en la imagen de Edmund asustado.
Pensó en aquello con la misma franqueza con la que lo había hecho en la oscuridad la noche anterior mientras daba vueltas a las implicaciones de lo que estaba haciendo, con la franqueza que evitaba el razonamiento e iba directa al sentimiento.
¿Cómo se sentía ser Edmund Hale, enfermo y asustado, en una casa con sus pulmones deteriorándose, una mujer totalmente sobrepasada y un hijastro que no iba a venir?
Él sabía cómo se sentía necesitar a alguien que no iba a venir.
Abrió los ojos.
—No puedo —dijo—. Lo siento.
Su madre no dijo nada un momento. Después:
—Lo sé —dijo. En voz baja. En el tono de alguien que ha sabido durante mucho tiempo y ha deseado haber estado equivocada.
La cuarta vez fue en diciembre.
Su madre no llamó. Mandó un mensaje, lo cual era inusual —no era una mujer que comunicara cosas importantes por mensaje, que creía que el teléfono era para conversaciones de verdad y que los mensajes eran para asuntos sin importancia.
El mensaje decía: Edmund está muy mal. Los médicos dicen que le quedan semanas en vez de meses. Por favor, ven si puedes.
Daniel leyó el mensaje un jueves por la mañana mientras estaba de pie en su cocina bebiéndose el café. Lo leyó dos veces. Se metió el teléfono en el bolsillo. Se quedó de pie en la ventana de la cocina y miró la calle de abajo, la mañana de diciembre oscura y fría, la ciudad ocupada en sus asuntos.
Pensó en el techo de su dormitorio de la infancia.
La grieta finísima desde el plafón hasta el rincón sobre el armario.
La mancha de humedad a la izquierda de la ventana, aproximadamente circular, que parecía una cara bajo cierta luz.
Había contado los segundos entre los coches que pasaban.
Había pensado en criaturas de las profundidades que habían evolucionado en oscuridad total. Había estado muy quieto.
Pensó en todo aquello, dio un sorbo al café y pensó en semanas en vez de meses y pensó: ve. Simplemente ve. Coge el coche y ve.
Se quedó en la ventana mucho tiempo.
No fue.
Contestó por mensaje: Intentaré ir pronto. Espero que mejore.
Se metió el teléfono en el bolsillo, se terminó el café y el jueves continuó a su alrededor y nunca fue.
Edmund murió un martes de enero, a las seis y veinte de la mañana, con la madre de Daniel a su lado y Daniel a tres horas de distancia en su piso, dormido.
Su madre llamó a las seis y media. Él contestó al segundo tono —algo lo había despertado justo antes de que sonara el teléfono, alguna perturbación en la textura del aire, algún cambio en su presión barométrica que no podía justificar— y ella dijo su nombre y él lo supo antes de que dijera ninguna otra cosa.
—Se ha ido —dijo ella.
Daniel se sentó en el borde de su cama en la oscuridad de enero y dijo:
—Voy.
—No hay prisa —dijo ella—. Está hecho.
Subió en coche aquella mañana a través del paisaje gris de enero, la autopista y luego las carreteras familiares, luego la calle y, por último, la casa donde había crecido, donde Edmund se había quedado de pie en umbrales y había corregido su postura y había dicho las usas para esconderte, es una forma de cobardía , donde su madre le había pasado platos junto al fregadero de la cocina y había dicho lo estás haciendo muy bien , donde una Nochebuena él había dicho no tres veces en una voz que no había sabido que tenía.
Su madre estaba en la puerta. Lo abrazó durante mucho tiempo.
Por encima de su hombro él podía ver el salón. El sillón, vacío ahora, simplemente un sillón corriente, la habitación se sentía ya ligeramente distinta del modo en que las habitaciones se vuelven distintas cuando la persona que organizaba el espacio en torno a su presencia ya no está.
Sostuvo a su madre y miró el sillón vacío y sintió esa sensación que estaba adquiriendo una forma cada vez más precisa por debajo del razonamiento, sentándose en su pecho como una piedra que había estado allí tanto tiempo que se había convertido en parte del paisaje.
Pensó: podría haber venido. Podría haber venido cualquiera de las cuatro veces y no vine y ahora no hay vuelta atrás porque está hecho, el sillón está vacío y la casa ya se siente distinta. Está hecho.
Sostuvo a su madre.
No lloró. No había llorado desde que tenía nueve años y había decidido, sin saber cuándo lo había hecho, que las lágrimas eran algo que se hacía en privado o no se hacía.
Estaba más delgada. Lo notó con una falta de empatía que no podía, ni siquiera en el momento, justificar —esa pequeña parte clínica de su atención que siempre había operado por debajo de la parte emocional, que había sido entrenada en la infancia para tomar notas independientemente de lo que la parte emocional estuviera tratando de procesar.
Estaba más delgada y estaba más pálida y su mano sobre la espalda de él, donde descansaba mientras lo abrazaba, tenía una ligereza particular que no era la ligereza de una mano en reposo sino la ligereza de una mano que se había quedado sin fuerzas con las que apretar.
Lo registró todo y decidió apartarlo del primer plano de su mente.
Siguió sosteniendo a su madre, miró el sillón vacío y la parte de él que estaba tomando notas archivó las observaciones bajo el encabezado después.
Después era un lugar dentro de su mente que él había usado, desde la infancia, para guardar esas cosas que no tenía la energía para mirar ahora.
Después se había convertido, a lo largo de los años, en una habitación muy grande y en la cual empezaba a faltar espacio.
Se quedó de pie en el umbral de la casa de su infancia sosteniendo a su madre mientras miraba el sillón vacío y sintió que la piedra en su pecho se estaba haciendo más pesada y se empezaba a sentir como suya, de su propiedad.