CAPÍTULO VEINTICUATRO
Lo que siempre estuvo allí
La conversación con su madre se prolongó durante dos horas.
Se pasó la mayor parte de la misma caminando por la cocina bebiendo una taza de café tras otra, esta vez instantáneo, necesitaba las dos manos para usar la prensa francesa, al mismo tiempo fuera del piso la mañana de julio se convertía en la tarde de julio mientras él hablaba.
No había hablado así antes. Había hablado anteriormente del tema pero dando círculos, rodeando el centro pero sin llegar a acercarse lo más mínimo a él.
Con el cuidado de alguien que sabe dónde está el centro sabe pero sabe que no se aproximará a él directamente.
Esto era distinto. Estaba abriéndose en canal.
Le contó lo de las noches. La respiración, las palabras, la figura en el ascensor, el pasillo y a los pies de la cama.
Le contó lo de la mano en su hombro, la presencia en el umbral bloqueando su paso y despertarse incapaz de respirar.
Le contó lo de Marcus —el café, las películas, el sofá del piso orientado al sur, la mano por encima de la mesa que había sido apartada con cuidado. Le contó lo de la lista.
Ella escuchó. Hizo los sonidos de alguien escuchando —las pequeñas afirmaciones, la pregunta ocasional, la cualidad concreta de un silencio que está haciendo sitio en lugar de retirándose. No la había oído escuchar así antes. O quizá ella siempre le había escuchado pero él nunca había hablado así.
Cuando terminó hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—Daniel —dijo ella—. ¿Cuánto tiempo llevas solo en ese piso?
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir… ¿cuándo saliste por última vez? ¿Cuándo viste a alguien en persona por última vez? No a Marcus. A otra persona.
Abrió la boca para responder y se encontró con que la respuesta no estaba donde esperaba encontrarla.
La buscó del modo en que se busca algo que estabas sosteniendo hace un momento y que has soltado en alguna parte sin notarlo.
Buscó un recuerdo concreto —una tienda, una calle, una cara— y se encontró en cambio con la imagen de la ventana de su cocina.
La calle vista desde arriba. La ciudad haciendo sus asuntos mientras él la observaba desde las alturas.
—No estoy seguro —dijo.
Otro silencio.
—Voy para allá —dijo su madre—. Mañana por la mañana. No me digas que no.
—No iba a hacerlo —dijo él.
Colgó el teléfono y se quedó de pie en la cocina pensando en la pregunta que le había hecho.
Cuánto tiempo llevas solo en ese piso. Pensó en las mañanas frente a la ventana.
Las tardes que se fusionaban con las noches.
La lista en el cajón de la mesa con sus catorce entradas y las cosas que aparentemente habían sucedido y que no podía justificar.
Se concentró en recordar la tienda de la esquina donde había comprado granos de café…
¿cuándo? Pensó en la última vez que había estado de pie en la acera fuera del edificio y había sentido el peso y la textura concretas del aire del exterior.
No podía recordarlo.
Fue a la mesa. Abrió el cajón. Sacó el cuaderno y la lista y se sentó a la mesa. Miró ambos repetidamente.
Abrió el cuaderno por la última entrada: Lunes — encontré la lista otra vez. Catorce entradas. Una de ellas menciona que Edmund preguntaba por mí. Edmund lleva muerto tres años. No sé qué está pasando.
Pasó a una página nueva.
Escribió: Hoy — llamé a mamá. Viene mañana. Me preguntó cuánto tiempo llevo solo en el piso. No supe qué contestar.
Miró la lista. Las catorce entradas. Los paseos, las llamadas, el café con Marcus y la película japonesa. Escribió: Creo que no he salido del piso.
Miró lo que había escrito.
Escribió: Creo que Marcus no es…
Se detuvo.
Miró lo que había escrito y no lo terminó. Cerró el cuaderno y lo volvió a meter en el cajón.
Se fue a la cama.
No durmió aquella noche.
Se tumbó en la oscuridad y la respiración estaba allí —omnipresente, distribuida por todo el piso, la misma sensación húmeda que siempre había tenido— y las palabras llegaban a intervalos, las mismas tres palabras, paciente y certera: es la hora. Es la hora. Es la hora.
—Lo sé —dijo Daniel. A la oscuridad, a la respiración, a lo que fuera que llevaba viviendo con él tres años—. Sé que es la hora. No estoy listo.
Es la hora.
—Sé quién eres —dijo. Y entonces se detuvo.
Porque lo había dicho sin saber que iba a decirlo, y ahora estaba en la habitación.
Estaba diciendo la verdad, o casi la verdad, se estaba situando en ese lugar donde la verdad empieza antes de que puedas mirarla directamente a los ojos.
Sabía quién era la presencia. Siempre lo había sabido.
Cerró los ojos.
Pensó en la voz de su madre por teléfono. La voz sin rastro alguno de la luminosidad forzada. La que había dicho cuéntame a las cinco de la mañana, había escuchado, y venía mañana. Trato de recordar la cualidad concreta de su abrazo cuando llegó a la casa después de la… después de…
Se detuvo.
Algo estaba mal. Algo en la secuencia de los hechos — después de… — el pensamiento se estaba enganchando con algo, con algo que era incapaz de identificar, del mismo modo en que un hilo se engancha con un clavo que no debería estar allí.
Se quedó tumbado en la oscuridad y respiró. Decidió no perseguir el hilo y se quedó dormido.
Por la mañana fue a la mesa.
Sacó el cuaderno. Leyó las catorce entradas despacio, una por una, con la atención plena de alguien buscando algo que no está seguro de querer encontrar.
Lo encontró en la séptima entrada.
Miércoles — Marcus vino. Hablamos de mamá.
La miró fijamente.
No tenía recuerdo de aquello. No tenía recuerdo de Marcus viniendo un miércoles y hablando con él de su madre.
Intentó localizar la conversación —qué se había dicho, en qué habitación, sobre qué— y no encontró nada.
No la ausencia de detalles sino la ausencia del suceso en sí. Un miércoles que no existía.
Y entonces, debajo, la entrada ocho: Jueves — mamá llamó. Sonaba cansada.
Miró aquello.
Su madre lo había llamado la mañana anterior. Él la había llamado, y habían hablado durante dos horas. Llegaría hoy. Habló con ella justo ayer —no un jueves sino un día completamente distinto— y él había sido el que llamó, no ella.
No había hablado con ella antes de hacerlo el día anterior desde —intentó recordar, intentó localizar la última llamada antes de la de ayer— semanas. Quizá meses. La intención-de-llamar estuvo presente durante mucho tiempo sin llegar a concretarse.
Jueves — mamá llamó. Sonaba cansada.
Su madre no había llamado un jueves. Su madre no había llamado en absoluto. Él lo hizo después de meses dándole vueltas a una hipotética llamada que no llegaba.
Dejó la lista.
Cogió el bolígrafo.
Abrió el cuaderno por una página nueva.
Y entonces sucedió algo que no podía explicar y que ni siquiera se esforzó en hacerlo —su mano empezó a moverse a lo largo de la página con una velocidad y una presión que no era su escritura habitual, no la letra cuidadosa y precisa de sus entradas anteriores, sino algo incontrolable y salvaje, algo que llevaba mucho tiempo esperando para ser escrito y que lo estaba haciendo sin que él pudiera controlarlo.
Escribió: MARCUS NO ES REAL.
Lo miró.
Lo escribió otra vez.
MARCUS NO ES REAL.
Y otra vez.
MARCUS NO ES REAL.
Pasó la página.
MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL.
Pasó la página.
MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL. MARCUS NO ES REAL.
Pasó la página y el bolígrafo siguió moviéndose, las palabras siguieron apareciendo sobre el papel mientras él las escribía en una letra que no le pertenecía, una letra que llevaba meses construyendo el caso entrada a entrada, página a página, esperando a que él estuviera listo para leerlo.
Pasó otra página.
Se detuvo.
Se quedó sentado a la mesa con el bolígrafo en la mano y el cuaderno abierto por una página cubierta de las mismas cuatro palabras en mayúsculas.
El piso mientras se encontraba en silencio, la mañana de julio seguía transcurriendo fuera y la respiración no estaba allí —por primera vez en tres años, la respiración no estaba allí en ninguna de sus formas.
El silencio era absoluto.
Se sentó en el silencio, lo respiró y llegó incluso a sentirlo del modo en que se siente la ausencia de un dolor que se ha tenido durante tanto tiempo que has olvidado que estaba ahí.
Después comenzó a reflexionar con la honestidad con la lo había logrado en la oscuridad a las tres de la madrugada: si Marcus no es real.
Entonces el piso de al lado. El 7A. La ventana orientada al sur, el café, la película japonesa y la mano por encima de la mesa.
Pensó: todo aquello. Todo aquello era yo. He estado solo todo este tiempo.
Pensó: nunca he salido de este piso.
Miró por la ventana. hacia la calle de abajo. La ciudad ajetreada con sus asuntos. Pero, durante cuánto tiempo.
La clave estaba encerrada en esa pregunta cuánto tiempo.
Era una pregunta que necesitaba una respuesta clara y no estaba dispuesto a encerrarla en ese rincón de su mente en el que se negaba a mirar.
Se había mudado a este piso a los veinticinco, hacía tres años, en las semanas posteriores al funeral.
Se había cogido tiempo libre del trabajo.
Les había dicho a sus colegas que necesitaba estar solo un tiempo.
Había —intentó recordar la secuencia concreta— vuelto al trabajo unas semanas después de aquello, brevemente, y luego había pedido una excedencia que se había alargado, tras hablarlo con la empresa.
Por último, y después de llegar a un acuerdo cuyos términos no podía traer del todo a la mente, se había vuelto innecesario que acudiera a la oficina ya que podía hacer la totalidad de su trabajo desde casa.
No lo habían despedido. Estaba casi seguro de ello.
De hecho, no recordaba haber hablado con nadie acerca de su trabajo durante los últimos meses, lo cual en su momento le había parecido una pequeña nimiedad pero ahora que lo pensaba con detenimiento carecía de sentido. .
Había un hombre en la tienda de la esquina.
El correo seguía llegando al buzón. Estaban las luces que se encendían cuando el sensor de movimiento lo detectaba en el pasillo.
Intentó recordar al hombre de la tienda de la esquina.
Tenía una idea clara de la tienda en su cabeza—su disposición, donde se encontraban las bolsas que contenían granos de café de distintas partes del mundo, la pequeña pirámide de tomates en lata junto a la caja— pero la cara del hombre, cuando la buscaba, era incapaz de encontrarla.
Dejó de buscarla.
Y por debajo de la superficie de aquel pensamiento, había algo más, algo que estaba presionando hacia arriba, tratando de salir a flote —el pensamiento al que había estado dando vueltas la noche anterior, ese hilo que se había enganchado con algo: después de…
Después de qué.
Edmund estaba vivo. Edmund tenía setenta y un años y vivía en la casa con…
El pensamiento se detuvo.
El pensamiento se detuvo y en el lugar donde se detuvo había otra cosa. No un pensamiento. Una certeza. Una realidad que había estado presente todo este tiempo y simplemente había estado encerrada en una habitación que no quería ser abierta.
La habitación se abrió.
Se quedó sentado a la mesa con el bolígrafo en la mano y el cuaderno lleno de MARCUS NO ES REAL y el silencio absoluto de un piso que llevaba tres años respirando y ahora estaba quieto. Sintió cómo esa certeza, la realidad, llegaba al primer plano de su mente:
No fue Edmund quien estaba enfermo.
Se quedó muy quieto.
Se quedó muy quieto durante mucho, mucho tiempo.
La dolorosa realidad que llevaba años escondida en algún lugar de su mente, encerrada con llave en un rincón y sepultada por todo lo demás.
Todo lo que había construido encima de ella para no ser nunca vista.
Había construido una vida encima de ella.
El piso, el cajón cerrado de su memoria, Marcus, el sombrero, el bastón y el abrigo en el espejo del ascensor, todo había sido construido encima de ella para nunca ser vista.
La estaba viendo ahora.
No fue Edmund quien llamó desde el salón de casa un sábado de marzo. No fue Edmund quien pidió ayuda cuatro veces para ser rechazado en cada una de ellas. No fue tampoco Edmund quien murió un martes de enero a las seis y veinte de la mañana.
Estaba totalmente paralizado
Fuera de la ventana la ciudad continuaba con su día.
En algún sitio del edificio una puerta se cerró.
La mañana de julio seguía siendo la mañana de julio, indiferente, cálida y ordinaria.
Daniel se sentó a su mesa en el silencio donde anteriormente había estado la respiración y sintió cómo esa habitación que no había abierto trataba de reorganizar todo a su alrededor.
Cogió el bolígrafo.
En la última página del cuaderno, debajo de las mayúsculas, con su letra pequeña, delicada y firme, escribió: Fue mamá.
Dejó el bolígrafo.
Se sentó en silencio.
Esperó a que su madre llegara.