La Culpa CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

Nuevas reglas

Empezó un miércoles.

Daniel estaba en la encimera de la cocina haciendo café —el proceso cuidadoso y atento que Marcus le había enseñado, el molido, el ratio y la pre-infusión, el ritual de aquello que se había convertido en una de las pocas cosas que hacía cada día con plena presencia— cuando la sintió.

Una mano sobre el hombro.

Hubo un momento —un momento muy pequeño, menos de una respiración— en el que casi se relajó bajo la mano.

El cuerpo reconoció la presión en su hombro como algo familiar, una presión en una determinada zona de su cuerpo que había llegado a odiar en algún momento de su vida pero con la que no le quedó más remedio que convivir.

No le producía placer. Era algo más perturbador que el placer: el pequeño consuelo de las cosas desagradables y que te producen dolor pero a las que te has acostumbrado, del mismo modo en que un zapato que no encaja se convierte, por un uso prolongado, en el zapato con el que uno camina.

La relajación duró menos de un segundo, Daniel fue consciente de ella y se sintió horrorizado.

La mano seguía sobre su hombro mientras él no era capaz de mover un solo músculo de su cuerpo.

Se quedó muy quieto.

El contacto era ligero. El peso de aquella mano le resultaba familiar de un modo que le atravesó antes de que su mente alcanzara a procesar lo que estaba sintiendo —la presión de una mano grande y su particular colocación sobre su hombro, el pulgar en la parte de detrás del omóplato, los dedos hacia la clavícula.

Edmund le había puesto la mano en ese mismo punto unas mil veces.

Al principio había significado bien hecho .

Después había significado otras cosas. El cuerpo recordaba todas ellas simultáneamente y no las distinguía.

No se dio la vuelta.

El café aún se estaba haciendo. El agua se movía a través del filtro emitiendo un sonido casi inaudible y la cocina estaba caliente con el calor de julio. La mano seguía posada sobre su hombro y Daniel pensó: esto es nuevo.

La presión aumentó.

Despacio —no de repente, no violentamente.

Del modo en que Edmund siempre había hecho las cosas, con la paciencia deliberada de alguien que entendía que el control era total cuando se producía de manera gradual, cuando la persona controlada no sabía el momento exacto en que este había comenzado.

La mano continuó apretando hacia abajo y Daniel sintió cómo el hombro le bajaba ligeramente bajo el peso y la presión continuó aumentando. Pensó: Di algo. Haz algo.

—Para —dijo.

Su voz salió de su boca más suave de lo que había pretendido.

La presión aguantó por un momento —solo un momento, la pausa específica de alguien decidiendo si obedecer o no— y después paró.

Se dio la vuelta.

La cocina estaba vacía.

Se quedó de pie con la espalda contra la encimera y miró la cocina vacía.

El hombro le dolía y todavía podía sentir la presión, una calidez donde había estado la mano que no podía frotar para quitarse.

Se quedó allí hasta que el café estuvo listo, lo sirvió en una taza y se lo llevó a la ventana de la cocina. Se lo bebió mientras miraba la calle.

Pensó: nunca antes me había tocado. Ni siquiera sabía que podía hacerlo.

Pensó: las reglas han vuelto a cambiar.

Se bebió el café. No lo saboreó.

Llamó a la puerta de Marcus aquella tarde pero Marcus no respondió.

Aquello era inusual —Marcus casi siempre estaba, o si salía, salía brevemente.

Nunca antes había llamado a su puerta sin obtener una respuesta.

Se quedó de pie en el pasillo de fuera del 7A, escuchó y no oyó nada.

Volvió a llamar, nada y se quedó un momento con la mano levantada para una tercera llamada y luego la bajó.

Volvió a su propio piso.

Se quedó de pie en el recibidor mirando las fotografías y pensando en la larga lista de cosas que estaban ocurriendo recientemente a las que no podía encontrar explicación Una lista que iba en aumento y no parecía tener la intención de parar.

Fue al salón.

Se sentó en el sillón e intentó leer pero no fue capaz y se quedó mirando la pared.

La tarde de julio se movía despacio a su alrededor, la luz cambiando, la ciudad de fuera haciendo sus asuntos ordinarios.

Se sentó allí, en silencio y sin pensar en nada en particular y, al mismo tiempo, era consciente —del modo en que era siempre consciente ahora del zumbido de fondo, bajo y constante— del piso a su alrededor.

La textura del aire y el peso de las cosas en él.

Al cabo de un rato decidió prepararse un té.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta del salón, la presencia estaba en el umbral.

No la presencia atmosférica difusa de la respiración o de la voz. La figura. Sólida, detallada, llenando el marco —el abrigo, el sombrero, el bastón, la altura que reorganizaba todo el espacio a su alrededor. De pie, inmovil, en el umbral entre el salón y el recibidor.

Daniel se detuvo.

Se miraron —o Daniel miró el espacio aproximado de la cara bajo el ala del sombrero, la figura le devolvió la mirada desde aquel espacio, y el salón se sentía cálido y silencioso.

—Muévete —dijo Daniel.

La figura no se movió.

—Necesito pasar —dijo Daniel. Como si aquella fuera una conversación razonable. Como si fuera una situación que pudiera resolverse expresando una intención.

La figura no se movió.

Daniel dio un paso adelante. Y luego otro.

Y luego se detuvo, porque algo había cambiado en la textura del aire que se situaba entre él y el umbral —una resistencia, una presión, no física del modo en que una pared es física pero lo bastante física.

como para impedirle avanzar. El aire había adquirido una densidad a través de la cual no podía moverse con facilidad.

Se quedó a medio metro de la figura en el umbral y sintió la resistencia y pensó, con una claridad que le sorprendió: no quiere que salga de la habitación.

—Déjame salir —dijo.

La firmeza en su tono de voz le sorprendió.

La figura estaba de pie en el umbral, no respiraba, no se movía.

Daniel se quedó de pie en el salón cálido y miró el espacio donde estaba la cara y pensó en Edmund en el salón de la casa, empequeñeciendo en su sillón, respirando con la paciencia forzada de unos pulmones dañados.

Pensó en la cocina en Nochebuena. Pensó en el no , dicho tres veces en una voz que no había sabido que tenía.

Dijo:

—Lo dije entonces y lo estoy diciendo ahora. No. Muévete.

El silencio aguantó un momento más.

Un segundo después la figura simplemente se evaporó.

El umbral era simplemente el umbral —el marco gastado, el recibidor detrás, la geometría concreta de su piso.

Daniel se quedó en el salón y miró el umbral vacío y sintió cómo el corazón le iba muy deprisa y sus manos temblaban como nunca lo habían hecho después de ningún encuentro anterior con la presencia.

Atravesó el umbral.

Se quedó de pie en el recibidor y respiró.

No se hizo el té. Fue al dormitorio, se sentó en el borde de la cama y se quedó muy quieto un buen rato, el piso estaba en silencio a su alrededor.

Fuera la tarde de julio empezaba a fusionarse con el anochecer.

Se quedó allí sentado y pensó: algo tiene que cambiar.

Algo tiene que cambiar o la situación va a ir a peor.

No sabía qué era ese algo .

Se quedó sentado en el borde de la cama hasta que se hizo de noche. Después se tumbó, vestido, y cerró los ojos.

Se despertó a las tres de la madrugada y no podía respirar.

No la falta de aliento metafórica del miedo o el pánico —había sentido aquello antes y conocía sus síntomas, el corazón yendo deprisa, el pecho apretado, la respuesta irracional del cuerpo a algo que la mente ha registrado como amenaza.

Esto era distinto. Esto era físico, la sensación de algo apretándole el pecho desde fuera con un peso y una consistencia que no permitía a sus pulmones expandirse del todo.

Podía respirar —estaba respirando—pero cada respiración era parcial, requería un gran esfuerzo, llegando al final de una resistencia que tenía que vencer para conseguirla.

Abrió los ojos.

La habitación estaba a oscuras. Estaba boca arriba, no era la postura en la que se había quedado dormido —se durmió de costado, vestido, encima del edredón. Ahora se encontraba boca arriba, con los brazos situados a ambos costados, y el peso sobre el pecho era…

Miró.

No había nada oprimiendo su pecho.

No había nada allí pero podía notar la presión, ambas cosas simultáneamente, se quedó tumbado boca arriba y trató de seguir respirando a base de exhalaciones e inhalaciones breves y controladas: así es como se sentía.

Así se sentían sus pulmones. El tejido cicatrizado, el engrosamiento, la pérdida progresiva de capacidad para hacer su trabajo.

Cada respiración exigía una negociación.

Cada respiración llegaba al final de un enemigo al que había que vencer para ser alcanzada.

Pensó en Edmund en su sillón.

Pensó en lo difícil que sus mañanas eran. Levantarme, vestirme. Hay cosas que ya no puedo hacer sin ayuda.

Se quedó tumbado boca arriba en la oscuridad con la respiración de Edmund y pensó en lo que se sentía al necesitar ayuda, suplicarla y que te la negaran.

Pensó en aquello con una empatía con la que nunca lo había hecho—no la examinación del hecho de manera razonada, ni la evaluación clínica de derechos y deberes.

Solo el sentimiento de fondo. La textura concreta de la petición rechazada.

Lo que aquello provocaba en una persona.

Se apretó las manos contra el pecho. El peso no respondió a sus manos —no estaba allí para ser notado por sus manos si no por sus pulmones.

—Está bien —le dijo a la oscuridad—. Está bien.