La Culpa CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

El error

Llegó julio y en el piso hacía demasiado calor.

A Daniel nunca le había molestado el calor del modo en que le molestaba a algunas personas —las quejas, las referencias constantes a la temperatura como si tuvieran una batalla personal contra el termómetro.

Le molestaba este julio. No el calor en sí sino lo que el calor le hacía al piso —el modo en que volvía el aire pesado y cerrado, el modo en que eliminaba la distinción entre estar dentro de él o fuera, el modo en que hacía que las habitaciones se sintieran más pequeñas y que las paredes se sintieran más cercanas y que la textura concreta del aire, que no había sido del todo neutra desde hacía dos años, se sintiera más presente.

Abrió las ventanas. El calor entró inmediatamente inundándolo todo.

Se quedó de pie en la ventana de la cocina por la mañana con su café y la ciudad abajo seguía con sus asuntos veraniegos y la observó y sintió, no por primera vez, la ventaja que ofrecía observar algo desde las alturas —presente y apartado simultáneamente, siendo testigo de algo en lo que no estaba del todo participando.

Se encontraba bien.

Decía aquello menos que nunca ahora. La frecuencia con la que lo decía se había vuelto inversamente proporcional al hecho de ser verdad.

Encontró la lista un lunes.

La había metido en el cajón de la mesa hacía tres semanas y no había abierto el cajón desde entonces —en un acto deliberado, el tipo de deliberación que finge no serlo— y lo abrió ahora porque necesitaba un sello y los sellos estaban en el mismo cajón de la mesa junto a la lista.

Contó las entradas.

Catorce.

Se quedó de pie ante la mesa y las contó otra vez. Catorce entradas con su letra, abarcando —comprobó las fechas— seis semanas. Seis semanas de días registrados con su letra, algunos los podía recordar y muchos otros no. Lo leyó despacio.

Jueves — fui andando al parque. Me senté junto al estanque una hora. Viernes — llamé a la consulta del médico. Pedí cita. Sábado — Marcus vino. Hablamos de la película japonesa. Domingo — llamé a mamá. Dijo que Edmund había preguntado por mí.

Se detuvo en la última entrada y la leyó otra vez.

Dijo que Edmund había preguntado por mí.

Edmund llevaba tres años muerto. Había muerto once meses después de la conversación en el salón, ocho meses después de la segunda negativa de Daniel, seis meses después de la tercera y tres meses después de la cuarta y última, en cuyo punto Daniel no había hablado con Edmund directamente pero había escuchado a su madre transmitir la petición por teléfono usando el tono cuidadoso y prudente en que ella transmitía las cosas difíciles, y él había dicho que no utilizando el mismo tono.

Había colgado el teléfono y se había quedado de pie en la cocina de su piso, mirando la calle de abajo y sintiendo eso que se encontraba por debajo del razonamiento que no tenía argumento ni trataba de esgrimirlo.

Edmund llevaba muerto tres años.

Y, sin embargo, su propia letra decía Edmund había preguntado por mí.

Dejó la lista sobre la mesa. Se quedó muy quieto.

Pensó, con la precisión clínica que usaba cuando algo necesitaba ser analizado con detenimiento : lo escribiste mal.

Estabas pensando en el pasado, en las llamadas de tu madre durante la enfermedad, y tu mano escribió lo que tu mente estaba pensando.

Esto ocurre. Es un fenómeno documentado y estudiado. Esto no es…

Cogió el bolígrafo.

Encontró el cuaderno en el cajón.

Lo abrió por la última entrada que había escrito — sábado, encontré la lista otra vez, ocho entradas, no recuerdo haber escrito las nuevas — y pasó a la página siguiente.

Escribió: Lunes — encontré la lista otra vez. Catorce entradas. Una de ellas menciona que Edmund preguntó por mí. Edmund lleva muerto tres años.

Miró lo que había escrito.

Escribió: No sé qué está pasando.

Cerró el cuaderno. Lo volvió a meter en el cajón.

Se quedó de pie ante la mesa con la mano sobre el cajón cerrado y pensó en la cita con el médico que aparentemente había pedido y no recordaba haber pedido, en el paseo al parque y al estanque que aparentemente había dado y no recordaba haber dado, en el territorio desconocido en el que su vida estaba entrando y el cual se estaba volviendo imposible de justificar.

Cogió los sellos. Cerró el cajón.

Fue a llamar a la puerta de Marcus.

Marcus estaba en casa, siempre lo estaba, lo cual había dejado de ser algo a lo que Daniel prestaba demasiada atención. Abrió la puerta como siempre lo hacía, sin prisa, miró a Daniel y dijo:

—Tienes pinta de necesitar un café.

—Por favor —dijo Daniel.

Se sentó a la mesa pequeña del piso orientado al sur y observó cómo Marcus hacía café y pensó en la lista y en las catorce entradas y en Edmund preguntando por él.

Pensó también en el calor de ese mes de julio, en el piso y en las ventanas que había abierto y en el calor que entraba a través de ellas, pero, por debajo de todo aquello, pensó en Marcus de pie en el umbral de la cocina con la mano sobre el marco y la belleza concreta de las tardes de junio en el sofá viendo películas y el hecho de que cinco días de espera para volver a verle le habían parecido una eternidad.

Marcus le puso el café delante y se sentó al otro lado de la mesa.

—Vamos, habla —dijo.

—Encontré la lista otra vez —dijo Daniel.

Marcus lo miró con firmeza.

—¿Cuántas entradas?

—Catorce. Algunas… —Hizo una pausa—. Algunas describen cosas que no recuerdo haber hecho. O cosas que no son posibles. Cosas que no podrían haber pasado.

—¿Qué tipo de cosas?

Daniel miró su café.

—Una de ellas menciona a alguien que está muerto —dijo—. Como si todavía estuviera vivo. Como si yo hubiera tenido una conversación sobre él que no podría haber sucedido.

Marcus estuvo callado un momento. Miró a Daniel con la atención calculada en la que Daniel había llegado a confiar, que había llegado a necesitar de un modo que no había notado hasta hacía poco, que estaba examinando ahora con la precisión incómoda y particular de alguien que ha dejado que un sentimiento se vuelva demasiado grande para ignorarlo.

—Daniel —dijo Marcus—. Creo que necesitas hablar con alguien. Un profesional. Esto no es… esta carga es demasiado pesada para sostenerla tú solo.

—Lo sé —dijo Daniel.

—Lo digo en serio. No como sugerencia. Como… —Hizo una pausa, buscando la palabra—. Como algo que te estoy pidiendo que hagas.

Daniel lo miró. La luz de julio entraba por la ventana orientada al sur y caía sobre la cara y las manos de Marcus y la mesa entre los dos y las tazas de café. Hacía mucho calor en el piso y el silencio lo envolvía todo y Daniel pensó: ahora. Dilo ahora. Ahora es el momento.

Alargó la mano por encima de la mesa.

Puso su mano sobre la mano de Marcus.

La habitación estaba muy quieta.

Marcus miró abajo, a la mano de Daniel sobre la suya.

Después levantó la vista. Y su cara hizo algo que Daniel no podía leer del todo —no la atención cauta y mesurada a la que estaba acostumbrado, sino algo más complicado, algo que se movió una amplia gama de tonos diferentes con rapidez, y donde se asentó fue en una especie de retirada cuidadosa, casi dolorosa.

Movió la mano.

No con rapidez —no con el retroceso brusco de alguien repugnado. Despacio, con cuidado, como si estuviera moviendo algo frágil. Movió la mano y la colocó alrededor de su taza de café, miró la taza y el silencio entre los dos adquirió una textura que no había tenido antes.

—Daniel… —empezó.

—Está bien —dijo Daniel. Su voz era firme. Estaba agradecido por aquello y también era consciente de que la firmeza que estaba mostrando le pasaría factura más tarde.

—No es… —Marcus se detuvo. Miró su taza.

Miró a Daniel y su expresión era, por primera vez en todos los meses que Daniel lo conocía, de inseguridad.

Casi —y aquel hecho se quedó con Daniel hasta más tarde dando vueltas en su mente durante la oscuridad de la noche— casi asustado.

Como si no supiera cuál era la respuesta correcta.

Como si la pregunta que Daniel había hecho con la mano fuera una a la que no quería dar respuesta.

—Lo siento —dijo Marcus—. No… no estoy seguro de poder…

—No pasa nada —dijo Daniel—. Olvídalo. Lo siento.

—No lo sientas.

—Lo siento, de verdad.

Se sentaron en silencio un momento. La luz orientada al sur continuaba haciendo su trabajo como si nada hubiera pasado. Al otro lado de la ventana julio seguía siendo julio.

—Aun así deberías hablar con alguien —dijo Marcus al cabo de un rato.

Su voz había vuelto a su registro habitual —cuidadosa, cálida, la firmeza en ella se había restaurado.

Pero había algo por debajo de ella que no había estado allí antes.

Algo que Daniel no quería mirar de frente pero que sonaba a pérdida de confianza, a traición, y que decidió guardar en el lugar donde almacenaba todo lo que no quería mirar directamente.

—Lo haré —dijo Daniel.

Se terminó el café. Se despidió en el cuidadoso tono de alguien interpretando la normalidad con plena conciencia de que lo está haciendo. Volvió a su propio piso, cerró la puerta y se quedó de pie en el pasillo.

Miró las fotografías de la pared.

Se apretó el dorso de la mano contra la boca y se quedó de pie en el pasillo durante mucho tiempo.

Pensó en la cara de Marcus —la variedad de tonos por los que se movió, la retirada cuidadosa, el miedo por debajo de la disculpa.

Pensó: eso estuvo mal. Así no es como debería haber sucedido.

Así no es como una persona responde a otra persona cuando expresa sus sentimientos. No persiguió el pensamiento.

Las fotografías le devolvieron la mirada.

Había pasado por delante de ellas todos los días durante tres años y no las había mirado con detenimiento, se había convertido, de hecho, en un hombre cuya costumbre era no-mirar-más-que-de-pasada sus propias paredes.

Miró ahora. El séptimo cumpleaños. El primer día de instituto.

La graduación. La figura en el borde del marco, cortada en el ala del sombrero o en la mandíbula, cuya presencia él había dado por hecho, durante tres años.

Miró aquella figura durante un momento largo y sintió, brevemente, la pequeña imprecisión que había asimilado como cierta sin darse cuenta —del modo en que una palabra errónea en una frase no suena bien incluso cuando el cerebro aún no ha alcanzado a detectar la errata.

Algo en la forma de la presencia. En su altura.

Algo que estaba a punto de ver y que, durante los tres últimos años, había logrado pasar por alto.

Se apretó la mano más fuerte contra la boca.

Fue al salón, se sentó en el sillón, miró la pared y sintió el calor de julio apretando hacia adentro a través de las ventanas abiertas y pensó en la lista y en Edmund preguntando por él y en su mano sobre la mano de Marcus y en su cara mostrando preocupación y algo parecido al miedo..

Casi.

Aquella noche la presencia estuvo en todas las habitaciones.

No la figura —no la forma del umbral o de los pies de la cama.

Algo menos concreto, más grande, la respiración distribuida por todo el piso, inundándolo todo como el calor de julio, encontrando cada esquina, y desplazando todo lo demás.

Daniel se movió de habitación en habitación y podía notarlo en todas.

Se quedó de pie en la cocina y estaba allí.

Se quedó de pie en el pasillo y estaba allí.

Se tumbó en el dormitorio y estaba allí, en todas partes, omnipresente.

Es la hora , decía. No una vez. Varias, a intervalos, las mismas tres palabras en la voz de Edmund, paciente y certera.

Daniel se tumbó en el dormitorio, miró al techo y dijo:

—Lo sé.

Es la hora.

—Lo sé —dijo—. Lo sé.

El piso respiraba a su alrededor.

Se tumbó en la oscuridad y pensó en la mano de Marcus apartándose con cuidado de la suya. Pensó en la preocupación en su cara. También pensó en la lista, en sus catorce entradas y en el muerto que aparentemente seguía preguntando por él.

Pensó: algo va mal.

Pensó: algo está mal desde hace mucho tiempo.

Cerró los ojos.

No durmió en toda la noche.