La Culpa CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

Algún sitio soleado

Edmund elegía las vacaciones.

Así ocurría siempre. Elegía con la misma eficacia decisiva que aplicaba a todo lo que hacía —investigaba, lo consideraba, y después lo presentaba como un hecho consumado, un folleto dejado abierto sobre la mesa de la cocina como una declaración del hecho en lugar de una propuesta.

La madre de Daniel recibía aquellas presentaciones con el entusiasmo desmedido que llevaba a todas las decisiones de Edmund, y Daniel las recibía con la neutralidad cuidadosa que llevaba a todo, y las vacaciones quedaban reservadas.

Estas eran en una villa en el sur de Francia.

Dos semanas en agosto, Daniel con quince años, el verano entre cuarto curso y quinto en el instituto.

Edmund la había alquilado a través de un colega —una villa de verdad, dijo, no una trampa para turistas, con piscina y olivos y una terraza que cogía la luz de la tarde.

Lo dijo con la satisfacción de un hombre que cree saber la diferencia entre algo bueno y algo mejor y mostraba la superioridad que este hecho le hacía sentir con el resto.

Daniel metió en la maleta el Walkman y treinta y siete cintas.

El trayecto al aeropuerto fue la primera representación del viaje..

Edmund conducía, su madre en el asiento del copiloto, Daniel detrás con los auriculares puestos y el volumen lo bastante bajo para oír si le hablaban.

Eran una familia camino de Francia para una quincena —era la historia que contaba el coche, desde fuera.

Un hombre, una mujer y su hijo, el equipaje en el maletero, la autopista desenrollándose en el calor de agosto. Una imagen perfectamente ordinaria.

Daniel miraba la nuca de Edmund y pensaba en la película que había visto el martes anterior —una película italiana, de los años sesenta, sobre una mujer en una isla mediterránea que poco a poco se pierde a sí misma, o se encuentra, o las dos cosas.

No la había entendido del todo pero había sido incapaz de dejar de pensar en ella, lo que había llegado a reconocer como la señal de algo que valía la pena conservar.

Su madre dijo algo sobre el tráfico y Edmund respondió y su madre se rio. La risa era la luminosa, la sostenida. Daniel subió ligeramente el volumen.

La villa era objetivamente preciosa.

Eso era lo que siempre pasaba con las elecciones de Edmund, que Daniel nunca había encontrado el modo de asimilar del todo —siempre eran acertadas.

La villa era de piedra y se sentía fresca por dentro, con ventanas que daban a la terraza y olivos que eran exactamente como lo había descrito y una piscina del tamaño exacto teniendo en cuenta el espacio disponible.

Edmund la recorrió a la llegada con la expresión de un hombre confirmando lo que había esperado, y su madre se movía de habitación en habitación con una expresión genuina de felicidad.

Daniel se quedó de pie en la terraza y miró las vistas —el valle abajo, el cielo pálido, el brillo característico de la luz del sur de Europa que hacía que todo pareciera ligeramente más real de lo habitual— pensó que era muy hermoso y se sintió abrumado por ello, un sentimiento que le producían las cosas bellas.

Edmund era distinto de vacaciones.

Esa era la otra cosa que Daniel no había encontrado el modo de asimilar.

La gramática de sus actos se desplazaba a otro lugar, con un tiempo distinto y un aire diferente.

El anonimato que le otorgaba el estar lejos de las rutinas que estructuraban todo en casa.

Edmund estaba más relajado. Más abiertamente cálido —con la madre de Daniel, con los vecinos de la villa contigua que se presentaron el segundo día, con el camarero del restaurante del pueblo que no hablaba inglés y con el que Edmund se comunicaba en un francés educado y sorprendentemente fluido.

Era, en aquellas dos semanas, algo muy cercano al Edmund del día de la boda —atento, fácil, capaz del tipo de calidez que te hacía entender por qué una persona podría quererle.

Daniel observaba aquello y lo comparaba con todo lo demás que sabía y le era muy difícil comprender que se tratara de la misma persona.

Iba a nadar por las mañanas, solo, temprano, antes de que los demás se despertaran.

La piscina estaba fría a esa hora, la luz era todavía baja.

Los olivos se mostraban oscuros en contraste con la palidez del cielo y había mucho silencio.

Nadaba largos con la concentración metódica que llevaba a las cosas físicas y sentía, en el agua, la libertad concreta de un cuerpo haciendo aquello para lo que había sido construido sin ser observado.

Se quedaba hasta que oía a Edmund moverse en la cocina.

Después salía, se secaba y se iba a su habitación.

El agua era la parte que más le gustaba.

No el nadar exactamente, sino la entrada en el agua —la pequeña ruptura limpia con el aire, el modo en que el cuerpo se convertía, brevemente, en un tipo distinto de objeto, pesado de manera distinta, respondiendo a reglas distintas.

Había aprendido a nadar bien aquí en Francia, en cierto sentido —la casita junto a la cala cuando tenía ocho años, Edmund sosteniéndole el estómago en el agua poco profunda— y había una pequeña ironía privada en el hecho de que nadar, de todas las cosas que habían hecho juntos, seguía siendo la mejor.

Edmund le había enseñado a hacer algo de la manera correcta en que debía hacerse.

Daniel no sentía que le debiera nada a Edmund por el hecho de que lo hubiera hecho.

El agua era más antigua que Edmund. El cuerpo había sido construido para nadar en ella antes de que ninguno de los dos tuviera nombre.

Los vecinos eran una pareja del norte de Inglaterra, jubilados, que llevaban quince años viniendo a aquel valle y conocían los buenos restaurantes y los días de mercado y el camino que subía hasta la iglesia en ruinas de la colina.

Edmund se relacionaba con ellos poniendo atención plena y se sentían encantados —por él, por las preguntas consideradas, la escucha genuina, el modo en que hacía sentir a la gente que el tiempo que pasaba con ellos era considerado como algo valioso para él.

Daniel se sentaba a la mesa de la terraza durante aquellas conversaciones y observaba la interpretación controlada y medida de Edmund y pensaba en el señor Alderton en el vestuario, eligiendo qué hacer con lo que había visto.

Pensaba en la capacidad de algunos adultos que eran capaces de mirar, ver y luego decidir no hacer nada con lo que habían visto.

Los vecinos tenían un perro, un terrier pequeño y muy mayor que pasaba la mayor parte del tiempo dormido en parches de sombra, que de vez en cuando se acercaba a donde Daniel estaba sentado y se dejaba acariciar.

Daniel lo acariciaba y no pensaba en nada en particular, escuchaba a Edmund encandilar a los vecinos con sus palabras medidas al milímetro para resultar agradable e inofensivo y sentía el valle extendido debajo de él en el calor de agosto, indiferente y hermoso.

La quinta tarde hubo cena en la terraza —ambas parejas y Daniel, una comida larga con buen vino, las historias de los vecinos sobre el valle y Edmund en su versión más encantadora.

Su madre brillaba a su lado. Era feliz, pensó Daniel.

No la felicidad representada de la mesa de la cocina.

Algo más genuino, relajada por el vino, el aire cálido y la facilidad del Edmund-de-vacaciones. Algo que quería ser verdad.

La observó ser feliz y sintió la complejidad de aquello, que era la complejidad de querer a alguien que había tomado una decisión que no podía perdonar y no quería perdonar.

Sucedió el noveno día.

Habían ido en coche a un pueblo con mercado a una hora de allí —sugerencia de Edmund, se lo habían recomendado los vecinos.

Un mercado provenzal de verdad con productos y tejidos y el caos organizado particular de un sitio que llevaba haciendo eso todos los jueves desde hacía quinientos años.

Se movieron por él juntos y por separado, su madre deteniéndose en un puesto de telas estampadas, Edmund metido en una transacción en un mostrador de quesos llevada a cabo enteramente en francés, Daniel caminando hacia adelante con las manos en los bolsillos.

Se encontró ante un puesto que vendía libros de segunda mano —en su mayoría franceses, alguno que otro en otros idiomas, libros de bolsillo abiertos sobre un tablón de madera apoyado sobre dos caballetes al sol.

Se quedó mirándolos con la atención ociosa de alguien que no busca nada concreto y que por lo tanto tiene más probabilidades de encontrar algo.

Encontró una guía de cine. En inglés, gastada, publicada a principios de los ochenta —un panorama del cine mundial, país por país, denso con fotogramas y descripciones.

La abrió y leyó un párrafo sobre un director polaco del que no había oído hablar nunca y sintió una sensación que se le estaba haciendo familiar, la sensación de territorio aún sin cartografiar.

Estaba leyendo la entrada sobre el director polaco cuando Edmund apareció a su lado.

—¿Qué estás mirando?

Daniel le enseñó el libro.

Edmund lo miró sin cogerlo. Su expresión era la evaluadora, moviéndose del libro a Daniel y vuelta atrás.

—Cine —dijo, con el tono de un hombre poniendo algo en una categoría.

—Sí —dijo Daniel.

—Pasas mucho tiempo viendo películas —dijo Edmund. No una pregunta. El tono de una observación que era también un diagnóstico.

—Me gustan —dijo Daniel.

Edmund lo miró.

—Las usas para esconderte —dijo, en voz baja —tan baja que el ruido del mercado se la tragó por completo, que nadie a dos pasos podría haberla oído—. Siempre lo has hecho. Es una muestra de cobardía.

Lo dijo en el mismo tono con el que podría haber dicho parece que va a llover . Un hecho, anotado, dejado atrás. Pasó la mano por delante de Daniel y cogió un libro francés de la mesa, le dio la vuelta y leyó la contraportada.

Daniel se quedó de pie con la guía de cine en las manos y el sol de agosto en la nuca y el mercado siguiendo con su bullicio rodeándolo y sintió cómo las palabras se posaban dentro de él del modo en que se posaban siempre las palabras de Edmund —sin drama, con el peso particular de algo entregado por alguien que te conoce lo bastante bien para saber exactamente dónde colocarlo.

Volvió a poner la guía de cine sobre la mesa.

Atravesó el mercado de vuelta hasta donde estaba su madre en el puesto de telas, una pieza de tela azul sostenida hacia la luz. Se volvió cuando lo oyó y su cara estaba tenía el brillo propio de cuando estaban de vacaciones, y dijo:

—¿Qué te parece? Para la habitación de invitados.

—Está bien —dijo Daniel.

Lo miró. Algo cruzó por su cara —una mirada breve, involuntaria, la mirada que veía algo y empezaba a decidir qué hacer con ello.

—¿Estás bien? —dijo.

Él miró la tela azul a la luz de agosto. Pensó en la guía de cine sobre la mesa hecha con caballetes. Pensó en la cobardía de las palabras de Edmund, en la calma con que habían sido entregadas, y en el ruido del mercado que se había cerrado sobre ella.

—Bien —dijo—. Solo tengo calor.

Lo miró un momento más. Después se volvió hacia la tela.

—Hace un calor de muerte —dijo—. Edmund cree que deberíamos buscar un sitio para comer antes de que empeore.

—Buena idea —dijo Daniel.

Se quedó de pie a su lado y miró la tela y esperó a que Edmund los encontrara, y el mercado se movió a su alrededor, sin pausa e indiferente, y el momento quedó también sellado en su interior como el resto de momentos anteriores.

Aquella tarde, en su habitación, con las contraventanas abiertas al aire que se enfriaba y los auriculares puestos, le dio al play a una cinta y una canción llegó —algo lento, algo con una guitarra haciendo algo silencioso y preciso que le hacía doler la parte de atrás de la garganta— y se tumbó en la cama y miró al techo de la villa que no era el techo de su dormitorio y que por lo tanto no estaba arruinado, todavía no.

Cerró los ojos y dejó que la canción hiciera su trabajo.

Cenaron en un restaurante pequeño junto a la plaza.

Edmund pidió para la mesa en su francés educado y los platos llegaron sin prisa al estilo francés de cómo debía marcarse el ritmo de una comida.

Daniel comió sin saborear. Su madre dijo, dos veces, que el pan estaba muy bueno.

Edmund habló de una propiedad que había estado considerando comprar en el valle de al lado, su versión expansiva, pareciendo incluso más grande de lo que ya era de por sí, con su mano descansando cómodamente sobre el respaldo de la silla de su madre.

Daniel observaba la representación desde el otro lado de la mesa.

Cobardía. La palabra se había clavado en algún sitio bajo sus costillas como una pequeña piedra que se hubiera tragado.

Entendía ahora lo que Edmund hacía con las palabras.

Lo había entendido durante años, pero el entender se había clarificado, en aquel calor concreto de agosto, en algo cercano a una tesis.

Edmund usaba las palabras del modo en que un hombre con cuchillo decide qué hacer con él: no siempre, no de manera visible, pero con la posibilidad presente y constante de usarlo.

La amenaza de la existencia del cuchillo siempre estaba ahí.

La palabra había sido pronunciada y no sería despronunciada.

La palabra llegaría a intervalos, durante años, en la oscuridad de la habitación de Daniel, en los vestuarios antes de gimnasia, en el momento antes de levantar la mano para responder a una pregunta en clase.

Cobardía. La de Daniel. La de la mesa hecha con caballetes.

La del mercado. Toda la tarde marcada por una sola frase silenciosa en la voz baja de un hombre.

Una muestra de cobardía.

Subió el volumen.

Miró al techo.

Dejó que la canción hiciera su trabajo.