CAPÍTULO CATORCE
La forma de las cosas
Llegó mayo y Daniel dejó de contar los días.
Aquello era nuevo. Siempre había contado —no deliberadamente, no con un calendario o un sistema, sino con el sentido instintivo que el cuerpo tiene del paso del tiempo, el modo en que sabes sin mirar qué hora es, aproximadamente cuánto tiempo llevas en algún sitio.
Aquel sentido siempre había sido fiable.
Lo había abandonado ahora, o él lo había abandonado, y los días se movían a su alrededor sin bordes claros y él se movía a través de ellos y el piso era el piso y la ventana era la ventana y la calle de abajo era la calle de abajo, y el tiempo pasaba del modo en que el agua pasa a través de algo poroso —presente y luego no, sin un recuerdo claro de la transición.
Estaba bien.
Se lo decía a sí mismo con menos frecuencia ahora, lo cual pensaba que podía significar que no estaba muy convencido de estarlo.
La figura había estado en la cocina tres veces en las últimas dos semanas.
No de noche. Aquella era la cosa a la que volvía una y otra vez —no de noche, no en las pequeñas horas en que la oscuridad ofrecía cobertura para cosas que podían explicarse.
Por la tarde. Una vez por la mañana, la luz gris y temprana apenas entrando por la ventana, y había llegado a la cocina a hacerse café y allí estaba de pie junto a la encimera, de espaldas a él, el abrigo largo, el sombrero y el bastón y la altura imposible de aquella presencia.
Se había quedado de pie en el umbral de la cocina, la había mirado y no se había movido y después simplemente ya no estaba allí.
Se había hecho el café.
Se había quedado de pie en la ventana y se lo había bebido, había mirado a la calle y se había dicho a sí mismo —con la precisión exhaustiva de alguien que lleva muchísimo tiempo diciéndose a sí mismo algo que sabe que no es verdad y que se está quedando sin la energía que requiere hacerlo— que estaba bien.
Que aquello era llevadero. Que llevaba tres años manejándolo y seguiría haciéndolo.
Ya no estaba del todo seguro de creérselo.
La figura estaba adquiriendo más detalle.
Aquella era la parte que más le asustaba, más que las apariciones en horas de luz, más que las palabras en la oscuridad.
Al principio había sido una silueta —alta, quieta, la sugerencia de su ropa, el ala de un sombrero.
Algo que ocupaba espacio sin tener bordes.
Pero últimamente, en los momentos antes de desaparecer, había estado más presente de un modo que era más difícil de describir que de sentir.
El abrigo tenía textura. El sombrero proyectaba una sombra que se movía con la luz. La mano sobre el bastón tenía nudillos.
No miraba la cara. No había mirado nunca a la cara y no tenía pensado hacerlo.
Pero la cara estaba allí, debajo del ala. Podía sentir su presencia del modo en que sientes que alguien te mira desde el otro lado de una habitación antes de haberlo visto —una presión, una dirección, una certeza.
Marcus llamó a la puerta un miércoles por la tarde.
Daniel abrió y Marcus lo miró con la atención mesurada que siempre lo hacía y no dijo nada durante un momento, lo cual era inusual. Marcus no era un hombre que usara el silencio como preámbulo.
—Tienes una pinta horrible —dijo.
—Gracias —dijo Daniel.
—Lo digo en serio. —Marcus lo miró con cuidado—. ¿Cuándo dormiste como es debido por última vez?
Daniel pensó en aquello con honestidad, lo que no siempre hacía.
—No estoy seguro —dijo.
Marcus asintió despacio.
—¿Puedo pasar?
Daniel se hizo a un lado y Marcus entró en el piso y miró a su alrededor con su atención habitual, y Daniel observó cómo miraba y pensó en el aspecto que tenía el piso para alguien que no era él —las cortinas cerradas del salón que no había abierto en varios días, las tazas en la encimera, la cualidad general de un espacio que había sido habitado muy intensamente por una sola persona que no se había estado cuidando especialmente bien.
Se sentaron en el salón. Marcus no comentó las cortinas. Aquello era, pensó Daniel, o tacto o el instinto de alguien que entendía que algunas cosas era mejor no abordarlas.
—Háblame —dijo Marcus.
—¿De qué?
—De cualquier cosa. No has llamado en una semana.
Daniel se miró las manos. Era verdad. Había sido consciente de ello —había sido consciente de Marcus al otro lado de la pared, los sonidos ordinarios de una vida siendo vivida, y no había llamado, no había abierto la puerta, se había quedado en el piso y se había movido de habitación en habitación y había mirado la calle y había esperado.
—He estado cansado —dijo.
—Daniel —dijo Marcus.
Algo en la forma en que lo dijo —sin presionar, sin impacientarse, pero con el peso de un hombre que ha estado prestando atención y que quería que le dijeran que su atención no ha sido mal dirigida— hizo que Daniel levantara la vista.
—Está pasando algo —dijo Daniel—. En el piso. No… —Se detuvo. Miró las cortinas. Pensó en la figura junto a la encimera de la cocina, los nudillos de la mano, la cara debajo del ala que no iba a mirar—. No sé cómo explicarlo.
—Inténtalo —dijo Marcus. La misma palabra que siempre usaba en estos casos. Inténtalo.
—Hay algo aquí —dijo Daniel—. Lleva habiendo algo aquí mucho tiempo.
Desde hace… —Hizo una pausa—. Tres años.
Desde que murió alguien. Alguien importante.
—Se miró las manos otra vez—. Pensé que había hecho las paces con ello.
Pensé que entendía qué era y por qué estaba aquí y que podía…
sobrellevarlo. Pero está cambiando. Se está volviendo… —Buscó la palabra—. Más.
Marcus estaba muy quieto.
—¿Qué tipo de algo? —dijo con cuidado.
Daniel negó con la cabeza. No negándose a responder —genuinamente inseguro.
Qué tipo de algo. Un fantasma. Una alucinación.
Una presencia. Tres años de culpa materializandose en algo físico y real .
Un hombre muerto que había aprendido a habitar el espacio.
No sabía cuál de aquellas cosas era verdad, y había dejado de creer que la distinción importara.
—Del tipo que no se va —dijo.
Marcus lo miró durante mucho tiempo. Su expresión era la que Daniel había llegado a entender —no alarmada, no despreocupada, simplemente presente. Asimilándo.
—¿Has hablado con alguien? —dijo Marcus—. Profesionalmente, me refiero.
—No.
—¿Lo harías?
Daniel pensó en aquello. Pensó en sentarse en una habitación con alguien cuyo trabajo era escuchar, diciendo las cosas que nunca había dicho, encontrando las palabras para describir lo que habitaba con él en el piso y para lo que tres años de convivencia juntos le habían hecho.
Pensó en la palabra padrastro llegando al salón hacía dos meses con su ráfaga fría de aire.
Pensó en cuánto tiempo le había costado decir aquella sola palabra, y en lo que había dolido.
—No lo sé —dijo. Lo cual era más honesto que un no.
Marcus asintió. No insistió. Se quedó con la respuesta del modo en que se quedaba con la mayoría de las cosas —dándole espacio.
Se quedaron en el silencio del piso un rato.
Al otro lado de la ventana la tarde de mayo estaba haciendo algo interesante con la luz, sin comprometerse del todo con la calidez, el cielo del color del lino viejo.
Daniel miró las cortinas cerradas y pensó que debería abrirlas, que las abriría cuando Marcus se fuera, que el piso necesitaba luz.
—La persona que murió —dijo Marcus al cabo—. La que ha estado… aquí. ¿Era tu padrastro?
Daniel lo miró.
—Lo mencionaste un día —dijo Marcus—. Una vez. Solo dijoste que era complicado.
—Sí —dijo Daniel—. Edmund.
El nombre en la habitación otra vez. Cada vez costaba ligeramente menos y ligeramente más simultáneamente —menos esfuerzo, más peso y dolor.
—¿Qué pasó? —dijo Marcus—. Cuando murió. Si quieres decirlo.
Daniel miró las cortinas.
Pensó en Edmund al final. La secuencia de acontecimientos a los que no había vuelto directamente en tres años, que mantenía a la misma distancia que la cara debajo del ala del sombrero —presente, sentido y deliberadamente escondido.
—Yo no estaba allí —dijo—. Cuando me necesitó. Yo… elegí no estar.
Lo dijo en el tono descuidado y uniforme de alguien recitando un hecho. Lo había ensayado, en abstracto, del modo en que se ensayan las cosas que sospechas que un día tendrás que decir. El ensayo no lo había hecho más fácil.
Marcus no dijo nada.
—Había razones —dijo Daniel—. Buenas razones. Del tipo que tienen sentido cuando las examinas.
—Pero —dijo Marcus.
—Pero —dijo Daniel.
La palabra se quedó entre los dos. Al otro lado de la ventana la luz de mayo continuaba su trabajo. En algún sitio del piso el aire estaba haciendo lo que hacía ahora —espesándose, adquiriendo peso, la textura concreta de una presencia que aún no era visible pero estaba considerando serlo.
Daniel lo sintió.
Pensó: ahora no. No mientras Marcus esté aquí.
No sabía si estaba diciéndolo o suplicándolo.
—No tienes que explicarme las razones —dijo Marcus—. Ni hoy. Ni nunca, si no quieres.
—Lo sé —dijo Daniel.
—Pero creo —dijo Marcus con cuidado— que quizá necesites explicártelas a ti mismo. Como es debido. No la versión que tiene sentido cuando la examinas. —Hizo una pausa—. La otra versión, la real.
Daniel lo miró.
Marcus le devolvió la mirada con su atención firme y sin prisa, y por un momento —solo un momento— Daniel sintió lo raro de todo aquello.
El piso orientado al sur y el café y la película prestada y devuelta y las tardes de los miércoles y la forma en que Marcus siempre decía exactamente lo que necesitaba oír.
La constante de él, su presencia, tan sólida, tan consistente y tan precisamente calibrada con lo que Daniel necesitaba.
Apartó el pensamiento.
—Voy a abrir las cortinas —dijo en cambio.
Se levantó, cruzó hasta la ventana y las abrió, y la luz de mayo entró, pálida y tentativa, llenando la habitación. Se quedó de pie en la ventana y miró a la calle y sintió a Marcus detrás de él en la habitación y al piso a su alrededor y a la presencia en alguna parte de él, paciente, esperando.
No. Te vayas.
No pronunciado. Aún no. Pero allí, en la textura del aire, en el peso de las cosas. Una presión más que una voz.
Miró a la calle.
Pensó: sigo aquí. No me voy a ningún sitio.
No estaba seguro, ya, de si aquello era lo que quería.
El pensamiento llegó y lo dejó estar. Se había pasado tres años diciendo estoy aquí a la respiración, a la habitación, a sí mismo, en un tono que no había, hasta aquel momento, examinado demasiado de cerca.
Había pensado en aquello como un desafío.
Lo pensaba ahora y podía ver que también había sido sumisión —la afirmación pequeña, diaria, obediente de una cosa que la respiración le había pedido, la misma sola palabra repetida de vuelta, la respuesta que la habitación quería.
Quédate. Me estoy quedando. La transacción había sido completada cada noche durante tres años y él había estado, en alguna parte de sí mismo, contento con ella, porque la transacción era una obra que podía interpretar, y la interpretación le había dado una arquitectura dentro de la cual vivir.
La interpretación había sido la arquitectura.
Ya no estaba seguro de que la arquitectura fuera sólida.
Aquella noche la figura estuvo en el umbral del dormitorio.
Daniel se despertó a las dos de la mañana y allí estaba —en el umbral que llevaba del dormitorio al pasillo, llenando el marco con su altura, el sombrero, el abrigo y el bastón, los nudillos y la cara que no iba a mirar.
No respiraba. Estaba de pie en silencio absoluto, lo cual era peor que la respiración, lo cual era peor que las palabras.
Daniel se quedó tumbado en su cama y miró al techo.
El techo de su dormitorio. Blanco, envejecido hasta convertirse en algo entre el marfil y el papel viejo.
Sin grieta finísima —aquel había sido otro techo, en otra habitación, en otra vida.
Este techo no tenía marcas. No había necesitado aprendérselo del modo en que se había aprendido el otro. Lo miraba ahora.
Contó sus latidos porque le daba algo que hacer.
Dijo, al techo, a la habitación, a la figura del umbral:
—Sé lo que quieres que haga.
La figura no se movió.
—Lo sé —dijo Daniel—. Y no sé si puedo.
La habitación estaba muy quieta. La ciudad fuera continuaba con su trabajo silencioso, la marea distante del tráfico, los sonidos ordinarios de una noche en un edificio lleno de gente dormida.
Y en el umbral, la figura estaba de pie y no respiraba y lo observaba desde debajo del ala de su sombrero con la cara que no iba a mirar.
Y entonces —justo antes de que la oscuridad se lo tragara todo, justo en el borde de lo que el silencio podía contener— habló.
Ni una palabra. Ni dos. Una frase, baja y deliberada e inconfundible, llegando a la habitación del modo en que Edmund siempre había entregado las cosas que importaban: silenciosamente, sin drama, como un hecho.
Sabías lo que hacías y te gustaba.
Daniel cerró los ojos.
La habitación estaba en silencio.
Cuando los volvió a abrir, el umbral estaba vacío.
Se quedó tumbado en la oscuridad durante muchísimo tiempo.