29. Destino final
Esteban me ayudó a ponerme de pie mientras apuntaba a Armonía con el arma.
—Vuestra hija está en manos de una loca.
—Puede ser, pero tú eres una asesina —le contesté.
Esteban me había tapado la herida con un trozo de su camisa. Sentía frío, pero estaba bien.
—Aquí no hay cobertura, tengo que bajar hasta la presa para llamar a la Guardia Civil.
—Amalia se ha llevado a la niña a casa.
—¿Le hará daño?
Negué con la cabeza.
Me dio el arma y me dijo:
—No dejes de apuntarla, ahora vuelvo.
Cuando escuché cómo se cerraba la puerta a mi espalda, Armonía intentó ponerse en pie.
—Ni lo intentes.
—No quiero pasar el resto de mi vida en la cárcel. No he matado a nadie.
—Pero mandaste a tu marido, a Mariano y a Nuno a hacer el trabajo por ti.
En ese momento escuché unas pisadas detrás de mí. Creí que era Esteban, que había regresado enseguida, pero era Nuno.
—Tira el arma —me dijo mientras me apuntaba con su rifle.
No sabía qué hacer. Tenía que ganar tiempo para que llegara la Guardia Civil.
—Nuno, dispara.
El hombre se lo pensó. No quería volver a hacer lo que Armonía le ordenara. Ella llevaba toda la vida atemorizándolo.
—Es el momento de hacer lo correcto, Nuno. Si tú mataste a Sara, eso ya no tiene arreglo.
—¿Qué?
—¿Mataste a Sara?
—Yo no maté a nadie. Fue ella, es una mentirosa.
Mató a golpes a Sara. Nos obligó a ocultar el cadáver y a convertirnos en sus cómplices.
Ahora quería que nos deshiciéramos de él.
Cuando Alberto se enteró, lo mandó matar y enterrar también en La Pena.
Se puso muy nerviosa cuando comprasteis la casa.
—Pero Mariano mató a Elvira.
—No, fueron Jorge y ella. Nosotros solo hemos sido unos estúpidos que hemos vivido con miedo.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Vi que subía con el rifle y pensé que era mi oportunidad de deshacerme de ella para siempre.
El hombre apuntó.
—No la mates. Si lo haces, no pagará por sus crímenes y tú serás un asesino.
—Nadie va a creernos de todas formas. Armonía es una mentirosa compulsiva y su marido apoyará su testimonio.
—Yo sé lo que pasó. También Amalia. No se va a librar.
—No la conoces bien, es una bruja. Nos tiene a todos controlados con sus brujerías.
En ese momento, Armonía se puso en pie, sacó algo rápidamente del bolsillo y desapareció ante nuestros ojos.
Cuando pudimos limpiarnos los párpados, ya no estaba.
—Te he dicho que es una bruja.
Salimos de la ermita. En ese momento comenzaba a llegar la Guardia Civil.
—¡No disparen! —les pedí.
Nuno soltó el arma y levantó las manos.
Miré y vi detrás a Amalia, Esteban y Sofía. Al fin estaba a salvo.
—Ya estamos aquí —me dijo Esteban mientras la niña terminaba de despertarse.
—¿Dónde están Alberto y Lucas?
—Ha venido Jorge a cuidarlos.
Me quedé sin palabras. Nuestros pequeños estaban en manos del marido de aquella psicópata.