La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 30. Por fin, un hogar
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30. Por fin, un hogar

Los coches de la Guardia Civil llegaron a toda velocidad a la casa. Nosotros íbamos en el segundo.

—¡Quédense aquí! —nos ordenaron.

Mientras entraban en la casa, contuvimos la respiración.

Salieron a los pocos minutos.

—No hay nadie en la casa.

—¿No están mis hijos? —preguntó Esteban desesperado.

—No hay nadie. La hemos registrado entera.

María recibió un mensaje por el receptor.

—Han visto el Toyota de Jorge y Armonía saliendo por la carretera principal. Llevan niños.

—¡Dios mío! —exclamé mientras abrazaba a mi marido.

De repente, escuchamos la voz de Alberto. Salía de detrás de unos arbustos. Al vernos, los dos niños corrieron hacia nosotros.

—¡Papá! ¡Mamá!

Nos abrazamos los cinco y comenzamos a llorar.

—Vimos a Armonía y nos escondimos. Tenía una mirada extraña, siempre nos ha dado miedo. Nos buscaron, pero no nos encontraron.

—Has sido muy valiente —le dije a Alberto.

—¿He cuidado bien de mi hermano?

—Sí, lo has hecho muy bien, cariño.

Miré La Pena. Aquel era nuestro hogar y nadie iba a sacarnos de allí.

Los guardias civiles iniciaron la persecución para capturar a Jorge y Armonía, mientras nosotros entrábamos en la casa con Amalia. Sabía que Amalia tendría que responder ante la justicia por sus actos, pero en ese momento nos tomamos un respiro.

—Será mejor que todos tomemos un té —les dije mientras iba a la cocina a prepararlo.

—Siento todo lo que ha pasado. Ha sido culpa mía. Los gatos no sufrieron, los dormí antes. Nunca me lo podré perdonar.

—No sé cómo pudiste hacer daño a esos seres inocentes.

—Quería asustaros.

—Pues lo conseguiste.

La mujer se echó a llorar.

—Creo que Sara también intentó advertirnos a su manera —le dije.

—Nunca llegué a conocerla —contestó entre lágrimas.

—Bueno, tal vez en la otra vida.

Mientras la lluvia comenzaba a caer sobre el pueblo, nos sentimos por primera vez seguros en nuestra casa. Ahora La Pena era nuestro verdadero hogar.