La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 27. Cabos sueltos
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27. Cabos sueltos

Amalia se derrumbó y soltó el cuchillo.

Me giré y miré a mi amiga.

—¿Tú lo sabías todo? Lo de la violación y el asesinato.

—Esa siempre ha sido una familia de brujas, tanto Ana como Andrea y su sobrina. No íbamos a acabar en un orfanato por culpa de Sara y su madre.

—Me has engañado todo este tiempo.

—Tenías que dejar que Mariano y Nuno hicieran el trabajo, pero terminé cogiéndote cariño.

—¿Cariño? Habéis provocado todas esas manifestaciones para asustarnos, para tener las manos libres y deshaceros del cadáver.

Armonía se encogió de hombros.

—No sabía por qué soñabas con esas cosas. Nadie sabía nada. Solo Elvira había atado cabos y Xoán, que en aquella excursión se dio cuenta de que queríamos hacerle daño a Sara.

—Por eso lo acusasteis de abusos. Si decía algo de Sara, las sospechas caerían sobre él.

—Veo que ahora lo entiendes todo.

—A Elvira nadie la creía. Era la loca del pueblo, la beata, la bruja. Solo Xoán y el padre Anselmo, que también sospechaba algo, pero respetaba el secreto de confesión, sabían que detrás de la desaparición había algo más.

Armonía sacó un rifle de detrás de un banco.

—Ella es la loca. Secuestró a tu hija y mató a los gatos.

—Quería que os fuerais. Pensaba que podían haceros algo. Sabía que mi hija estaba en la casa, en alguna parte.

La miré sorprendida.

—¿Mataste a los gatos?

—Sí, pero ella mató a Elvira y Xoán. Ella es una asesina, todo ha sucedido por su culpa.

—Eso ya no tiene importancia. Mataré a Amalia y después a ti. La niña está dormida. No sabe nada. Luego prepararé todo y a mí me tendrán como la salvadora que acabó con este monstruo y encontró a tu niña.

—¿Mataste a Elvira y Xoán?

—No. Mariano colgó a esa vieja bruja que no paraba de incordiar y Jorge mató a Xoán, que se había pasado de listo.

—Pero tú me dijiste que hablara con él.

La mujer sonrió.

—Debía meterte miedo con la casa para que te marcharas. Pero lo único que consiguió fue que tuvieras más preguntas. Eran dos vejestorios, ya no les quedaba mucho. A la única que siento matar es a ti, amiga.

Entonces me disparó. Noté un fuerte dolor en el hombro y perdí el conocimiento.