La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 26. La cita
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26. La cita

Sara era la chica más guapa del pueblo. A pesar de tener poco más de catorce años, ya era toda una mujer. Tenía una elegancia natural y todos los chicos estaban detrás de ella. La niña sabía que los Rego no eran sus padres biológicos, pero nadie le quería contar nada.

Un día fue a la iglesia para hablar con el padre Anselmo. El sacerdote se resistió todo lo que pudo, pero al final le contó la verdad.

La niña se fue llorando, pero en la sacristía había otras dos personas que se habían escondido para escuchar. Una era Elvira, que estaba fregando el suelo de una de las capillas; la otra, el monaguillo, Jorge.

Jorge se lo contó todo a sus amigos. Su novia era Armonía y, al enterarse, se puso furiosa. Su madre se había casado con el supuesto padre de Sara. Eso las convertía en hermanastras.

Armonía comenzó a hacerle la vida imposible y a difundir todo tipo de rumores, hasta que llegaron a oídos del novio de Sara.

El último día de clase, todos subieron a la ermita para comer allí. Alberto le dijo que la dejaba, que sabía de sus aventuras.

«Todo es mentira. Ven a La Pena a las ocho y sabrás la verdad».

Armonía escuchó aquella conversación y decidió ir antes para impedir que Sara hablara. Se llevó a sus amigos. Estaban dispuestos a darle una lección que no olvidaría jamás.

Sara llegó a la casa, pero, como estaba en ruinas, se metió en el cobertizo para refugiarse de la lluvia. Allí solía quedar con Alberto, pero Armonía había llegado antes.

«¿Qué hacéis aquí?», preguntó Sara cuando vio a la pandilla.

«Eres una puta, igual que tu madre».

Las dos comenzaron a pelearse. Sara derribó a Armonía y comenzó a darle puñetazos, pero Jorge se la quitó de encima. Mientras Mariano y él la sujetaban, Armonía le desfiguró la cara a golpes.

«Ahora ya sabes que te conviene callar».

Se fueron de allí, pero Nuno regresó con Mariano y la violaron entre los dos. La pobre gritaba, pero nadie podía oírla. Su novio había decidido no acudir a la cita.

«Se lo voy a contar todo al padre Anselmo», les dijo la chica.

Nuno tomó una piedra grande y se la estampó en la cabeza. La metieron en la bodega y la sellaron.

Aquella historia que acababa de relatar Armonía me dejó helada. Había tenido a los asesinos siempre en mi casa, intentando deshacerse de las pruebas y del cadáver.