24. Venganza
Mientras recorría el camino bajo la lluvia, me preguntaba cuántos secretos se escondían en aquellos bosques. La paz que nos transmiten a veces no tiene nada que ver con la realidad.
Pasé la pequeña presa y el colector y seguí caminando. La niebla comenzaba a bajar por la montaña. Me detuve para recuperar el aliento. Había hecho muchas veces ese camino con Armonía, pero nunca tan rápido.
Cuando llegué al sendero, me alejé de la ruta principal. La ermita estaba justo en medio de la nada.
Caminé casi media hora más antes de ver las viejas piedras y la cruz en el frontal del edificio. A la ermita solo se iba un par de veces al año, pero ahora parecía completamente desierta.
Me acerqué a la puerta y la abrí. Había unas velas encendidas. Miré al fondo y vi a Amalia, pero ni rastro de Sofía.
—Has tardado un buen rato, estaba comenzando a perder la esperanza.
—¿Por qué te has llevado a Sofía? Si querías que nos fuéramos de La Pena, lo has conseguido, Azucena.
—Ese cura ya lo ha cascado todo. Te dije que no hablases con él.
—Solo me ha dicho la verdad.
—¿La verdad? ¿Qué verdad? En este pueblo todo es mentira. Unos ocultan las miserias de los otros. Los padres mataron a mis tías y los hijos a Sara.
—¿Qué dices?
—Son mala gente, Lucía. Son peores que monstruos, son puramente humanos.