La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 22. Confesiones
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22. Confesiones

—¡Padre, perdóneme porque he pecado!

La confesión de aquella cría había conmovido al padre Anselmo muchos años atrás. Sabía que la desgracia perseguía a todos los que se relacionaban con aquella casa.

—Azucena, ¿qué ha pasado?

—Me acosté con mi novio Andrés en La Pena y me he quedado embarazada. Allí me crie con mis tías. Cuando regresé de servir en Madrid, ellas habían muerto en el incendio. No tengo a nadie, solo me queda esa casa.

—Son unas ruinas.

—Pero son las ruinas de mi familia, don Anselmo.

—¿Por qué te has acostado con Andrés? Sabes que nunca reconocerá a tu hijo. Ese muchacho ya ha dejado a varias chicas embarazadas.

La muchacha se puso a llorar.

—Deberás tenerlo y dejarlo en la inclusa.

—Me lo quedaré.

—No, es imposible. Yo te buscaré una buena familia.

El sacerdote estuvo días pensando hasta que se le ocurrió la familia Rego. Ellos no podían tener hijos.

Los Rego se quedaron con la niña. Compraron La Pena, pero jamás la habitaron.

Esto le narró don Anselmo a Lucía mientras estuvieron en el cobertizo. Ahora el pasado volvía a convertir La Pena en un escenario terrible, pero ¿quién se había llevado a Sofía? ¿Por qué habían matado a Elvira y a Xoán?

Mientras aquellas preguntas me taladraban la cabeza, llegamos a casa de Armonía. La Guardia Civil había llegado antes.

—¿Dónde está mi hija? —le grité a mi amiga.

—No lo sé —dijo, y se echó a llorar.

—Nosotros nos encargamos. La niña no puede andar muy lejos —me aseguró el cabo.

—Voy a ir a buscarla por el pueblo.

—Estamos organizando una batida. No conoce estos bosques. Si se pierde, perderemos tiempo buscándola a usted —dijo el guardia.

Los guardias civiles comenzaron a interrogar a la pareja y nosotros decidimos volver a casa. Teníamos que estar allí por si Sofía regresaba sana y salva.