La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 20. Exorcismo
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20. Exorcismo

Cuando llegué a casa, los niños aún seguían jugando en el jardín y Esteban trabajaba en el porche. Le di un beso en la frente y me preguntó qué tal había ido todo.

—Ni bien ni mal.

—¿Cómo es eso?

—Me quedé con la sensación de que Armonía me ocultaba algo. La pareja que no conocía era una tal Sara y Alberto, su novio, pero ella desapareció y él se marchó al poco tiempo. La última vez que se vio a la chica se dirigía hacia aquí.

—¿Crees que hicieron con ella algún tipo de sacrificio ritual?

—No lo sé, pero me pone todo esto muy nerviosa.

—Será mejor que hagamos la comida. El cura vendrá cuando se ponga el sol, como en las películas de miedo —bromeó Esteban.

Preparamos una comida ligera. Habíamos desayunado fuerte y no teníamos mucha hambre. Luego nos echamos una siesta con los niños, pero yo me desperté antes y bajé al salón.

Tenía unos mensajes de Amalia, que llevaba desaparecida un par de días.

«Querida, me he enterado de lo sucedido. Lo siento mucho. Creo que el pueblo no te está tratando como te mereces. Esas dos muertes no son culpa tuya, pero sí de esa casa. La Pena nunca fue un buen lugar para vivir».

Pensé en contestar, pero me contuve.

Entonces me llegó otro mensaje.

«No lleves al padre Anselmo, lo que pasa en esa casa no puede sacarse con agua bendita».

Amalia parecía dar a entender que sabía algo, pero no quería decirlo. Tal vez temiera por su vida, ya que dos personas que sabían demasiado habían muerto.

Me quedé mirando por el ventanal. Aquella casa me encantaba, pero sentía que debía dejarla atrás o terminaría destruyéndonos a todos.

Me preocupaba la insistencia de Amalia con el padre Anselmo. A lo mejor él sabía algo que nosotros desconocíamos.

Una hora más tarde, el sacerdote llamó a la puerta. No quería que los niños estuvieran allí y le pedí a Armonía que se encargara de ellos.

—Buenas noches —dijo el sacerdote, vestido con alzacuellos y un sombrero negro.

—Buenas noches —le contesté poco convencida.

—¿Puedo entrar?

—Claro, mi marido está en el salón.

Atravesamos la entrada y pasamos al salón. Esteban tendió la mano al sacerdote.

—Muchas gracias por venir, aunque yo no creo mucho en estas cosas.

—La falta de fe no tiene nada que ver con la incredulidad, es simplemente falta de certezas. No crea que a mí no me cuesta, pero he visto muchas cosas en esta vida.

Nos sentamos.

—¡Qué cambiado está esto! Más bien irreconocible.

—Hemos hecho una reforma en profundidad —dijo Esteban orgulloso.

—Muy bonita, qué pena que los muros soporten tantas desgracias.

—¿Qué sabe de Sara y Alberto?

El hombre me miró sorprendido.

—Son el Romeo y la Julieta de nuestro pueblo. Sus familias se odiaban y ellos eran novios en secreto. Ella desapareció y él se marchó.

—Pero ella desapareció aquí.

—Sí, también en La Pena.

Saqué la foto.

—¿Los reconoce?

—Sí, he bautizado y dado la comunión a todos —me contestó.

—¿Qué tienen que ver ellos con La Pena?

—Nada, eran unos chiquillos. ¿Empezamos la faena? Primero tengo que rezar un poco. A la casa no le vendrá mal, pero el problema es el cobertizo.

—Haga lo que tenga que hacer —dijo Esteban.

Se puso en pie y se sirvió un orujo.

—¿Quiere?

—No, estoy de servicio.

Después de media hora de rezos, el sacerdote se puso en pie y sacó algo del maletín. Me recordó mucho a los rituales de Xoán de unos días antes, pero los del padre no eran de «marca blanca».

—¿Lo acompañamos?

—No, mejor lo haré yo solo.

El hombre salió de la casa, atravesó el jardín y entró en el cobertizo. No llevaba ni cinco minutos allí cuando me sonó el teléfono. Pensé en no cogerlo, pero era Armonía.

—¿Qué sucede? —le pregunté impaciente.

—Sofía ha desaparecido.

—¿Cómo que ha desaparecido? —le pregunté con el corazón acelerado.

—La he buscado por toda la casa, pero no está.

—Eso es imposible, no puede haberse esfumado. ¿No saben nada sus hermanos?

—No, Lucía. La hemos buscado por todos lados antes de llamarte. Ven de inmediato.

Colgué el teléfono y sentí que de nuevo me daba un ataque de pánico. Miré a Esteban y él supo perfectamente qué había sucedido.