19. Sara
Dicen que lo sobrenatural es una creación de la psique, pero puede que lo más sorprendente sea que la psique sea producto de lo sobrenatural.
Aquella mañana no podía estar más feliz ni menos agobiada. Al final, Esteban había cedido y, en un par de días, saldríamos del pueblo y de La Pena. Sin embargo, aquel había sido nuestro hogar, el primero que habíamos tenido juntos, y nuestro proyecto familiar.
Observé la preciosa casa, con el jardín salvaje y la niebla bajando por la montaña, y me sentí profundamente decepcionada. La vida, una vez más, me echaba a la cuneta.
Los niños se levantaron poco después. Les preparé tortitas con la triste sensación de que ya no las tomaríamos más en aquella casa.
—¿Podemos salir al jardín? —preguntó Alberto con la pelota en la mano. Rara vez la soltaba.
Dudé un instante.
—Bueno, pero no os separéis de la casa ni salgáis del jardín.
—No, Lucía. Ya tenemos nuestra portería —contestó Lucas, que solía parar los balones de su hermano mayor.
Sofía los siguió. Siempre estaba a la zaga de los dos mayores. Antes de salir, me dio un beso y me dijo:
—¿Te puedo llamar mamá?
Me quedé petrificada, pero le devolví el beso y le dije que sí.
Esteban se levantó veinte minutos más tarde. Tenía ojeras, como si no hubiera descansado bien.
—¿Yo también tengo tortitas?
—Sí, como te gustan, poco hechas.
Me tomé un café mientras Esteban devoraba cuatro tortitas. Yo seguía con el estómago cerrado.
—Será mejor que suspendamos la visita del padre Anselmo de esta tarde. Que los que compren la casa más adelante se deshagan de todos los demonios.
Lo miré muy seria.
—Tengo dudas. Tengo la sensación de huir sin presentar batalla y siempre he sido una luchadora, casi desde que nací.
—¿Cómo vamos a luchar contra el averno y sus huestes? —bromeó mi marido.
—Contra ese no sé cómo luchar, pero sí contra los que han matado a Elvira y Xoán.
Esteban cruzó los brazos y me dijo:
—Soy todo oídos.
—Bueno, Xoán me entregó una foto antes de morir.
Mi marido se quedó boquiabierto.
—Pero ¿no le dijiste nada a la Guardia Civil? Esa foto es una prueba.
Fui a buscarla y se la enseñé a Esteban. Le fui mostrando a los que conocía.
—Bueno, parece una foto de final de curso. Nada sospechoso.
—Pues creo que aquí puede estar el asesino, tal vez la chica que desapareció y la razón por la que está sucediendo todo.
—No veo la conexión.
—Xoán me habló de una adolescente desaparecida, o fue el padre Anselmo, no estoy segura. Todas estas personas tienen que ver con nosotros. Piénsalo bien.
—Los albañiles, la alcaldesa, la madre de la chica que cuida de los niños, nuestros amigos… Pero es normal, todos ellos son del pueblo y aquí todo el mundo tiene algo que ver de una forma u otra.
—Pero no solo con nosotros, están relacionados con La Pena.
—Vale, lo entiendo, aunque no te sigo.
—Si encontramos al asesino, sabremos la causa de las muertes y todo se acabará.
Esteban se cruzó de brazos.
—¿Y todo el rollo satánico?
—A lo mejor solo era para que dejásemos la casa. Quiero seguirle el juego al asesino y traer al sacerdote.
—Me dejas loco.
—Imagina, ¿qué va a pasar después?
—Irá a por el padre Anselmo.
—Exacto, pero nosotros lo seguiremos y cogeremos al asesino antes de que pueda hacerle nada.
—Todo esto me parece una locura.
—Es una locura, pero jugaremos con sus cartas. Quiero ir a ver a Armonía y que me explique la foto, por si puedo conseguir más pistas.
Esteban se quedó pensativo.
—Puede que sea una tontería. ¿Nunca has sospechado de ella?
—¿De Armonía?
—Ella quería La Pena, nos lo dijo cuando nos conoció. Nos habló mal de Elvira para que no le hiciéramos caso.
—Sí, pero ella me recomendó hablar con Xoán y con el padre Anselmo. Bueno, del padre me dijo que no era necesario…
—Xoán era un friki del pueblo, un loco de los misterios y lo esotérico. Así te metía en la cabeza las viejas leyendas sobre la casa.
—Me parece demasiado maquiavélico. ¿No crees?
—La mente que está detrás de todo esto no es precisamente normal. Eso te lo aseguro.
—Vigila a los niños. Te veo en una hora.
Me despedí de mi esposo y me fui a casa de mi amiga, pero ya no estaban. Habían ido a tomar el aperitivo al bar.
La Perla era un local que conservaba la misma estética de los años ochenta, como si el tiempo se hubiera detenido.
La familia y otros amigos estaban sentados en las mesas de la calle.
—Lucía, siéntate con nosotros.
—No puedo, pero tengo que hablar contigo. Solo será un momento.
Armonía dio un sorbo a la cerveza y se alejó del grupo.
—Vamos a la plaza, que quiero enseñarte algo.
—¿A qué viene tanto misterio? —me preguntó algo mosca.
—Ahora lo entenderás.
Nos sentamos en un poyete de piedra y saqué la foto. Dejó de sonreír al instante, me miró y dijo:
—¿Quién te ha dado esto?
—Me la dio Xoán antes de morir. Me comentó que en esta foto estaba la clave de todo.
—¡Qué tontería! Es solo la foto de unos preadolescentes.
—¿Quiénes son estos dos?
—Sara y Alberto. La chica desapareció de forma misteriosa y él era su novio. El profesor es Xoán.
—¿Xoán era vuestro maestro?
—Sí, durante un par de años. Después lo acusaron de abusos y tuvo que dejarlo. Él nos odiaba bastante, creía que habíamos sido alguno de nosotros.
—¿Y lo hicisteis?
—Puede. En el fondo era un mirón y un sobón. Nada punible, como dicen, pero sí poco ético. Tenía la mano muy larga.
Aquello me dejó aún más confusa.
—¿Qué pasó con Sara?
—Desapareció, nadie supo por qué. Poco después se marchó Alberto, al parecer no lo pudo superar.
—¿Qué tienen ellos que ver con La Pena?
—La casa estaba abandonada en aquella época. Los novios iban allí a hacer sus cosas. La última vez que se vio a Sara iba hacia tu casa.
—¿Alguien la mató?
—No se supo, solo que había desaparecido. Eso es todo.
Armonía no dijo nada más, como si prefiriera no recordar.
—¿Qué tenían que ver Elvira y Xoán?
—No lo sé, siempre pensaron que nosotros éramos los culpables.
—¿Y lo erais?
—Éramos críos, solo eso.
La cara de mi amiga expresaba más que sus palabras, pero eso tampoco aclaraba demasiado lo que le había sucedido a Sara ni qué tenía que ver con las muertes de Elvira y Xoán.