16. Noche
Después de la visita de Xoán tenía muchas más dudas que certezas. Subimos a ver a los niños y pusimos una película. Luz se marchó a su casa tras recoger la cocina.
La pantalla de la televisión brillaba en la oscuridad, pero yo no podía concentrarme en lo que estaba viendo.
Nunca había cruzado una palabra con el padre Anselmo, aunque me parecía un buen hombre. Sabía que Armonía lo conocía bien. Habían tenido sus más y sus menos cuando ella intentó bautizar a los niños y el cura se quejó de que no se habían casado por la Iglesia.
Le mandé un mensaje a mi amiga y enseguida me envió el teléfono del sacerdote.
—Ahora vuelvo —le dije a Esteban como si fuera al baño.
Me metí en el aseo y marqué el número. Eran las diez de la noche.
—Padre, perdone que lo llame a estas horas.
—No te preocupes, hija. Los sacerdotes somos como los médicos, atendemos todas las urgencias.
—Soy Lucía…
—¿La de La Pena? Mira que siento lo que os ha ocurrido. En esa casa han pasado muchas cosas. En todas las del pueblo, la verdad, pero en esa pasaron cosas terribles hace años.
—Lo dice por la muerte de los novios de Ana y Andrea.
—Sí, pero también por cómo ellas mismas murieron y por la niña desaparecida.
—¿Qué niña?
—Fue hace mucho tiempo. Ahora tendría la edad de Armonía, más o menos. Una jovencita rebelde que quería volar y salir de este pueblo. Nunca se la volvió a ver, pero encontraron algunas cosas en el jardín de La Pena.
—No lo sabía.
—Muchos vecinos acusaron a las hermanas de la desaparición. Tras la muerte de sus antiguos novios se volvieron más taciturnas. Solo salían para ir a misa.
—Una historia increíble —le contesté.
—Una turba rodeó la casa. Las acusaron de brujería y terminaron quemándola con ellas dentro.
Aquella historia me dejó sin palabras.
—¿Las quemaron vivas?
—Sí, hija, pero todo se silenció. Dijeron que había sido un desgraciado accidente, pero yo sé lo que pasó en realidad.
—¿Podría venir mañana para bendecir la casa?
—Claro, hija. Aunque sería bueno que te diera un poco de agua bendita para esta noche.
—Xoán roció la casa.
—Esa es robada y no tiene el mismo efecto.
—¿Quiere que vaya ahora?
—Sí, es mejor que la casa esté protegida por la noche. Se acerca la noche de Todos los Santos y es, junto a la de San Juan, la más peligrosa para la luz.
—Salgo ahora mismo.
Colgué. Me vestí y le di un beso en la frente a Esteban.
—¿Dónde vas?
—Tengo que comprar una cosa en la tienda antes de que cierren.
—Son las diez, ya está cerrada. Mañana voy yo. Vamos a terminar de ver la película.
—No puedo, voy a ir a la de Angelita.
Esteban dio un largo suspiro.
—Está bien, pero no tardes.
Salí de la casa, bajé la cuesta por el sendero y, diez minutos más tarde, estaba frente a la iglesia.
El padre me hizo una señal desde la ventana de la casa parroquial y entré en el edificio.
—Buenas noches, hija.
—Gracias por todo. Lamento venir a estas horas.
—Los viejos no dormimos demasiado.
El hombre me entregó dos botecitos.
—No hay que echar grandes cantidades, con unas gotas es suficiente.
Los guardé en el bolsillo del chubasquero.
—Mañana me pasaré por la tarde. Es mejor cuando se acerca la noche. Estaré ayunando y rezando hasta entonces.
Salí de la casa y, al girarme, vi a alguien salir precipitadamente de la de Xoán. Me extrañó, sabía que no tenía demasiadas visitas.
Por el resplandor observé que habían dejado la puerta abierta. Me acerqué para cerrarla, pero, al aproximarme, oí unos gemidos. Empujé la puerta y entré.
Caminé por el pasillo a oscuras y, en el salón, vi a Xoán tirado en el suelo en medio de un gran charco de sangre.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
El hombre intentó hablar, pero estaba casi sin aliento. Señaló una mesa y dijo con voz entrecortada:
—La foto…
Me acerqué a la mesa y abrí los cajones, que estaban repletos de documentos y papeles. Al final logré encontrar una imagen.
—¿Esta?
El hombre asintió y cerró los ojos.
Llamé a la Guardia Civil y me quedé a su lado. No sabía cómo iba a explicar qué hacía allí en medio de la noche.
Las sirenas sonaron a lo lejos. La Guardia Civil entró en la casa y, al encontrarme allí, el cabo Tomás me preguntó sorprendido:
—¿Por qué está siempre donde encontramos un cadáver?
Tras comprobar que Xoán estaba muerto y avisar a la Policía Científica, el guardia civil y su compañera me llevaron a dependencias de la Guardia Civil para interrogarme. Al parecer, ahora era sospechosa de asesinato.