La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 15. Peligro de muerte
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15. Peligro de muerte

Estaba muy nerviosa. Tras la muerte de Elvira, no dejaba de pensar en el peligro que todos corríamos mientras estuviéramos en La Pena. Había aprendido a amar la casa, pero también era consciente de que había fuerzas que se movían en su interior y personas reales que querían sacarnos de allí.

Preparé un bizcocho para la visita de Xoán. Esteban parecía algo molesto. No le hacía ninguna gracia que aquel hombre estuviera inmiscuyéndose en lo que no le importaba.

Xoán fue muy puntual. Ya anochecía muy pronto, nos acercábamos a finales de octubre y los días parecían esfumarse cada vez más rápido.

El hombre dejó el paraguas en la entrada, se limpió los zapatos sucios de polvo y salpicados por la lluvia y miró a su alrededor, como si no reconociera la casa.

Llevaba un maletín grande que parecía pesado y un sombrero desgastado, algo que me recordó al cura de la película El exorcista.

—Muchas gracias por venir —le dijo Esteban sin mucho entusiasmo.

—Después de lo sucedido con Elvira, no podía dejar de hacerlo.

—¿Qué quiere tomar? Tenemos café, té o, si lo prefiere, algo más fuerte.

—Si le digo la verdad, un orujo o un brandy me harían entrar en calor. Tengo el frío metido en los huesos.

Puse el bizcocho en la mesita. Luz estaba con los niños arriba.

—¿Tardará mucho? Queremos ver una película con los niños. Es viernes y nos gusta hacer cosas en familia.

Me sorprendió el comentario de mi marido. Aquello era mucho más importante que ver una película con los niños.

—No, pero si prefieren que venga en otro momento...

—Por favor, no. Díganos qué quiere que hagamos.

El hombre dio un sorbo al orujo y luego tomó un trozo de bizcocho.

—Ya conozco la historia de la casa y eso es una gran ventaja. No tengo que hacer un análisis profundo. Además, la muerte de Elvira me ha aclarado muchas cosas.

—¿Sí? ¿En qué sentido? —le pregunté.

—Bueno, en primer lugar, que ella solo quería advertirles, que hay un peligro espiritual, pero también otro físico y que ambos tienen que ver.

Esteban tomó un sorbo de su copa. Su ceño fruncido hacía evidente su incomodidad.

—Elvira era una mujer enferma de soledad, pero sabía muy bien que detrás de esta casa hay fuerzas ocultas. Ya les conté lo de Ana y Andrea, también lo de la propia Elvira. Alguien lleva mucho tiempo maldiciendo a las personas que buscan la felicidad en este pueblo.

—¿Alguna vez le ha pasado algo a un niño?

La pregunta pareció incomodar al hombre.

—No se puede demostrar, pero a lo largo de estos cuarenta años ha habido accidentes y casualidades muy sospechosas. Niños que han aparecido ahogados en el río, alguno que ha desaparecido y otros que decían haber huido de una mujer.

—Bueno, eso puede explicarse de una forma racional. A lo largo de los años pasan muchas cosas, es ley de vida.

—Es cierto, Esteban, de eso no cabe duda, pero no todo tiene una explicación.

El hombre abrió la maleta y sacó varias cosas: un péndulo y unas varillas de radiestesia.

Esteban me miró sorprendido.

—Quiero medir las energías para ver dónde se encuentra el foco. ¿Me permiten?

—Claro, todo suyo —comentó irónicamente mi marido.

El hombre usó primero el péndulo y luego las varillas. Recorrió todas las estancias de la planta baja.

—Aquí no veo nada —dijo al final.

—¿No mira arriba? —le pregunté.

—No, siempre es en las plantas que tienen contacto con la tierra. ¡Qué extraño!

Miré por la ventana y vi el cobertizo.

—Puede que lo que busca esté en el cobertizo. Soñé con él dos veces y allí encontré las figuras de cera, parecidas a las que se llevó la policía.

El hombre se quedó paralizado.

—¿Figuras de cera? Creo que eso no me lo contó.

—Primero soñé que había una bodega oculta en el cobertizo y que dentro había unas figuras, pero luego no las encontré. Donde hicieron el ritual de los gatos, allí las encontró la Guardia Civil. Yo había visto decenas, como si estuviera representado todo el pueblo.

El hombre pareció palidecer.

—¡Qué me dice! Eso parece aún más grave. Vamos al cobertizo, con su permiso.

Lo acompañamos hasta allí, encendimos la luz y señalé la portezuela.

Esteban la abrió y los tres bajamos. Xoán sacó sus instrumentos y enseguida comenzaron a temblar.

—¡Dios mío, aquí la energía es mucho más fuerte!

La luz comenzó a parpadear, notamos una sacudida y el hombre soltó las varillas como si le quemasen las manos. Luego cayó al suelo.

—¿Está bien?

—Salgamos de aquí. ¡Rápido!

Salimos del cobertizo y regresamos a la casa. Xoán estaba temblando.

—No creo que simplemente haya algún espíritu vagando. Diría que lo que mueve todo esto es mucho más ancestral y peligroso.

—¿A qué se refiere?

El hombre me miró y en sus ojos vi reflejado el miedo.

—Una fuerza satánica, algún demonio de jerarquía superior.

Por primera vez, Esteban comenzó a prestar más atención.

—Esas figuras son para controlar a la gente, hacerle amarres. Las brujas les ponen objetos, pelos o uñas de las personas que representan y así las dominan.

Nos sentamos de nuevo a la mesa.

—¿Qué podemos hacer? —le pregunté.

—En esa bodega debieron de pasar cosas terribles. Lo mejor sería que llamen al padre Anselmo. Él se encargará de la parte espiritual, pero tienen un problema más grande, por lo menos desde mi punto de vista.

—¿Cuál? —le pregunté inquieta.

—La bruja o el brujo que les está haciendo esto está dispuesto a matar.

—¿Puede ir a por mis hijos?

El hombre asintió.

—Sí, los niños son sus víctimas favoritas para aumentar el poder del demonio al que sirve. No los pierdan de vista en ningún momento.

Xoán se puso de pie.

—Yo intentaré proteger la casa, pero no puedo luchar contra lo que hay en el cobertizo. Aquí dentro estarán seguros, pero fuera no les puedo garantizar nada.

El hombre extendió sal marina gruesa por toda la fachada y por algunos rincones. Luego roció con agua bendita puertas y ventanas.

—Esto durará un tiempo, pero solo les quedan dos opciones.

—¿Qué opciones? —preguntó Esteban.

—Irse de inmediato o que un sacerdote destruya lo que hay en el cobertizo.