14. Mañana
Esperaba que todo fuera una pesadilla, pero, cuando me desperté el viernes, supe que no lo era. Elvira estaba muerta; recordaba su advertencia y la negativa de Esteban a irnos de La Pena.
Me puse una bata y bajé. Vi a una mujer de espaldas y di un brinco.
—Hola, perdón. Soy Luz, creo que le dijeron que…
—¿Luz, Luz?
—La hija de Rosario.
—Sí, la niñera. ¿Dónde están los niños y Esteban?
—Él los ha llevado al colegio. Están asustados.
—Pero ¿saben algo?
—¿Del suicidio? No, señora.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dices lo del suicidio?
—Era una vieja loca, tenía atemorizado a medio pueblo. Se le fue la cabeza y se quitó la vida. Mejor para todos. Los niños le tenían miedo.
—No se ha suicidado.
—Es lo que ha dicho la Guardia Civil —comentó la chica.
—¡No se ha suicidado! —grité, y la chica se apartó un par de pasos.
—Lo siento. ¿Hay café?
—¿No quiere mejor una tila?
Tomé la cafetera italiana, me serví un café y lo calenté en el microondas.
Me asomé al ventanal. Ya no estaba el cuerpo colgado del árbol, pero mi mente no podía borrar aquella imagen.
Escuché el timbre y Luz fue a abrir.
—Señora, es doña Amalia.
—No me llames señora ni me hables de usted. Ábrele.
La mujer entró y me dio un abrazo.
—Cuánto lo siento. Esa vieja loca ha sido mala hasta el final. No tenía otro árbol en el que colgarse, la muy zorra.
—No se habla mal de los muertos —dijo Luz.
La mujer hizo un gesto y la chica se marchó a hacer sus cosas.
Nos sentamos y ella puso su mano sobre mi hombro.
—Pobre rapaciña, esa mujer te está volviendo loca. Menos mal que tienes a Esteban.
—Estoy mejor. Ha sido una semana terrible.
—Sí, imagino. Siento no haber venido antes, tenía que arreglar unas cosas en Pontevedra.
—No te preocupes. Deja que te ponga un café.
Puse la cafetera al fuego y me apoyé en la encimera.
—Esa bruja era mala.
Me quedé en silencio. No quise contestarle. No sabía si confiar en ella.
—Bueno, vino a hablarme el día anterior. A advertirme de que unas meigas iban a ir a por mis hijos.
La mujer sonrió y se me acercó.
—¿No ves cómo estaba loca? Como una cabra.
—Me dijo que ella no había hecho daño a los gatos.
—Ya me enteré de los mininos, pobrecillos.
—Fui a hablar con Xoán Soutomaior.
El rostro de la mujer se ensombreció.
—Con ese friki. Nadie lo aguanta, sobre todo por su olor a acelga.
—Hoy va a venir a ver las energías de la casa.
—¿Qué? No le dejes. Esa gente te mete el demonio en el cuerpo. Esta casa está bendecida por el padre don Anselmo, lo hace con todas. El único espíritu que queda ahora es el de esa vieja en el jardín, pero ya pediré yo al padre que lo eche. Te lo aseguro.
Sus últimas palabras y el tono en el que las pronunció no me gustaron, pero me limité a apagar el fuego y servir el café. Mientras lo hacía, miré el árbol. Pensé en la higuera en la que se colgó Judas y me pregunté si ahora estaría maldita para siempre.