La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 13. Colgada
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13. Colgada

La Guardia Civil tardó un poco más que la vez anterior, pero, en esta ocasión, vinieron más dotaciones. Yo acababa de despertar y Esteban estaba sentado a mi lado.

El cabo fue el primero en entrar junto con su compañera.

—Buenos días, sentimos tener que personarnos de nuevo aquí.

—Buenos días, soy Esteban. Mi esposa llamó por lo de los gatos.

—Sí, el veterinario les está haciendo la autopsia y está encontrando algunos indicios, pero esto es mucho peor.

—No nos hemos acercado, pero parece...

—No se preocupen. No queremos que su esposa y sus hijos lo pasen mal.

Intenté ponerme en pie, pero todavía estaba mareada.

—Es ella, ¿verdad?

—No lo sabemos todavía —contestó el cabo Tomás.

—Me intentó advertir y no le hice caso. Pobre mujer…

Comencé a llorar y Esteban me abrazó.

Los dos guardias civiles se acercaron hasta el árbol y corroboraron de quién se trataba. Luego regresaron a la casa.

—El suelo está mojado, no podremos encontrar huellas, pero es Elvira.

—Lo sabía —les comenté.

—Parece que se ha suicidado…

María parecía de nuevo afectada por el cadáver.

—No se ha suicidado, la han matado —le dije.

—Eso lo tendrá que corroborar un forense. Ellos saben determinar esas cosas.

—Me dijo que tuviera cuidado, que había gente que tenía la intención de hacer daño a los niños.

Volví a llorar y Esteban me llevó arriba, me metió en la cama y me dijo que descansara.

No sé cómo me quedé dormida.

Soñé que estaba en el pueblo, pero no en la actualidad. Todo era antiguo, la gente vestía de otra manera y todos estaban en la iglesia.

Entré y vi que era un entierro, el de los dos novios de Ana y Andrea. Las dos lloraban desconsoladas al lado de su sobrina.

La iglesia estaba llena de gente vestida de negro y oficiaba don Anselmo, pero era mucho más joven.

«Dios los resucitará en el día postrero para que, junto a todos los santos, disfruten del cielo. Nos han dejado demasiado pronto, ahora que regresaban de su largo viaje. Hoy emprenden otro, pero en este ya no habrá más lágrimas ni más dolor».

La iglesia comenzó a oscurecerse, como si todas las velas se apagaran poco a poco. Yo estaba en la última fila y noté cómo la oscuridad se acercaba hasta que la vela que había a mi lado se apagó. Entonces percibí una presencia.

Me abracé, como si un frío glacial me atravesara. Un olor fétido me invadió y, poco después, vi un rostro justo enfrente.

«Sé tu nombre».

Aquellas palabras me dejaron paralizada.

«Sé quién eres y qué haces aquí. Estás en mis dominios y vas a morir, pero antes lo harán los niños. Primero los padres, después los hijos. No tienes nada que no te pueda robar».

Cerré los ojos para que aquella cara, monstruosa y bella al mismo tiempo, no me robara el alma.

Escuché un estruendo, como un trueno, y me desperté sobresaltada en la cama. Sabía mi nombre. Fue lo primero que me vino a la cabeza. Estaba sudando, pero tenía frío, un frío que me helaba los huesos.