La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 12. Una sorpresa
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12. Una sorpresa

Dicen que la calma siempre precede a la tempestad. Aquella verdad nunca había sido tan real en mi vida.

Por la mañana estaba completamente relajada. Esteban me ayudó con los niños, los acercamos al cole y, a la vuelta, nos tomamos un café acurrucados bajo una manta, en el jardín, con una pequeña hoguera encendida.

—Me gustaría que estuviéramos así siempre.

—A mí también —me contestó.

Apoyé la cabeza sobre su pecho. Noté su corazón calmado y me infundió una paz que no sentía desde hacía tiempo. No quise tomar la medicación, me sentía en plena forma.

—En un rato llega Rosario con Luz.

—Mejor que se incorpore el lunes.

—Bueno, es para que os conozcáis. Puede hacer algo hoy con los niños y el viernes.

—Prefiero que empiece el lunes.

—Está bien.

Nos quedamos en silencio un buen rato. Sabía que la felicidad debía parecerse a ese instante.

Levanté la vista y observé la higuera que estaba delante. Me pareció que algo colgaba de ella, como una figura en un árbol de Navidad.

—¿Qué es eso? —le pregunté.

Esteban se quedó mirando. Luego se puso en pie y se acercó un poco más. El árbol estaba justo en el límite de nuestra finca. Me puse a su lado y me quedé absorta, como si no pudiera asimilar lo que estaba viendo.

—¡Métete en casa! —dijo mi marido algo alterado.

De nuevo sentí una profunda ansiedad.

—Lucía, hazlo, por favor —insistió mientras sacaba el teléfono.

No quería saber más. Era demasiado duro, demasiado horroroso.

Comencé a temblar y volví a perder el conocimiento. Mi mente estaba completamente saturada, desbordada por lo que acababa de ver.