11. Sacrificio
Esteban adelantó su regreso. Tardé varias horas en salir de mi estado catatónico. Nunca me había sucedido antes. Siempre había logrado soportar la presión y enfrentarme a todo, pero antes estaba sola, no temía perder la vida. Amar te hace vulnerable.
El médico me dio un Valium y poco después comencé a tranquilizarme, pero me sentía medio ida.
—¿Ha estado aquí alguien? —me preguntaron.
No quise contestar. Ya no me fiaba de la gente. ¿Elvira decía la verdad?
—Nadie. Creo que ha sido el estrés de estos días y lo de los gatos.
El médico me tomó la tensión y luego le dijo a Esteban:
—Parece que está mejor. Dentro de diez horas dele otra dosis. Es mejor que termine de recuperarse.
—No quiero más drogas —le contesté—. No habléis de mí como si no estuviera presente.
—Tranquila, cariño. Ya estoy contigo. Siento no haber venido antes.
Me abrazó y, por un momento, todo el mundo se detuvo a mi alrededor. En sus brazos me sentía segura.
—Quiero que estemos solos con los niños, en familia.
Armonía me dio un beso en la frente y salió con el médico. Subí a las habitaciones a besar a los niños. Ya estaban dormidos.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Mucho. Cuando yo llegué ya lo estabas. El médico te inyectó el tranquilizante y te has despertado a las diez de la noche.
—¡Dios mío! Creo que tenemos que irnos de esta casa.
—¿Quién te vino a ver? Vino alguien, ¿verdad?
Me quedé en silencio. Esteban no creía nada de lo que decía. Él era demasiado racional, pero muchas cosas no se pueden explicar solamente con la cabeza.
—El único que sabe de mi vida eres tú. Lo que pasé con mis padres, el correccional, la búsqueda de la verdad que me ha movido todo este tiempo. Ahora he formado mi familia. Quiero a tus hijos como si fueran míos.
—Lo sé —dijo mientras me abrazaba de nuevo.
Me eché a llorar.
—Sois mi familia y no quiero que os pase nada malo. Esta casa no es segura.
—En Cerdedo no pasa nada. Lo más peligroso es cruzar la carretera.
—Hablo en serio. Tenemos que irnos esta noche.
—He pensado algo mejor: Armonía ha hablado con la hija de Rosario, tiene unos dieciocho años. A partir de mañana te ayudará con los niños y se quedará a dormir cuando yo no esté.
—No necesito ayuda, quiero que nos vayamos.
—He invertido aquí todos los ahorros. No podemos irnos a otro lado, al menos por ahora. En primavera podemos intentar vender la casa si continúas pensando lo mismo.
—No me escuchas.
—Claro que lo hago —contestó molesto—, pero simplemente has tenido unos días muy estresantes. Las obras son muy complicadas y las has tenido que gestionar tú sola. Además, esa bruja ha matado a los gatos. No ha sido sencillo, lo entiendo.
—No lo entiendes. Espero que el viernes Xoán te lo explique.
—Si te parece buena idea que venga él o el padre Anselmo, adelante, pero no podemos marcharnos de aquí.
—¿No te irás hasta la semana que viene?
—No, lo prometo. Y creo que la hija de Rosario te gustará. Creo que se llama Luz, un buen nombre para un momento como este —dijo mientras me sonreía.
Subimos a la habitación y esa noche dormí de un tirón, como si todo hubiera pasado por fin.