La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4) 10. Crisis
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10. Crisis

Escuché un ruido a medianoche. Me levanté y registré la casa entera con el cuchillo en la mano. Miré hacia el jardín y vi de nuevo encendida la luz del cobertizo.

—¡Estoy despierta! —me dije para asegurarme.

Me puse una bata y salí al jardín. Había parado de llover, pero el viento era intenso. Me embriagó un profundo olor a humedad y caminé despacio hasta el cobertizo.

—¡Mierda!

Entré y miré a mi alrededor. Todo parecía normal; sin embargo, los sacos continuaban sobre la supuesta trampilla.

Los moví poco a poco. Cuando terminé con el último, barrí la tierra y vi la portezuela de hierro pintada de negro.

Tiré del asa y la levanté. Pesaba mucho.

Alumbré el interior y era exactamente igual que en mi sueño.

Bajé con cautela y miré a mi alrededor, pero estaba completamente vacío. No había ni rastro de las figuritas ni de las velas.

Lo dejé abierto, sin colocar los sacos en su sitio. Quería preguntarle a Mariano si no lo había visto antes.

Regresé a la cama. Estaba helada. Me acurruqué a un lado e intenté descansar.

No me desperté hasta el día siguiente, cuando escuché el timbre. Fui corriendo y vi a Armonía.

—No has llevado a los niños al colegio.

—¿Qué hora es?

—Las nueve de la mañana.

—¡Mierda!

Los desperté y los vestimos a toda prisa.

—Los llevo yo y ahora vuelvo.

Mi amiga se llevó a los niños y me quedé preparando un café.

Alguien llamó a la puerta y abrí sin mirar. Cuando me di la vuelta y le dije que cerrara, vi a Elvira.

—¿Qué hace aquí? —le dije con la voz entrecortada.

—Te dije que te marcharas de esta casa. Está maldita. Estás dejando entrar a quien no debes.

—Usted es la que no tiene que entrar.

—Me lo hicieron a mí, se lo hicieron a Ana y Andrea. ¿No lo entiendes?

—¿Qué le hicieron?

—Las descubrimos y por eso nos destruyeron y nos quitaron lo que más queríamos en el mundo.

La miré asustada. Quería que se fuera de mi casa.

—¿Has descubierto el cobertizo? Allí guardaba el abuelo los pulpos en hielo, pero ellas lo utilizaban para otras cosas. Nadie sabía que existía, solo ellas. Siempre han querido La Pena, pero la anterior familia no quiso venderla y también la maldijeron.

—Los Rego. Ellos heredaron la casa tras la muerte de las tías.

—¿Los Rego? No firmamos con ellos, sino con un testaferro.

—Los Rego prefirieron deshacerse de La Pena. ¿No lo entiendes?

—Usted está loca. Ha matado a los gatos.

—¿Los gatos? —preguntó mientras le cambiaba el semblante.

—No disimule, sé que ha sido usted.

—¡Ha empezado, ya nada los parará! Está a tiempo de salvar a los niños. Ellos quieren a los niños.

La mujer se dirigió a la puerta.

—¿A los niños?

—Ellos les dan su energía. Siempre son los niños.

Elvira salió de la casa y comenzó a llover.

—Aléjate de la casa, de este pueblo, de ellas…

Se alejó calle abajo y desapareció antes de que llegase Armonía.

Dejé la puerta abierta y me quedé hecha un ovillo en el sillón mientras el café se derramaba. Estaba aterrorizada y no paraba de gritar:

—¡Los niños no! ¡Los niños no!